Miedo al sentido común

A falta de propuestas para poner a la Argentina de pie, la militancia kirchnerista convoca a defender a la patria frente a una derecha “que le quitará derechos”. Es un juego de palabras, tan hueco como ese espacio contradictorio donde proliferan todas las ideologías en una convivencia infeliz que raja las paredes de nuestro hogar común.

No vale la pena entrar en disquisiciones teóricas acerca de izquierdas o derechas, pues Unión por la Patria no es lo uno ni lo otro. Es imposible saber quién está a su diestra y quién a su siniestra: allí militan desde el abogado marxista Juan Grabois al saltimbanqui letrado y exucedeísta Sergio Tomás Massa, pasando por La Cámpora de la liberación nacional y los sindicalistas de siempre. Todos comparten el mismo espacio, sin ningún ideal en común, salvo la sumisión a una Cristina Kirchner en franco declive, quien aún promete repartir migajas de su poder. Un rejunte de peronismos, encolados por ella para sobrellevar sus trajines judiciales con cargos y cajas para quienes sepan simular lealtades y callar evidencias. Un populismo variopinto tras la impunidad de una sola persona. De patriótico no tiene nada.

En ausencia de principios, su verdadero miedo no es a la derecha, sino al sentido común de los argentinos. Cuando la nave colectiva flota al garete y se intuye el desastre, el instinto de supervivencia aflora y la gente pide cosas esenciales, como botes y salvavidas. ¿Es de derecha dar prioridad a las mujeres y los niños? ¿Y demandar que la tripulación y el capitán sean los últimos en abandonar el barco? ¿Lo es pedir auxilio con señales y bengalas? ¿Apagar el fuego en la sala de máquinas? ¿Achicar el agua que inunda las sentinas?

Solo un regreso al sentido común permitirá disfrutar los derechos que han sido vaciados por la impericia, la ideología y la corrupción de sus supuestos defensores

El kirchnerismo teme a la sensatez de la gente, no a su ideología. El sentido común rechaza las incongruencias, los extremos, los abusos y la sinrazón. Demanda un orden mínimo que haga la vida previsible, sin inflación desbordada ni pobreza extrema, sin violencia callejera ni narcotráfico barrial. Pide cosas sencillas, como pan en la mesa, escuelas abiertas, transporte que funcione, hospitales que atiendan, calles con veredas, barrios con cloacas y policías en las esquinas. En las asociaciones vecinales y las cooperadoras escolares conviven unos y otros, sin distinción de credos ni de ideologías, unidos por la educación de los hijos y la seguridad de las familias. Eso es sentido común.

Las personas corrientes comprenden mejor los siempre vigentes monólogos de Tato Bores que los soliloquios de la vocera presidencial Gabriela Cerruti sobre las causas de la inflación, desdeñando sus consecuencias. El sentido común enseña que los ajustes no deben caer sobre los jubilados, sino sobre quienes tienen pensiones de privilegio. Que no se debe desalentar el trabajo dando planes a quienes no los necesitan, ni ahuyentar a las empresas con matones, piquetes y sometiéndolas a la industria del juicio. Que no se deben cortar las calles para protestar, ni interrumpir los servicios públicos. Esas son las reglas en los países donde funciona el sentido común, desde la vecina Uruguay hasta Noruega, el país modelo de Alberto Fernández.

El sentido común exige que la moneda recupere su valor y que se extirpe el gasto público en provecho privado, como el que beneficia a camporistas parientes, amigos y acomodados. El sentido común conoce de picardías y advierte cuando lo quieren tomar por zonzo: los regalos que salen caros, los controles que causan escasez, los subsidios para los amigos, las designaciones de amantes, los contratos para socios en las sombras. El verdadero miedo no es a la derecha, sino al fino olfato de quienes son ajenos a los tráficos del poder y solo piden ingresos regulares, seguridad, cobertura de salud, educación para los hijos y dignidad para sus mayores.

El sentido común aplaude el mérito y el esfuerzo porque contrastan con la holgazanería de quienes militan a costa de los demás. Las personas corrientes no heredan fortunas, como los hijos de la lideresa, y saben que para comer hay que trabajar. Así es en la República Popular China y también en Vietnam, donde ondean banderas rojas.

El kirchnerismo teme al sentido común, pues sus corolarios, de tan obvios, se imponen por sobre el relato con el lenguaje de la evidencia. En el caos económico social al que condujo el trio gobernante, los reclamos no provienen de la derecha ni de la izquierda. Son transversales, pues las necesidades de comer, vestir y curarse no se identifican con ninguna ideología en particular.

¿Temor a la derecha? La derecha más extrema ya está en la alianza gobernante y pretende sojuzgar a la Corte Suprema de Justicia igual que Benjamin Netanhayu en el Estado de Israel. De paso, se abraza a los regímenes autoritarios de Rusia, China e Irán, socios estratégicos para convalidar en foros internacionales los desbarajustes internos y el pisoteo a losderechos humanos, como lo hacen Cuba, Venezuela o Nicaragua.

¿Temor a la izquierda? Unión por la Patria incuba en sus entrañas a la izquierda más rancia, que propone nacionalizar los recursos naturales y explotarlos en forma colectiva, como en la antigua Unión Soviética. Una regresión que no preocupa al ministro de Economía, quien pide desesperada ayuda al oído del Fondo Monetario Internacional mientras promete con altavoces sacárselo de encima.

El contradictorio trío ha degradado a niveles impensables las condiciones de vida de la población y quitado los derechos que dice defender, pues, sin dinero, carecen de vigencia. De nada vale decretar demagógicamente lo que no puede brindarse por falta de personal, de equipos o de insumos.

Solo un regreso al sentido común permitirá disfrutar los derechos que han sido vaciados por la impericia, la ideología y la corrupción de sus supuestos defensores. Solo cuando imperen las reglas del equilibrio, la sensatez y la honradez se detendrá la erosión de los ingresos, la expansión de la pobreza, la proliferación de reclamos y la disolución del capital social.

Y, después de ello, hablaremos de izquierdas y derechas con interlocutores que sepan evaluar de qué lado se encuentra el verdadero progresismo.

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