Sufrió bullying por ser adoptada y tuvo ataques de pánico hasta que descubrió la historia no contada: “Andá a saber de dónde te sacaron”

Sola en el camino. Así describe Florencia Alifano cómo se sintió durante los años que le llevó la búsqueda de su origen. Desde muy chiquita supo que había sido adoptada. Sus padres nunca se lo ocultaron. Pero de algún modo su cuerpo le advertía que algo no estaba del todo bien.

Cuando tenía diez años empezó a tener sensaciones extrañas. En momentos impredecibles, de pronto la asaltaba un miedo que no comprendía, se le cortaba la respiración y creía que se iba a morir. Los padres la llevaron al pediatra, quien les explicó que podía tratarse de ataques de pánico, un diagnóstico que luego confirmaron los profesionales de salud mental -una psicopedagoga y una psicóloga- a los que también consultaron.

“Un ataque de pánico es sentir que te morís, a cualquier persona que le pidas que te describa cómo es un ataque de pánico te va a decir eso, sentís morirte. Y no sabés cómo explicarlo porque te pasa de un segundo para el otro.”, relata Flor, que es psicóloga y trabaja en investigación sobre neurociencias. “Es un pico de ansiedad que estalla en el ataque de pánico. Es como una explosión emocional. Sucede porque el cuerpo viene acumulando ansiedad a lo largo de un tiempo en el que tal vez eso no se ve, entonces, un día, de repente estallan los síntomas. Quizás estás en una situación bien, por ejemplo, comiendo con tus amigos y de golpe sentís que se te viene el mundo abajo, que tenés taquicardia, que te falta la respiración, tenés sudoración fría, te baja la presión y pensás que te estás muriendo.”, agrega.

Algo que agravaba su vida cotidiana eran las “cargadas” que le hacían sus compañeros de escuela por ser adoptada. “En esa época no se reconocía ese hostigamiento como bullying, pero la verdad es que yo siempre sentí que tenía que dar explicaciones. Crecí con muchos prejuicios de los chicos y, sobre todo, de los grandes con respecto a la adopción. En la escuela siempre me preguntaban por qué mi mamá era rubia de ojos celestes y yo morocha, me decían cosas como ‘andá a saber de dónde te sacaron’ o ‘tu mamá no es tu mamá verdadera’, con una agresividad que a esa edad me lastimaba.”, recuerda Flor.

Lo que la palabra calla el cuerpo habla

Los ataques de pánico fueron controlados durante su infancia pero reaparecieron a los 18 años. Había dejado el hogar familiar en San Justo, un pueblo situado a cien kilómetros de la ciudad de Santa Fe, para mudarse a esa ciudad cuando empezó a estudiar en la Universidad. Los síntomas surgían en cualquier momento: mientras estaba en clases, cuando salía a tomar algo con sus compañeros, o sola en su departamento. Empezó a sentir miedo de que los ataques le aparecieran en algún lugar donde nadie la pudiera asistir.

“Me daba mucha angustia, ganas de llorar, de un segundo para el otro sentía que me iba a morir. Yo necesitaba estar cerca de un hospital, que hubiera gente que me pudiera contener si me pasaba algo.”, recuerda.

Motivada por controlar la ansiedad y el hecho de estudiar la carrera de psicología, donde muchos profesores les recomendaban a los alumnos que se analizaran con un psicólogo como un modo de enriquecer su formación, la llevaron a la consulta profesional. Mientras que el psiquiatra le indicó un tratamiento médico para prevenir los ataques de pánico, la psicóloga la ayudó a encontrar el origen emocional que provocaba en el cuerpo lo que la mente callaba. O no se atrevía a preguntar.

“En la terapia y en talleres de terapia grupal aprendí a manejar las habilidades emocionales para darme cuenta y anticipar los ataques de pánico. Hoy ya no me pasan, pero yo sabría reconocer cuando me aumenta la ansiedad. En los talleres me enseñaron herramientas específicas para saber qué hacer cuando estaba sola y me daba ansiedad.”, revela Flor.

“El médico me contó una historia distinta que mi mamá”

Pero, el cambio profundo, llegó cuando se atrevió a enfrentar su historia personal, a investigar qué era esa otra parte acerca de su origen que nadie le había contado. Sintió que comenzaba a cerrar el círculo de explicaciones cuando salió a buscar respuestas y, finalmente, cuando las encontró.

Su familia le había contado que tenían el nombre del médico que había asistido a su madre biológica en el parto aunque desconocían quién era ella. La habían adoptado en forma legal (para la época) y contaban con la sentencia judicial de la adopción, jamás le ocultaron que ella no era hija biológica de ambos pero no podían darle mayores respuestas a esas dudas que la aquejaban: ¿Por qué mi madre decidió desprenderse de mí? ¿Cómo es ella? ¿En qué circunstancias nací? ¿Somos parecidas? ¿Y mi padre?

La búsqueda de su origen fue una aventura que emprendió a sus dieciocho años, sin contarlo a sus padres ni a su hermana, también adoptada. Acompañada por quien entonces era su novio, viajó cien kilómetros desde Santa Fe hasta San Carlos para conocer al médico que había atendido su nacimiento y pedirle que la pusiera en contacto con madre biológica. Él accedió a recibirla, le contó que había gestionado el arreglo con sus padres adoptivos para que Cristina, la parturienta de 17 años, la diera en adopción ya que había decidido no criarla para darle una mejor situación económica que la que ella tenía. Le contó que Cristina, formoseña había quedado embarazada de un hombre que al enterarse de la noticia desconfió de su paternidad y terminó la relación. Ella trabajaba como empleada doméstica en casa de familia. El día de la reunión en casa del doctor, este le contó esa historia y le dijo a Flor que se iba a encargar de comunicarse con Cristina, que ya se había casado y tenía más hijos, para preguntarle si quería reunirse con ella. La respuesta fue un rotundo sí y a la semana siguiente ocurrió el encuentro que cambiaría la vida de ambas y empezarían a revelarse las partes de la historia que cada una de las protagonistas había estado buscando por tantos años.

“Cuando ella me abrió la puerta, con una rosa en la mano, fue como ver un espejo. Me pasaron un montón de emociones por la cabeza y por el cuerpo. ¡Estaba frente a una desconocida que se me parecía tanto a mí!”, recuerda Florencia. “De chiquita siempre buscaba parecidos físicos entre la gente para ver si la podía reconocer pero nunca había encontrado a nadie. Ahora iba a poder responder cuando me preguntaran por qué no me parecía a mi mamá rubia de ojos verdes y a quien sí me parecía.”, agrega.

Cuando se sentaron a charlar Cristina, que nunca había dejado de buscarla, reveló una historia distinta a la que a Flor le habían contado. Ni sus propios padres conocían esa otra verdad. “A ella la obligaron a darme en adopción cuando yo tenía un mes de vida. Los patrones le dijeron que ella no podía tenerme en la casa y la hicieron firmar papeles engañada, ya que era analfabeta, diciéndole que solo me llevarían por un tiempo hasta que encontrara otro trabajo y otra vivienda para poder llevarme a vivir con ella.”, cuenta. “También ella lo culpaba a mi padre biológico por haberla dejado sola, ya que si ella hubiera tenido su apoyo jamás me hubiera dejado. Con el tiempo él volvió, le prometió que la ayudaría a encontrarme, se casaron y tuvieron siete hijos más”, cuenta Flor.

“Demoré en contar la verdad a mis padres

A los dos años de conocer esta parte de su historia, Florencia pudo contar esta verdad a sus padres, quienes también desconocían la situación de Cristina.

“Quedaron en shock. Ninguno de los dos se lo esperaba. La noticia les cayó como una bomba y por mucho tiempo se convirtió en un tema constante de angustia familiar.”, cuenta Flor y añade que quien más quedó impactada fue su mamá. “Ella se puso muy mal, pensó en todo el sufrimiento de la mujer a la que le habían quitado a su hija engañada, ella no quería adoptar de esa manera”, recuerda. “Así fuimos juntos tratando de sanar la historia.”, concluye.

Fue su psicóloga quien la motivó a dejar por escrito esta historia “de película”. En muy poco tiempo armó un equipo de trabajo y publicó su primera novela de autoficción para narrar la búsqueda de su origen. El libro, que se publicó cuando Florencia Alifano tenía veinte años, se llama La hija. Con un ejemplar del libro en mano, fueron juntas a llevarlo a Cristina. Las dos mujeres, las dos madres de Flor se conocieron, se perdonaron, aunque en verdad no había nada que perdonar, no eran ellas las que habían mentido.

Flor tiene 39 años, trabaja en una importante institución neurológica desarrollando investigación en neurociencias, se casó y no tiene hijos todavía. Su marido tiene una hija con quien comparten muchos momentos y es parte de su familia. Está permanentemente en contacto con su familión de hermanos y sobrinos que residen en Santa Fe, adonde suele pasar vacaciones varias veces al año.

La clave es perdonar

En su página de Instagram @floralifano y en su sitio web www.floralifano.com difunde información sobre adopción, búsqueda de origen y entabla contacto con cientos de personas que se ven reflejadas en su historia y la contactan para pedirle orientación.

Florencia reconoce que si bien su adopción ocurrió en legalidad ya que sus papás la adoptaron de buena fe, tienen los papeles legales y jamás la inscribieron como hija propia en el acta de nacimiento, su historia podría calificarse de “apropiación”, ya que fue sustraída bajo engaños a su madre. Si hay que señalar un responsable del acto delictivo, en todo caso, ella considera que fue el obstetra, ya que fue quien las engañó a ambas, con la complicidad de la familia para la que trabajaba su mamá biológica.

El médico murió al mes de haberla reunido con su verdadero origen, él ya sabía que tenía un cáncer terminal y tal vez, piensa Flor, fue esa certeza la que lo motivó a revelar el ilícito como una manera de reparar el daño.

De todos modos, para Flor hoy la clave de la sanación es perdonar. “La verdad desde el principio es la clave, la mentira enferma. Es responsabilidad de los padres transmitir el mensaje completo a sus hijos. Hoy existen maneras de hacerlo bien, tomar un camino diferente te convierte en cómplice de algo a lo que queremos ponerle fin. Para mí la adopción es el acto de amor más grande que existe, siempre lo digo, y ese acto se vuelve cada vez más hermoso y maravilloso cuando se revela sin miedos, sin mentiras, sin dudas, con abrazos y muchos besos, ¡cuando comenzamos a hablarlo en voz alta!”, concluye.

El sistema de adopción en Argentina

Que funciona bien, que funciona mal, que tarda, que no es fácil que te acepten, que demora mucho tiempo, que ponen demasiadas trabas. Los mitos, y tal vez verdades en ciertos casos, acerca de la adopción en Argentina están a la orden del día. Pese a que el sistema avanzó grandes pasos desde varias décadas atrás, cuando las prácticas de adopción bordeaban los límites de la legalidad y lo que primaba era el ocultamiento y la vergüenza, todavía está vigente la creencia de que el camino de la adopción por los canales formales es un trayecto sinuoso, lleno de obstáculos y agotador. Sin embargo, los caminos hacia la adopción en la Argentina tienen carriles ágiles y legales.

Dónde informarse:

Dnrua: Brinda una guía sobre la adopción en la Argentina, servicios en línea y realizan charlas informativas todos los meses. En su página web publican las convocatorias públicas para adopción: https://www.argentina.gob.ar/justicia/adopcion/buscamosfamilia

Registro Único de Aspirantes a Guarda con fines Adoptivos (Ruaga) de CABA: brinda información web y coordinan talleres de espera activa y de apoyo a las familias durante la vinculación, guarda (meses previos a la adopción, no es lo mismo que acogimiento familiar) y adopción.

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