Una cita entre la risa y el peso de lo real

“Las quiero”, escucho que dice una espectadora mientras ocupa su lugar en la sala y no deja de mirar hacia el escenario donde están ésas a las que quiere tanto.

Y cómo no quererlas, si recién acabamos de entrar, en cierto modo la obra todavía no comenzó, y ya nos estamos riendo. Son las Piel de Lava, estamos en el espacio Arthaus Central, y ellas nos reciben inmersas en su última creación, Parlamento. Pilar Gamboa, encaramada en una escalera metálica, no para de leer disposiciones en un castizo autoritario, torrencial, desopilante. Laura Paredes, Elisa Carricajo y Valeria Correa están abajo, impecables, muy chic y acomodadas en las bancas de un imaginario parlamento espacial. Hay una que habla y tres que, silenciosas, dejan hacer. En escena se les suma el artista musical Zypce, y entre todos circula la química de la actuación; el público recién está entrando a la sala y el elenco ya está con la palanca de cambios en segunda, quizás en tercera.

Quienes van entrando, se ríen aunque todavía no sepan muy bien de qué va todo esto; lo que se siente es la conexión entre esas mujeres que se sacan chispas y transmiten un discurrir disparatado, demencial, cercano al humor negro y, por cierto, ligado a una realidad no tan risueña.

Las queremos, a las Piel de Lava, como suele querer la raza de los espectadores a la raza de los actores y actrices: es un amor singular, profesado a totales desconocidos que se nos hicieron cercanos en los personajes y en las palabras a las que les fueron prestando la piel

Las queremos, a las Piel de Lava, como suele querer la raza de los espectadores a la raza de los actores y actrices: es un amor singular, profesado a totales desconocidos que se nos hicieron cercanos en los personajes y en las palabras a las que les fueron prestando la piel. Y cuando se trata de cuatro actrices que llevan 20 años indagando en la materia abierta de los escenarios, saltando de allí al cine o a la TV, pero volviendo siempre a las búsquedas del teatro independiente, hay algo más que el encuentro con tal o cual interpretación: es algo parecido a haber compartido tramos de vida. Incluso un lenguaje común.

Así que allí estábamos unos cuantos, en una sala de Arthaus, celebrando un reencuentro. Dejando a la risa soltarse, agradeciendo el desparpajo y aceptando a la vez el sabor amargo, la incomodidad que Parlamento no se priva de invocar.

Lo dicho: la tesis es delirante. En una nave que da vueltas en torno a la Tierra, unas parlamentarias se dedican a parlotear sobre medidas absurdas, pelearse –y carpetearse– entre ellas y grabar spots publicitarios destinados a captar voluntades mientras allá abajo, en el desdichado planeta sobre el que orbitan, hay gente enfurecida quemando, parece ser, todo lo que encuentra a su paso. Las cuatro políticas, provenientes de distintas zonas del globo –el trabajo con los modos del habla es eficaz y divertido–, solo tienen ojos para sus propias miserias o para esbozar propuestas a cual más disparatada o violenta. Y uno sale de la obra con la perturbadora sensación de que se estuvo riendo a carcajada limpia mientras le decían que, atención, la cosa realmente está que arde.

Hay una línea que, de manera probablemente involuntaria, une a Parlamento con Última arquitectura, muestra de la artista Florencia Levy que se expuso en Arthaus hasta hace unos días. Levy expone una serie de piezas de videoarte que realizó a partir de una visita a Baotou, China, uno de los lugares más contaminados del mundo, de donde se extraen minerales imprescindibles para los celulares que no solo todos llevamos en el bolsillo, sino que también descartamos y reemplazamos a una velocidad frenética. La obra de Levy no suscita risas, sino la incómoda contemplación de una muestra que nos confronta con realidades atroces (por caso, la vida de los oriundos de Baotou, habitantes de un territorio sacrificado).

“Nada es sin costo”, me comenta una amiga que también vio las imágenes de Levy, y tiene razón. Todo tiene un costo que tiende a ser pesado, macizo, turbulento, sucio. Mal que les pese a las parlamentarias, divinas en su blanca nave espacial. Y a nosotros, tan livianos y enfrascados en la etérea vida digital.

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