Gioconda Belli, escritora: “Tengo vocación por la alegría”

Cuando la encontramos Gioconda Belli estaba sentada ante un café con leche en la Plaza de la Paja, el rincón que Javier Marías, vecino de aquí, prefería entre todos los de Madrid.

A ella, a Giconda Belli, esta mujer rubia, sonriente, vestida de amarillo, peinada como manda la naturaleza, le encanta el lugar, habla de él como si fuera una prolongación de su casa, y la palabra casa, en ella, una exiliada, alejada por la dictadura de Daniel Ortega del país que ella ama, es un vocablo que parece, además, una herida, una exigencia y una tristeza.

Pero aquí está, cerca de su casa madrileña, y sonríe de tal manera, y habla con tanta ilusión de la vida, de lo que acaba de escribir (una nueva novela), de lo que termina de leer (“dos libros maravillosos, uno de Julia Navarro, sobre las mujeres, el de David Toscana, sobre unos locos mexicanos que quieren subir a la Luna como si fueran astronautas soviéticos”), de las cosas que le dijo su madre cuando a ella le vino la regla, de la casa a la que se quieren mudar ahora, habla de tantas cosas que resultaba muy difícil cumplir con el cuestionario que llevábamos para saber de esta mujer nacida en Managua en 1948 y ahora sin patria, o con la patria que le ha dado, con todas las de la ley, el país que ahora la acoge, España.

De modo que casi todo lo que habíamos preparado (cómo se reconstruye la vida, qué significa la nueva vivienda que es el equipaje del exilio, cómo es el sitio de escribir, cuáles son, y cómo, las nuevas amistades…) se queda en el cuaderno del periodista porque, ante esta sonrisa, es mejor no evocar los aires de tristeza que empujan a esta poeta que se quedó, como tantos nicaragüenses expulsados del que fue el paraíso de su infancia, de su juventud, de su vida. Y, por supuesto, hablamos de la literatura, que es su vida, esa no se la pueden robar ni Daniel Ortega ni la esposa de éste, Rosario Murillo, compañera de la misma satrapía.

¿Qué supone para usted la literatura?

No sé qué sería mi vida sin la literatura. Es mi fuente, mi alimento.

P. ¿Y cómo ha ido viniendo?

R. Llegó desde que era muy jovencita, a través de mi abuelo, que era un gran lector y tenía una memoria fotográfica estupenda y era muy progresista y estableció la jornada de trabajo de ocho horas para los que colaboraban con él. De pronto me empezó a dar libros. De Julio Verne, por ejemplo. ‘Mujercitas’, también. Lope de Vega, que le encantaba a mi mamá. En fin, desde entonces la lectura se convirtió en mi mayor entretenimiento.

La escritora Gioconda Belli. | JOSÉ LUIS ROCA

P. ¿Eso la llevó a la escritura o a la imaginación?

R. A la imaginación primero. Yo era amiga del mar, por ejemplo. Yo hablaba con el mar. Iba por la orilla de la playa y le decía: “Oye, que las olas no me mojen los pies”. Y el mar lo cumplía, jajajajaja.

P. ¿Esa fantasía sigue estando presente en usted?

R. No al mismo nivel, pero sí. Es que yo siempre he estado con fantasías: la libertad, la justicia… por eso entregué buena parte de mi juventud a eso. También tenía muchas fantasías con mis hijos y ahora con mis nietos. Y, bueno, me gusta inventar mundos cuando escribo.

P. Esas invenciones son parte de su autobiografía, ¿no?

R. Sí. Yo me fui a trabajar a una agencia de publicidad cuando tenía como 19 o 20 años. Ya estaba casada, eh. Y en la agencia me encontré con poetas y escritores que le dieron sentido a mi vida. Porque yo estaba aburrida, tenía un marido, buena persona pero muy aburrido, y gracias a ellos encontré la energía creativa. Luego, con Carlos Mejía Godoy, que le puso la banda sonora a la Revolución, grabábamos anuncios con su música. Y eso me ayudó mucho a saber qué podía hacer con mi vida. Yo crecí en la casa contigua a la de Pedro Joaquín Chamorro y yo vi cuando se lo llevaron los secuaces del dictador Somoza y… ese tipo de cosas me marcaron y yo quería como huir de algo así, quería alegría.

“En la agencia me encontré con poetas y escritores que le dieron sentido a mi vida”

P. ¿Qué ha sido para usted la alegría?

R. Yo soy alegre por naturaleza, porque tengo un profundo optimismo. Pero también tengo mi lado melancólico. Pero tengo vocación por la alegría, digo yo. Porque estoy convencida de que me siento feliz de estar en este planeta y creo que todas las cosas que me han pasado me han permitido potenciarme. Aristóteles decía que había que desarrollar el potencial que uno tiene. Y es lo que he tratado de hacer. Ya sólo haber nacido es tal privilegio…

P. ¿Cómo ha ido ayudándole la memoria a ser Gioconda?

R. Mucho. Mi madre ha sido fundamental en eso, porque me ayudó a ser mujer. Siempre cuento que cuando me dijo cómo me iba a venir la regla me pareció una maravilla y me dio mucho pesar por mis hermanos, porque nunca la iban a tener, jajajajaja. Mi mamá era una mujer muy inquieta, muy lectora de periódicos, de libros… era muy culta. Cuando me trajo al colegio aquí en Madrid me llevó a todos los museos y yo le decía: “Ay mamá, ¿para qué?”. Pero, bueno, ya luego me di cuenta de lo importante que fue eso. Mi mamá no era muy afectuosa, pero mi papá sí. Y eso también fue muy importante para mí.

P. ¿Qué tiene de su padre y qué tiene de su madre?

R. De mi mamá tengo la fuerza femenina y la sensibilidad. De mi papá, la alegría. Sobre todo eso. Mi papá tenía una ética de trabajo que también nos inculcó. Él tenía una tienda de electrodomésticos, pero había sido un hijo fuera del matrimonio y se lo llevaron a Managua y él creció creyendo que su papá era su hermano. A los 18 descubrió que no era así, pero bueno… Mi papá trabajó mucho. Trabajó en una fábrica de jabón, vendiendo telas… Mi papá no era un niño mimado. Mi papá creía mucho en la educación y nos dijo: “Yo lo único que les voy a dejar es una buena educación”. Y se esmeró mucho en eso y… lo logró, sí. De mi mamá tengo la vanidad. Ella me decía: “Nunca salgas a la calle sin arreglarte”. Y yo siempre lo hago, jajajaja. Ella decía: “La mujer que es elegante se mira al espejo y se pregunta qué se quita y la que no es elegante dice qué me pongo”, jajajaja. Cosas así. Mi mamá me habló siempre sobre sexo y jamás algo negativo. Me dijo que hacer el amor era el acto de comunicación más profundo. Me explicó cómo era una relación sexual y que yo podía hacer lo que quisiera. “Nada es pecado”, me dijo.

“Mi mamá me dijo que hacer el amor era el acto de comunicación más profundo”

P. Pues en su poesía está en abundancia la invocación del sexo.

R. No, no. La invocación no, Juan. Es la declaración de gozo. Yo tengo una idea sublime de la sexualidad. No puedo entender cómo alguien considera al sexo como pecaminoso, porque a mí no me enseñaron eso. De ahí nace mi libro ‘El infinito en la palma de la mano’, por ejemplo, donde conté mi visión de Eva. Bueno, en todas mis novelas hay una reivindicación de la mujer, excepto la última.

P. ¿Por qué en la última no?

R. Porque es la historia de mi ancestro. La madre biológica de mi papá se llamaba Graciela Zapata y supuestamente descendía de un duque que, también se supone, había llegado a Nicaragua huyendo de la acusación de que había matado a su mujer. Se enamoró de una mujer bellísima y… bueno, cuento toda su historia en ‘Las fiebres de la memoria’.

P. ¿Qué le puso a escribir?

R. El impulso, la mente, no sé. Cuando estaba en el internado empecé a escribir cartas y así me trasladaba a otras partes. Tenía, incluso, un novio por carta, jajajaja. Luego empecé a tener como frases en la cabeza y comencé a apuntarlas y así empecé a hacer poemas.

P. ¿Qué le ha dado la habilidad de escribir?

R. Todo. Porque ser escritora es lo mejor que me ha pasado. Cuando ‘La mujer habitada’ tuvo éxito me cambió la vida. A partir de entonces ya sólo me dediqué a escribir.

“Ser escritora es lo mejor que me ha pasado”

P. ¿A qué atribuye el éxito de ese libro?

R. Pues… no lo sé, pero se sigue publicando y leyendo desde 1988.

P. ¿Cómo nació?

R. Con un sueño de una mujer que se hace árbol y el árbol empieza a ver a la mujer de la casa donde está plantado. En realidad era mi lucha por crear otra realidad ajena a mi niñez y a mis privilegios. Y la resistencia indígena a la Conquista también. ¡Para mí fue tan fácil sentirme como un árbol! No sé por qué, pero así fue. Qué mágico, ¿no?

P. Ahora ha acabado de escribir una novela aquí en España. ¿De qué trata?

R. Trata de la relación de una madre con sus hijas durante la pandemia. Es una mujer de Nicaragua que llega a Madrid cuando empieza el confinamiento y tiene que reconciliarse con la madre, porque siempre la tenía medio abandonada. Es una novela sobre el desencanto, digo yo.

P. En Cádiz recitó un poema que se llama ‘No tengo dónde vivir’. Conmovió a aquel auditorio, como si usted se desnudara en la calle a la que fue expulsada. ¿Cómo nació ese poema?

R. Pues cuando me di cuenta de que no tenía dónde vivir. Estaba en la casa de mi hija y dije: “Aquí no me puedo quedar, ¿adónde me voy?, no tengo dónde vivir”. Fue un ‘shock’. Yo me fui de Nicaragua a Estados Unidos creyendo que volvería a mi país, pero luego empezaron a capturar a mucha gente y… mejor no volví.

P. Entonces, ¿ese poema es más que un poema?

R. Pues… sí. Porque me define, porque me muestra tal y como soy. Ayer volví a leer ese poema, porque era el día de los refugiados y… no tener dónde vivir es la historia de los refugiados, ¿no? Y también vivir pensado en lo que has dejado. Cuando viví en Estados Unidos, varios años, vivía en función de Nicaragua, llorando por Nicaragua… Y ahora, aquí en España, pienso hacer lo contrario: pienso vivir en el aquí y el ahora. Es que yo soy una mujer que quiere vivir intensamente. Será por eso.

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