Elecciones 2023 | El voto de “Mamina”, la mujer más longeva del padrón porteño

Un siglo y una década. Rosa Micaela Puertas Quiroga o, más conocida como “Mamina”, es oriunda del barrio de Boedo y se considera “la madre de todos”. La sobreviviente de dos pandemias es un retrato vivo de la historia del sufragio argentino. Llega vestida elegante con un tapado púrpura, un pañuelo floreado y el broche de una rosa roja que adorna su pelo cobre cenizo, un detalle que le recuerda sus años transcurridos en España. Está ciega y los ojos se desvían con magnetismo hacia arriba en una plegaria eterna. Casi están por cerrar los comicios y Puertas Quiroga llega a pie a la Escuela Nº31 Naciones Unidas, en Palermo, del brazo de su hija María Teresa y dos de sus nietos. La demora que concentró votantes al mediodía, por las dificultades que se registraron en algunas urnas electrónicas, cambió su plan original de votar en el mismo horario en que nació (a las 12), 110 años atrás, un domingo también, pero de 1912. Fue en la época de la recién sancionada ley Sáenz Peña, la reforma que inauguró un primer paso hacia la democracia moderna al permitir el voto secreto y obligatorio de los argentinos, aunque faltaría mucho todavía para que llegara el sufragio femenino.

“Todavía no pongas los ravioles”: el inusual derrotero de un ciudadano que tardó dos horas y media en votar

Desde que la Argentina permitió a las mujeres votar, ella no faltó a ninguna elección. Para Puertas Quiroga, el sufragio es un deber de todos los argentinos y advierte que la democracia no es algo que tenga que darse por sentado. “La mujer más rica del mundo”, como se describe y no por razones económicas, es la más longeva del padrón porteño y vive cada proceso electoral como una celebración.

“Nunca dejé de votar, no falté ni a una sola elección, porque si no votamos no defendemos nuestra patria. Todos tienen que votar. Si queremos unir a la Argentina, la tenemos que defender a muerte, es nuestra tierra que nos dio tantas alegrías”.

Para que pudiera votar en estos comicios, la habilitaron en el padrón de la Escuela Nº31 Naciones Unidas, ubicada frente a su casa. A diferencia de otras elecciones donde a las personas adultas mayores se les bajó a la vía pública la urna para facilitarles el proceso, al votarse en simultáneo los candidatos a jefe de gobierno de la ciudad mediante el sistema electrónico, Puertas Quiroga tiene que llegar por sus medios hasta la mesa donde está la pantalla del sistema.

Luego de cumplir el rito de la misa dominical, cruza la calle Carranza y camina sonriente por el pasillo hasta el fondo de la planta baja de la escuela. No pasa inadvertida. “¡Bravo señora!”, la vitorean y la aplauden en su procesión otros votantes. La reciben las autoridades electorales y, en la puerta del aula, se empiezan a congregar las personas atraídas por el evento. La fiscal de la mesa contigua abandona el monitoreo de las boletas de su partido y se le acerca a pedirle “la receta de la vida”.

Puertas Quiroga cumple con la “doble votación”. Dos tiempos electorales en un mismo acto: primero el sistema de la antigua boleta papel para los precandidatos a presidente y después el voto electrónico para los cargos porteños. No siente el peso del cambio generacional y vota sin problemas con la ayuda de su hija para ubicar las urnas. “Después de esto no quiero escuchar a nadie quejarse del voto electrónico”, ironiza una de las autoridades, a cargo de la mesa después de transcurrir una jornada donde se reportaron quejas por el sistema.

Una historia personal de más de un siglo

En el transcurso de su vida presenció cinco de los seis golpes militares que socavaron la libertad democrática y torcieron el rumbo del país. El primero de todos –el que impuso la dictadura de José Félix Uriburu luego de derrocar al gobierno de Hipólito Yrigoyen– fue el único que no la tuvo como testigo en el país porque en aquel tiempo se encontraba al otro lado del Atlántico, en Valladolid, España. Su padre había caído víctima de la gripe española, la pandemia que en 1918 se propagó hasta la Argentina y como última voluntad, para que su familia escapara de la enfermedad, le encomendó a su madre que viajara con ella y sus cuatro hermanas a Europa.

“A los nueve años me fui de la Argentina a un pueblo de Castilla La Vieja, después que murió mi padre, que era español. Fue la persona que me enseñó a leer, escribir, y hacer las cuentas matemáticas. Fui muy feliz en mi niñez y eso que trabajaba mucho de niña. Lavaba la ropa en el río con tabla, una tarea que llevaba tres días. Primero enjabonábamos la ropa y la tendíamos al sol. Volvíamos  a la mañana siguiente y la lavábamos del otro lado. El tercer día, ya seca, la tendíamos y la doblábamos para después coserla. Cosía muchísimo, horas y horas y por eso perdí la vista. Trabajé mucho y de todo, pero siempre lo disfruté”.

De joven, Puertas Quiroga se mudó de Valladolid a Madrid donde conoció a su marido, Francisco Elbl, un pastelero austríaco al servicio del rey Alfonso XIII. “Él había aprendido a hacer chocolate, bombones y pastelería en Viena y lo contrataron en una confitería de Madrid que trabajaba para los reyes de España. Nos conocimos en esa ciudad y nos casamos. Él me llevaba diez años”.

La fortuna cambió años más tarde con el estallido de la Guerra Civil que los obligó a regresar a la Argentina. “Nuestro primer hijo acababa de nacer y mi marido tenía la posibilidad de ir a trabajar a Austria, pero en ese momento Europa estaba muy convulsionada, a las puertas de la Segunda Guerra Mundial, y yo no sabía el idioma. En la embajada argentina nos aconsejaron que volviéramos. Tuvimos que abandonar todo y regresamos como refugiados de la guerra”.

Con su experiencia de chocolatero, en la Argentina, su marido encontró trabajo en la fábrica Noel, y después en la empresa Suchard, donde se dedicó, principalmente, a las recetas de los caramelos Sugus. “Fue quien les enseñó en la fábrica a hacer los Sugus confitados”.

La receta

Al mirar al pasado, Puertas Quiroga reflexiona sobre su vida con lucidez y sin lamentos o desánimo por la infinidad de adversidades que sufrió en más de un siglo, entre ellas la muerte de uno de sus hijos, que falleció, junto a su esposa, en un accidente de autos. “La vida es grandiosa, hay que saberla vivir con amor, fe, esperanza, calidad, fortaleza y paciencia sobre todo. No se necesita mucho, solo vivir con lo poco que tenés y convidar todo lo que puedas. La plata va y viene, la salud es lo principal y más valioso. A mis hijos los críe para respetar a los mayores y solo me preocupé por devolver la felicidad que recibí”.

Como único regalo en cada cumpleaños, pide a sus familiares que le celebren una misa para agradecer los años vividos. “Son 111 años en los que viví de todo y cambió el mundo entero. Ahora soy la madre de todos, ‘Mamina’, la mujer más rica del mundo, porque tengo a Dios y vivo en este país tan querido. Nos tenemos que cuidar unos a otros y ser todos hermanos unidos. Votar es un momento hermoso, pero no hay que dar por sentada la democracia, hay que defenderla en cada votación”.

El fantasma de la abstención electoral que pareció cernirse sobre las PASO no hizo mella en ella, aun ante el creciente temor en el país a una oleada ausentista que llevó en los últimos días a la Cámara Nacional Electoral a sacar un comunicado, inédito en la historia política argentina, para que la ciudadanía fuera a votar. Ella ni siquiera se ausentó, dice, cuando a sus 107 fue a las PASO de 2019 y para su sorpresa la habían desvinculado del padrón. “Si acá estoy”, protestó vigorosa en aquel entonces agitando en la mano su libreta cívica, repleta de sellos, frente a la perplejidad de las autoridades de mesa. Al día siguiente, marchó rumbo a las oficinas de la justicia electoral y la habilitaron a sufragar en las generales.

“No dejen que se decaiga la Argentina ¡Voten y levántenla!”, se emociona Puertas Quiroga, que hace de la voluntad cívica una oda y se despide con la sonrisa del deber cumplido. “Adiós y hasta mañana, si Dios quiere”.

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