Viaja sola desde los 17 y busca romper modelos mentales: “Trabajé en limpieza, en un campamento minero, en una granja…”

Laura siempre creyó que nacer en Argentina, más precisamente en Balcarce, provincia de Buenos Aires, formaba parte de su identidad otorgada, no elegida, al igual que su nombre, colegio y barrio de la infancia. Amaba su origen, pero cuestionarse la existencia e indagar acerca del mundo formaba parte de su personalidad: ¿cómo será vivir en otros países? solía preguntarse en sus años adolescentes. ¿Sería yo la misma si me fuese a vivir a otro lado? ¿Habrá un destino que se adapte mejor a mis gustos, valores y aptitudes?

Fue a los 17 que desplegó sus alas. Emprendió un viaje sin fin, que continúa hasta el presente, tras años de periplo intenso. Argentina se transformó en su puerto sin ancla pesada, una tierra querida, para la cual siente que puede contribuir, sin importar las distancias.

Laura no dejó Argentina, porque, para ella, las fronteras son tan solo una construcción; los rótulos, algo innecesario y, la identidad, algo que trasciende lo que figura en un pasaporte. Argentina, como cualquier nación, siempre está.

Y así, con aquellos principios salió al mundo con una convicción: “Elegir sin sesgos, sin culturas, sin juicios familiares ni sociales. Incursionar en lo desconocido, en el miedo, en las contradicciones, en las diferencias y similitudes”, dice.

Una casi adolescente en Inglaterra: “Para aquel entonces cobraba lo mismo que una docente en la Argentina”

“¿Qué querés ser cuando seas grande?” Al terminar la secundaria, Laura no tenía respuesta para esta pregunta. ¿Acaso a los 17 o 18 se puede definir con exactitud el camino que determinará toda una vida? ¿Acaso lo deseaba? La única certeza era que quería conocer una nueva cultura y así lo hizo, con ayuda de sus padres.

Dejó Argentina con destino a Londres, con escaso inglés y el pequeño universo de Balcarce a cuestas: “Nada se me hizo imposible, sí difícil”, asegura. “Al llegar allí recuerdo que todo me era extraño, pasar de vivir con mamá y papá, y estar siempre rodeada de amigas, a estar sola en una familia jamaiquina-india, toda una travesía”.

Vivir en Londres: “Acá la edad, estado civil o los hijos no son impedimentos para conseguir trabajo”

“Desde ese entonces, rodeada entre culturas, perdida entre las calles de Londres, empecé a tener una culta adoración a las personas, que capaz estando en casa nunca lo había percibido. Uno se abre a la sensibilidad, comienza a abrir la mente y expandirse”, continúa. “Siempre me pareció magnífico que, cada estación de Londres, es un mundo de culturas, comidas, vestimentas, religiones”, agrega.

Durante los siguientes meses, Laura estudió en una escuela de inglés y, al quinto mes, logró independizarse. Consiguió trabajo en un marca de bijouterie juvenil muy conocida en Europa, buscó una habitación compartida y en ella comenzaron a florecer emociones que nunca antes había sentido.

“Para aquel entonces cobraba lo mismo que una docente en la Argentina, recuerdo que estaba fascinada, no solo por el dinero que ganaba sino también con la vida que llevaba, una vida muy relajada y armoniosa. Entendí, desde aquel entonces, que no se necesitaba la perfección, en ese caso el inglés, para alcanzar el estándar o más”, asegura. “Empecé a comprender y tomar conciencia de lo generoso que es este mundo, la gente que lo rodea y las oportunidades que se presentan, siempre que uno las busque”.

Regresar a la Argentina para estudiar y descubrir otra tierra grata en el camino: “Alemania fue otro desafío”

A la Argentina regresó con otra perspectiva de la vida, aunque sabía que había más por descubrir. Todavía en Londres, el apetito por estudiar había crecido y Laura decidió sumergirse en la vida universitaria con la certeza de que elegir su país era lo mejor para ello. Orgullosa y feliz por su elección, ingresó a la Universidad Nacional de La Plata para estudiar Licenciatura en Administración. Tras cinco años enriquecedores se recibió, sin dejar en dicho camino de trabajar y viajar.

“Viví un tiempo en Alemania, donde sin hablar alemán, pero ya sí manejando el inglés, realicé un intercambio estudiantil”, cuenta. “Fue otra grata experiencia, fue un desafío estudiar materias como marketing, finanzas, management en inglés, cuando si bien lo hablaba, no lo hacía a tal nivel. Me animé”.

Vivir en Frankfurt. Es argentino: “No les gusta la gente que `anda a la deriva´”

“Fue una vivencia única, rodeada de chicos de mi edad de todo el mundo, sentí mucha plenitud en aquel momento. No importa cómo hablás, lo importante es cómo te comunicás. No importaba ningún aspecto del pasado simplemente prevalecía el presente”, reflexiona.

Australia y romper con el modelo mental: trabajar para para Uber Eats, en limpieza, en un campamento minero, en una granja de engorde, en una bodega

“¿Y ahora?”, se preguntó Laura, al finalizar sus estudios. A esa altura, ya lejos de sus años adolescentes y en la mitad de sus veinte, su evolución había sido evidente, aunque su esencia -esa que traía desde niña- se vislumbraba intacta: a ella le gustaba vivir el día a día, tenía un norte, pero en ese camino elegía siempre tomar decisiones diarias que la llevaran hacia él. Así fue que supo que era tiempo de volar una vez más de su puerto argentino hacia otro país de habla inglesa, en esta ocasión, Australia.

“Allí me encontré con un lugar mágico, una seguridad plena; no hay miedos, no hay prejuicios, al menos por donde yo anduve. Lugares que parecen de cuento, limpios, gente educada, amable, entre otros aspectos positivos. Es una experiencia que desde mi punto de vista ayuda a trabajar la ética, la empatía. Principalmente porque uno hace trabajos que no coinciden con el modelo mental que uno trata de romper”.

El modelo mental que Laura intentaba derribar consistía en aquel que apunta al exitismo social, a la identidad definida por la profesión, donde, en consecuencia, se forja la idea de que hay trabajos “mejores” y otros que “ensucian” nuestra imagen ante el mundo.

Y fue así que la joven se expuso sin reparos a diversos empleos: “Trabajé para Uber Eats, en limpieza, en un campamento minero, en una bodega, en una granja de engorde rodeada de animales, a una hora del pueblo más cercano de apenas mil habitantes”.

“Todas experiencias hermosas que te impulsan a asumir roles diversos, demostrándote capaz de enfrentar cualquier situación, incluso aquellas que jamás habrías imaginado”, explica. “Además, trabajé en el equipo de Sales & Marketing de una Pyme de Sydney, trabajo relacionado con mis estudios, me encantó. Todo es posible en este país, tan solo se necesita energía y actitud”.

“En cuanto al dinero, en Australia se gana entre $25 y $35 netos realizando los trabajos antes mencionados, lo te permite un ahora de hasta $600 promedio semanal. Realizando trabajos extraordinarios, como un trabajo en la mina, donde se trabaja 10 horas por día, un total de 70 horas semanales, se logra ahorrar $1800 semanal, allí todo es ahorro, ya que el hospedaje y la comida están incluidos”.

Apoyar a la Argentina, sin fronteras

Tras su tiempo en Australia, Laura sintió que era hora de moverse una vez más. Regresó a su Argentina querida, compartió felicidad con su familia y amigos y, pronto, buscó un nuevo rumbo: “Siempre decidida y en paz”.

Esta vez eligió un país de habla hispana y Barcelona fue su destino. Le atraía la ciudad y presentía que aquel lugar se iba a adaptar mejor a sus necesidades del presente, que consistían en trabajar en marketing, ante todo.

Llegó en agosto, el equivalente a un enero argentino, donde todos se toman vacaciones y no hay reclutamientos. Pero fue gracias a eso, que Laura comenzó a prestar sus servicios a la empresa familiar, argentina y fundada por sus padres. Más que nunca, las fronteras para la joven habían desaparecido; ella, sin importar donde estuviera, podía apoyar la apuesta que su familia hacía por la Argentina.

Tras un período en Barcelona, Laura decidió volver a su país, donde permaneció por otro puñado de meses en los que vio a la empresa crecer: “Todo un orgullo”.

Romper esquemas: “Me da escalofríos pensar que somos ni más ni menos que seres formados para ser parte de una sociedad específica”

Con el paso de los años y las experiencias en el camino, hoy Laura cree más que nunca que no es necesario elegir. Ella nunca se fue de Argentina, tampoco se quedó. De hecho, desde pequeña, a pesar de estar en un suelo marcado como argentino, su imaginación siempre navegó por otras geografías.

Segura de poder seguir apoyando a la empresa familiar argentina de forma remota, hoy Laura se encuentra nuevamente en Australia. Esta vez, sin embargo, la experiencia es diferente, Tras un mes de búsqueda, la joven halló un empleo bajo contrato temporario para la región de APAC (Asia-Pacific) para una empresa internacional.

“Mi camino me enseñó, ante todo, a entender que somos ni más ni menos que seres formados para ser parte de una sociedad específica, esa sociedad de la que venimos. Argentina en mi caso. Esto me da escalofríos. Cuando uno empieza a romper dichos esquemas es que se empieza a sentir verdaderamente cómodo y entiende quién realmente uno es, es decir, cuál es su esencia, mi esencia”.

“Aprendí mucho a comunicarme, a comprender que realmente somos todos iguales, sin importar de dónde venimos, qué tenemos o qué dejamos de tener”, continúa. “Y las experiencias fuera de destinos convencionales me han ayudado a fortalecerme y florecer todos los días. Principalmente trabajo a diario la ética, ponerme en distintos zapatos y ejercer, entender que detrás de un rol hay una persona que siente y piensa. Este país (Australia) por donde lo mires es muy interesante en ese sentido”.

“Argentina, la familia, los amigos y mates compartidos siempre se extrañan, pero más allá de esas añoranzas, seguiré viajando, recorriendo el mundo aprendiendo y creciendo”, dice, pensativa. “Sigo inmersa, disfrutando y dejando que la vida me sorprenda para bien. Me siento un alma libre que no pertenece a un lugar ni a una persona en particular; sí me aferro y me dejo aferrar”, concluye.

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