Nadie gobierna una economía enferma

Un país sin gobierno es el resultado más perceptible del domingo inesperado. Sergio Massa era la única referencia de poder real dentro de la administración, pero fue el responsable directo de la peor elección del peronismo en toda su historia. Alberto Fernández era desde hace mucho tiempo solo una figura decorativa, y Cristina Kirchner fue la primera en imaginar una debacle electoral; la jefa del peronismo eligió, por eso, un refugio lejos de los reflectores del principal escenario político. La deserción la alejó también del liderazgo partidario. Nadie, nada, nunca, para recordar a Juan José Saer. La economía advirtió ese vacío de poder, y el dólar y la inflación adoptaron su propio ritmo, obviamente ascendente en ambos casos. El núcleo central del conflicto nacional consiste en que nadie sabe cómo seguirá el proceso político, ni a qué ritmo se profundizará la crisis económica, ni qué decisiones deberá tomar el gobierno nacional en los próximos días o semanas. En algunos recovecos del oficialismo circuló el lunes la versión de que el ministro de Economía y candidato presidencial, Sergio Massa, estaría cerca de una renuncia a su cargo en el gobierno nacional para dedicarse solo a la campaña presidencial. Algunos funcionarios decían que le argumentaron a Massa que si diera un paso al costado como ministro aislaría también al gobierno de los avatares electorales y que, de esa manera, le sería más fácil a Alberto Fernández llegar al final de su mandato. En rigor, nadie de la oposición más institucional, sobre todo los dirigentes de Juntos por el Cambio, promovía una entrega anticipada del Gobierno, pero todos se sorprendieron por una frase confusa de Javier Milei (“Estoy preparado para asumir hoy”) que podría acelerar el tiempo político. Cerca del Presidente, de todos modos, le restaron importancia a esa expresión de Milei. “Alberto está seguro de que cumplirá su mandato en tiempo y forma”, dijeron. De cualquier forma, Massa descartó la posibilidad de su renuncia porque esté seguro de que cumplirá mejor con su campaña presidencial desde la condición de hombre fuerte de la administración. Es un peronista, al fin y al cabo, que no sabe hacer política en la intemperie; el peronismo es así porque Perón lo fundó bajo la sombra del poder. El propio Alberto Fernández consideraba que cualquier alternativa a Massa en la cartera económica sería peor. El jefe del Estado es consciente de que le sería muy difícil encontrar un candidato a ministro creíble para los mercados o que hiciera un mejor papel que el actual titular del Palacio de Hacienda.

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Tales indagaciones en el aire señalan la fragilidad de la situación luego de unas elecciones de pasmo. La dirigencia política, que no supo advertir las profundas heridas que la larga crisis económica y social incrustó en el tejido social, no ha digerido todavía resultados electorales que dejaron solo una diferencia de 2,70 por ciento entre el primer y el tercer candidato. Es decir, entre Milei y Massa, pasando por Patricia Bullrich. Aunque Milei es todavía la enorme sorpresa de la política argentina, lo cierto es que aquella cercanía entre los tres candidatos más votados hace posible cualquier ganador en las elecciones de octubre. O cualquier dúo de candidatos para medirse en una eventual segunda vuelta en noviembre. ¿Patricia Bullrich-Milei? Es probable. ¿Massa-Milei o Bullrich-Massa? Probable, pero más difícil, porque el dinamismo de la crisis económica se ocuparía de dejar fuera de combate al candidato oficialista.

Veamos entonces la economía. No hay economista serio que pronostique una inflación de menos de dos dígitos para agosto y septiembre, que serán justo los meses previos a las elecciones del domingo 22 de octubre. Esos mismos economistas son críticos de la devaluación dispuesta con más desprolijidad que acierto por Massa en la mañana del lunes ingrato. “Encarecieron las cosas a cambio de nada”, dijo uno de ellos. Se quedó corto. No solo encarecieron las cosas; muchas cosas ya no se venden. Hasta varios medicamentos, cuya producción nacional necesita de insumos importados, han dejado de fabricarse en el país. Ayer las importaciones estaban totalmente cerradas por falta de dólares. Massa puso cara de malo y lo nombró al director de la Aduana, Guillermo Michel, como su interlocutor ante los empresarios. El objetivo no admite dos interpretaciones: simplemente quiere presionar a los hombres de negocios por los aumentos de los precios. Es hacer guillermomorenismo, pero sin poder. “Es Guillermo Moreno con balas de cebita”, dijo un economista. Moreno tenía dólares para premiar y castigar; Massa no tiene dólares. El ministro de Economía se comprometió a no disponer más devaluaciones hasta las elecciones de octubre. Pero, ¿está Massa en condiciones de asegurar lo que sucederá en el mercado cambiario en los próximos dos meses? Desde ya que no. La única buena noticia que Massa puede esperar es la aprobación del acuerdo con el Fondo por parte del directorio del organismo, el próximo día 23. El organismo le enviaría luego al gobierno argentino los recursos para devolverles los préstamos a Qatar y a la CAF (Corporación Andina de Fomento), aunque algún remanente podría quedarle. El problema es que el Fondo le enviará a la Argentina DEG, la moneda del organismo cuyo valor se basa en una canasta de cinco monedas (dólar, euro, yuan chino, yen japones y libra esterlina), no dólares constantes y sonantes, que son los que se pueden utilizar para el pago de importaciones. Nunca, además, ese resto podrá cubrir las reservas negativas de más de 10.000 millones de dólares.

Los otros dos candidatos, Milei y Bullrich, también deberán acomodar sus campañas electorales a las severas condiciones de la economía. Bullrich ya comenzó por nombrar primero a Carlos Melconian cuando le preguntan por los candidatos a ocupar la cartera económica, aunque no deja de mencionar a Luciano Laspina, que fue el economista que trabajó más cerca de ella en los últimos meses. Pero el solo nombre de Melconian conlleva un mensaje más claro hacia el mercado y los argentinos. Bullrich debe competir ahora con un economista, como lo es Milei; la economía es también el único tema del que el candidato libertario habla con solvencia. La candidata de Juntos por el Cambio debe reponerse, a su vez, de un inesperado segundo lugar en las primarias del domingo último. Todas las encuestas previas colocaban a la coalición opositora en primer lugar, con menor o mayor diferencia con respecto del oficialismo y de Milei. Juntos por el Cambio perdió 15 puntos porcentuales de votos en menos de dos años. En las elecciones legislativas de 2021, sacó casi el 43 por ciento de los votos, mientras el domingo se encogió a poco más del 28, para hablar de cifras redondas. Al mismo tiempo, Bullrich está haciendo notable esfuerzos para unir a la coalición después de los tensos cruces de la campaña electoral. Promueve una reunión con Horacio Rodríguez Larreta en las próximas horas y anticipó que Mauricio Macri tendrá un importante papel para aconsejar a la eventual presidenta si Bullrich llegara a la jefatura del Estado. Bullrich comenzó también a diferenciarse de Milei (pone el énfasis en su respeto a las cuestiones institucionales y a su distancia en ese terreno con el libertario), convencida tal vez de que este es su definitivo competidor en las próximas elecciones. De Massa ya se encargará el fuego de la inflación.

A su vez, Milei no necesita mostrar los pergaminos sobre su conocimiento de los asuntos económicos, pero requiere demostrar que no es tan imprevisible en cuestiones institucionales. Su falta de apego a las formas y a las instituciones es lo que más inestabilidad provoca en varios sectores del establishment, sobre todo porque se descuenta que su eventual presidencia no contará con un Congreso a favor ni con provincias amigas ni con una dirigencia social cercana. “Milei está en cuestiones económicas a la derecha del establishment, pero este desconfía de su vocación democrática”, señaló un miembro importante del “círculo rojo”. Debe subrayarse en tal sentido que el candidato libertario ha usado las horas posteriores a su triunfo para insultar y difamar a periodistas independientes, mientras algunos de sus dirigentes se paseaban por los medios más cercanos al kirchnerismo. Milei debería recordar que el periodismo independiente tuvo que resistir las durísimas ofensivas del kirchnerismo, cargadas de calumnias, en las horas de apogeo de este.

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Pero Milei se parece mucho a los Kirchner en cuestiones de derechos humanos. Estos no recordaban nada de la lucha por los derechos humanos durante la dictadura militar o durante los primeros años de la nueva democracia porque sencillamente no lucharon por esos valores. Milei no recuerda nada sobre la lucha contra el autoritarismo de los Kirchner porque él no participó nunca de esa lucha en la hora de gloria del kirchnerismo. La novedad de Milei es que es tan nuevo que puede provocar la ilusión de vastos sectores sociales, sobre todo la simpatía transversal de la juventud, más allá de las clases sociales. Es una fascinación etaria y también un grito de protesta de muchos argentinos de otras edades. Un nivel de cansancio social tan inmenso como increíblemente imperceptible con anterioridad para la dirigencia política y social. La paradoja de la protesta vacía y excesiva es que puede devolver las situaciones al mismo lugar donde estaban.

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