El Manchester City perpetúa la maldición del Sevilla

Cruel desenlace para la epopeya europea del Sevilla. El conjunto hispalense acarició con los dedos la Supercopa de Europa, llegando a jugar de tú a tú contra el mejor equipo del continente durante muchas fases del partido. En-Nesyri convirtió el sueño en posibilidad, y el gran arranque de segunda parte parecía indicar que esta vez sí serían capaces de proclamarse campeones del torneo.

No tardarían en despertar del sueño. Primero Palmer y después la moneda al aire que suponen los lanzamientos de penalti dictaron sentencia a favor del Manchester City, que suma el cuarto trofeo de la temporada a sus vitrinas. La maldición de la Supercopa, competición que el Sevilla ha perdido en seis de las siete ediciones disputadas, resultó ser más poderosa que el efecto Mendilíbar.

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Las intenciones de Pep Guardiola quedaron claras desde el pitido inicial. Las numerosas lesiones le impidieron contar con todas las piezas que le gustaría, pero esto no varió un ápice su planteamiento. Sin Stones en el campo, fue Akanji el encargado de situarse cerca de Rodri en el pivote, aunque con algo menos de soltura que el inglés en esta función.

El Sevilla no tardó en explotar la falta de experiencia de Akanji como ‘falso’ centrocampista. El suizo, acostumbrado a ver venir el peligro de frente y no de espaldas, rápidamente se vio ahogado por la presión alta de los hispalenses. Un oportuno robo de Lamela en zona peligrosa supuso la primera ocasión de peligro del partido. Poco tardó en llegar la segunda, un peligroso centro lateral que los delanteros no acertaron en el momento de rematar.

El Sevilla se estaba sintiendo cómodo, pero poco duraría esta situación ventajosa. Sólo los reflejos felinos de Bono ante un testarazo de Aké en boca de gol evitó que los ‘cityzens’ estrenasen el marcador. El neerlandés abrió la veda, pues el City cada vez merodeaba con más peligro el área contraria. La pausa de hidratación provocada por la calurosa noche helénica supuso un respiro para los de Mendilíbar.

Este alto al fuego se presuponía beneficioso, pero ni los más optimistas esperaban que cambiase tanto el devenir del encuentro. Quien haya seguido de cerca a los equipos de Mendilíbar sabia de antemano el peligro que generan a través de los centros laterales, por lo que el tiempo se ralentizó cuando Acuña recibió el esférico en el flanco izquierdo. Sin pensárselo dos veces, el argentino catapultó su envío al corazón del área, donde En-Nesyri emergió entre Gvardiol y Aké para conectar un testarazo ante el que nada podía hacer Ederson. El primer golpe llevó la firma del Sevilla.

Como era previsible, el Manchester City pasó a la ofensiva. Liderados por un omnipresente Rodri, los ‘cityzens’ atacaron incesantemente la espalda de los hispalenses, que supieron minimizar los daños a la perfección hasta el final de la primera parte.

El Sevilla salió del tunel de vestuarios decidido a sentenciar el partido. Lo tuvo en su mano En-Nesyri cuando se plantó ante Ederson en situación de mano a mano, pero a la hora de la verdad le temblaron las piernas y definió contra el muñeco. La del ariete marroquí fue la más clara, pero no la única ocasión de los hispalenses, que desangraron al City a base de feroces contragolpes.

A los ‘cityzens’ les tocó armarse de paciencia para aguantar la tormenta perfecta perpetrada por los de Mendilíbar. Sabían que sus rivales no prodían aguantar este frenético ritmo eternamente, y entonces llegaría su oportunidad. Esta nacio de las botas de Rodri, que encontró a Palmer con un magnífico centro a la espalda de Acuña. El canterano ‘cityzen’, mediante un sutil toque de cabeza, picó el balón por encima de Bono para establecer las tablas.

Los minutos se sucedían, y estos cada vez pesaban más en las piernas de los 22 futbolistas presentes sobre el césped. El City tuvo tramos en los que se mostró mucho más propositivo que el Sevilla, pero ambos conjuntos terminaron dando por buena la tanda de penaltis, marcada por el acierto de los lanzadores. El lanzamiento de Gudelj contra la madera en el quinto lanzamiento terminó ahogando el sueño hispalense.

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