La víctima del 17A que se lanzó a salvar vidas en la Rambla: “El atentado ha quedado olvidado”

Aúlla la sirena de un camión de Bomberos, bajando veloz por la calle, mientras Ramon Serrano deshoja el horror, seis años después. Empieza a quedar lejos el 17 de agosto de 2017, el día de los últimos atentados terroristas cometidos en Catalunya, que se cobraron 16 muertes en Barcelona y Cambrils y 345 víctimas por lesiones físicas y secuelas psicológicas. Ramon habla con calma, sin ira por que el destino le retara a un trance crítico, el de ser testigo del atropello masivo de la Rambla. En uno de esos escasos instantes capaces de marcar la vida para siempre, la compasión y el coraje lo aguijonearon a auxiliar a los heridos, anteponiendo el deber de socorro a todo, acaso también de la vida propia. No retumban ecos de bocinas en sus recuerdos, solo un mutismo sobrecogedor. 

“El silencio en la Rambla era inexplicable. Nunca la había visto así”, se arranca a contar. “Las ambulancias tardaron en entrar, no porque llegaran tarde, sino por seguridad. Cuando entraron los enfermeros, lo hicieron bajo los escudos de los Mossos d’Esquadra. Nos dijeron luego que habíamos actuado sin saber si había una bomba en la furgoneta, si bajaría otra, si alguien nos dispararía… En ese momento, no pensé en nada de eso”, admite. 

No lo reconoce mientras remueve en la memoria, pero Ramon demostró temple de héroe aquella tarde aciaga. Derrochó humanidad y pagó el precio: la vivencia lo abrumó y requirió de atención psicológica. Pese a la conmoción que agitó su salud mental, el Ministerio del Interior -responsable de indemnizar a los afectados- nunca le ha reconocido como víctima del 17A. En cambio, la sentencia que condenó a tres miembros de la célula yihadista sí le concede tal condición, que conlleva el derecho a ser resarcido por los perjuicios ocasionados.

Pendiente de que se resuelvan los recursos para que el fallo judicial sea firme, Ramon no ha percibido ningún tipo de compensación. Intuye un tránsito aún “lento” hasta que Interior rectifique, si es que lo hace. Decenas de afectados permanecen atrapados en el mismo compás de espera. “El Estado no ha tenido ningún miramiento con nosotros”, se desquita Serrano.

“No soy más valiente que nadie”

Ramon iba Rambla arriba a bordo de un autobús, uno de la línea 59, cuando vio la furgoneta lanzada sin freno en medio del paseo, abalanzándose sobre la multitud. No dudó en exigir al chófer del bus que abriera para apearse de inmediato. “Solo bajé yo. Creo que mucha gente se quedó bloqueada. No soy más valiente que nadie, ni el que se marchó corriendo es más cobarde que yo. Solo es que la sangre no me asusta”, se excusa.

El valor lo arrojó en medio de un paisaje de guerra. “Lo primero que me encontré fue una mujer mayor, tirada en el suelo y con los ojos abiertos: estaba muerta -desgrana-. Había dos mossos que pedían un cuchillo para tratar de ayudar a una persona que no podía respirar. Otro estaba haciendo una reanimación cardipulmonar… Había sangre por todos lados”.

Ramon Serrano. | ÁNGEL GARCÍA MARTOS

Ramon corrió hacia una turista que se desangraba por la cabeza. Se sacó la camiseta del Barça que vestía y apretó con ella sobre la herida para taponarla. “La pudimos levantar con otro chico y la dejamos sentada en la Rambla con la calle Hospital. Luego llegó una mossa y nos dijo que teníamos que sacar de allí a todo el que estuviera vivo. No sabía a quién coger y a quién no”, relata. 

Serrano asistió a dos mujeres más, ambas tendidas entre los escombros de un quiosco. “Todas eran extranjeras. No sé sus nombres y no he sabido nunca más de ellas. Me gustaría saber que están bien”, manifiesta. 

Ramon acabó refugiado en un portal después de que la policía le urgiera a resguardarse, ante el temor de que los terroristas golpearan de nuevo. “Cuando pudimos salir, los cuerpos de los fallecidos estaban tapados en mitad de la Rambla”, evoca. Su elástica barcelonista quedó empapada en sangre. En aquellos días, la depositó en el mural de Miró, a modo de ofrenda. Se perdió y nunca más supo de ella.

“Solo me ofrecieron un pin”

El estrés emergió nada más pasar el 17A. “Notaba que me ahogaba”, confiesa Serrano, quien afirma que nadie del ministerio le contactó para echarle una mano. “Solo me llamaron al cabo de medio año para ofrecerme un pin”, afea. Tampoco le telefoneó ningún departamento de la Generalitat ni el Ayuntamiento de Barcelona. “A través de una amiga, conseguí un teléfono de unos psicólogos municipales. Me hicieron tres llamadas para desahogarme y me recomendaron que no viese las noticias. A partir de ahí, no hubo más”, comenta.

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El apoyo se lo acabó prestando sin coste la Unidad de Atención y Valoración a Afectados por Terrorismo (UAVAT). Ha sido el asidero al que decenas de supervivientes se agarraron. La UAVAT se disolvió el mayo pasado. Sus responsables achacaron “incompetencia” a las instituciones para reparar a las víctimas.  

“Solo ellos nos han ayudado. Han sido los únicos que nos han buscado, porque ni el Estado ni la Generalitat se han preocupado. Creo que es por dinero, para ahorrarse las indemnizaciones”, acusa Serrano. Dice que ha extrañado que los poderes públicos arropen a los damnificados: “He echado en falta toda la ayuda, ya desde el principio para saber a dónde dirigirnos, que nos asesoraran y saber qué teníamos que hacer”.

Da fe de que conserva “grabado” todo lo que vivió el 17A. En cambio, cree que aquel estremecimiento se ha diluido en la sociedad: “¿Si se ha olvido el atentado? Un poco sí. Solo se habla cuando llega el aniversario, como en el 11-M. Una vez hecha la ofrenda de flores, es un día más. No hay suficientes medidas para evitar que vuelva a pasar”. Ramon aún suele evitar la Rambla, los vehículos que aceleran de golpe le ponen en guardia y nunca cruza el semáforo cuando ve acercarse una furgoneta.

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