Victoria Ocampo y Julián Martínez, un romance inesperado: “En el momento que lo vi de lejos, su presencia me invadió”

La noche del 3 de abril de 1913, durante el quinto mes de luna de miel, Victoria Ocampo y Luis “Monaco” Estrada paseaban por Roma cuando se toparon con Julián Martínez, un primo de Monaco que trabajaba en la embajada argentina. Manuel Lainez, tío del pequeño de dos años Manucho Mujica Lainez, había sido comisionado a Europa por las autoridades argentinas. Tenía que encargarse de retribuir las visitas de quienes habían participado de los festejos del Centenario en la Argentina, en 1910. Lainez había llevado a Julián como su secretario, por recomendación de su mujer, Elvira de la Riestra. La dama le aseguró que el joven iba a encantarles a italianas y francesas.

El encuentro del matrimonio y el secretario se dio en la semana en la que Victoria cumplía 23 años. Nos enteramos porque la escritora lo apuntó en sus memorias: “En el momento que lo vi de lejos, su presencia me invadió. Él me echó una mirada burlona y tierna. Miré esa mirada y esa mirada miraba mi boca, como si mi boca fuesen mis ojos. Mi boca presa en esa mirada se puso a temblar. Duró un siglo, un segundo”. Monaco hizo las presentaciones. Se dieron la mano y se despidieron.

Victoria temió no volver a verlo nunca: había caído fulminada por ese hombre de 35 años que emanaba encanto y entre cuyas conquistas figuraban una mujer casada que fue excluida de la sociedad porteña cuando se conoció el affaire; una chica de clase media con la que tuvo un hijo y la diseñadora francesa Gabrielle “Coco” Chanel, quien luego tendría a la argentina en su cartera de clientes. Aquella noche Victoria descubrió que existía el amor a primera vista y Monaco entendió que ese primo que nunca le había caído bien —debido a que existían rumores infundados de que había sido producto de un romance extramatrimonial— era un peligro cierto para la armonía de su hogar.

De regreso a París

Victoria se las ingenió para convencer a su marido de que invitara a Julián Martínez a una actuación del ballet ruso, con Nijinsky a la cabeza. Aquella velada también tuvo los condimentos mágicos que sacudían a la recién casada: “Sentada entre los dos primos, tan diferentes, sabía que no tenía nada que ver con alguien a quien estaba ligada por la ley, y que una afinidad física me arrastraba cada vez más hacia el otro. Cuando le di la mano, creí que no iba a poder soltársela”. Ella apuntó su mirada hacia el escenario, pero sus sensaciones estallaban en otra dirección: “Yo estaba desesperada de amor”.

Julián volvió a Roma y durante la luna de miel no volvieron a encontrarse. El matrimonio regresó a Buenos Aires con cuadros, biombos Coromandel, cristalería firmada, porcelanas y muebles. Es decir, todo lo necesario para acondicionar la casa de una familia acomodada. Vivieron en Tucumán 675. A la pareja le costaba sobrellevar cada minuto de convivencia. Dormían en cuartos separados y casi no se hablaban. Fuera de la casa se mostraban como un clásico matrimonio. Una de las tantas noches que asistieron a una función en el Teatro Colón, Victoria divisó a Julián en la multitud. Durante un entreacto, los dos volcanes se saludaron con la obligada frialdad que impone la etiqueta. No pasó mucho tiempo hasta que otra vez en forma casual se hallaron sentados frente a frente en una comida grupal: “Levanté los ojos –recuerda la escritora– y me encontré con los suyos. Caí en el fondo de esa mirada. Caí, desmayada. ¿Tendré que vivir en el tiempo después de haber conocido la eternidad?”.

Para que la relación dejara de ser platónica, hacía falta apenas una jugada del destino. Y, en este caso, fue de una forma curiosa: Monaco recibió un escueto anónimo que denunciaba “las relaciones de V. con Julián”. Esa noche la discusión alcanzó un tono agresivo que fue esbozado por Ricardo Güiraldes, amigo de Victoria. Monaco exigía aclaraciones y ella juraba que era una infamia. Si bien no había nada que ella deseara más que concretar esa relación, la información era falsa. De todas maneras, aquel anónimo sirvió de excusa para que la mujer se pusiera en contacto con el primo de su marido. Lo llamó para contarle lo que había ocurrido y a partir de allí empezaron a hablar con cierta frecuencia.

Una voz en el teléfono

Victoria visitaba una florería donde pedía el teléfono prestado y llamaba a Julián. Se derretía al sentir su voz grave y firme. La conversación era superficial, pero a los dos les brindaba las certezas que buscaban. Idearon la forma de estar unidos a la distancia: los dos leerían, cada uno en su casa, el mismo capítulo de un libro, a la misma hora. Otra vez planearon la visita a una librería en donde, sin siquiera saludarse, ambos podían mirarse a la distancia. Victoria organizó un sistema para verlo, aunque fuera diez minutos. Le pedía a su chofer que la llevara hasta una de las grandes tiendas, Gath & Chaves, por ejemplo. El empleado la esperaba en el auto, estacionado en la puerta. Corriendo, Victoria huía por alguna salida que diera a otra calle, tomaba un taxi, veía a Julián, se subía a otro taxi volvía a la tienda, compraba algo rápido y salía en busca del chofer.

El juego clandestino se mantuvo durante meses y llegó el momento de definir un encuentro más terrenal. Fue una noche de agosto de 1914, no muy tarde, en la que se citaron cerca de Plaza de Mayo, tomaron un taxi y anduvieron media hora dando vueltas, casi sin hablarse, pero tomados de la mano. Y lo poco que hablaron fue sin tutearse.

Desde ya, la pareja avanzaba, con paso lento pero seguro, hacia la concreción de sus reprimidas fantasías. Llegó el verano y la familia de Julián se fue a Ascochinga. Con la casa para él sólo, invitó a Victoria. Esa tarde los planetas chocaron, los volcanes estallaron y fue el inicio de una serie de encuentros furtivos. Aquel histórico encuentro tuvo lugar en la actual sede de la embajada de Rusia en la Argentina: esa era la casa que habitaba Martínez con su madre y dos hermanos, en Rodríguez Peña y Guido.

Los amantes fueron perfeccionando el sistema: se alquilaron un ambiente en el barrio de Constitución, en la avenida Garay, al que Victoria muerta de vergüenza llegaba disfrazada de nadie. Incluso, para evitar la dependencia de su chofer, decidió aprender a manejar. En un reportaje muy posterior contó que un amigo le enseñó, en una semana, los secretos del manejo. La lista de posibles instructores es muy corta: Ricardo Güiraldes o Alfredo González Garaño. Pero no sería extraño que haya sido el propio Julián. En definitiva, fue una de las primeras mujeres que manejó un automóvil en Buenos Aires. Según testimonios de aquel tiempo, el control del auto no figuraba entre sus virtudes.

Las relaciones a escondidas incluyeron, en una oportunidad, los síntomas de embarazo. Ella pensó en suicidarse. Sin embargo, resultó una falsa alarma. Todo lo que le dejaba este noviazgo clandestino parecía trágico, complicado y vergonzante. A la vez, Julián se mostró como el mejor de los compañeros y fue el hombre que siempre la alentó para que no abandonara su vocación literaria.

¿Hubo otros hombres en el medio? En 1916 llegó al país el filósofo español José Ortega y Gasset. Entusiasmado con Victoria, solía comer en casa de los Estrada. Por su parte, ella estaba encantada porque su vocación era la escritura y el hecho de codearse con uno de los grandes intelectuales era una posibilidad única. Mientras que Victoria lo admiraba, Ortega y Gasset tenía otros intereses más terrenales. Ella quiso poner en claro las cosas y le confió su secreto: amaba a otro hombre. En una carta a una amiga de Ocampo, el español dijo que no entendía por qué Victoria estaba con alguien de inferior nivel intelectual. La amiga le mostró la página y Victoria se enojó con Ortega y Gasset. No le respondió cartas durante casi diez años.

Los encuentros se sucedían, pero no todo eran rosas entre los amantes. En 1919 Victoria le confesó a Martínez que había ido a dar una vuelta en avión con un piloto recién llegado de Europa. Una vez más, Victoria fue pionera por contarse entre las primeras argentinas que volaron. ¿Quién fue el piloto? Si bien, solo puede especularse, tengamos en cuenta que había terminado la Primera Guerra Mundial y muchos aviadores prosiguieron su actividad por el mundo. En 1919, entre los que arribaron a la Argentina, el más renombrado fue el joven italiano Antonio Locatelli.

La confesión a Julián no era el relato del paseo por los aires, sino otra cosa. Le contó que con el aviador se dieron besos. Julián estaba furioso. ¿Y Monaco? Seguía siendo el marido, pero solo en las apariencias. El adulterio de Victoria prosiguió hasta 1922. Se separó de Estrada, los dos desocuparon la casa, la propietaria era Victoria, y se mudaron, él a Constitución. Ella a Rodríguez Peña y Posadas, a dos cuadras de la casa de Martínez. Para la familia Ocampo no fue una sorpresa. Hacía ocho años que veían venir el derrumbe.

Julián y Victoria estuvieron juntos durante un tiempo, sin convivir, salvo cuando viajaban, pero la pasión fue apagándose. No pudieron sostenerla, por más que hicieron esfuerzos. Sin el condimento de la clandestinidad, según parece, ya no fue lo mismo. Cada cual tomó su camino. Y, más allá de sus renovadas conquistas amorosas, siguieron siendo amigos.

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