Sinónimo de elegancia y pareja de Gustavo Yankelevich. Rossella Della Giovampaola: “El verdadero lujo está en los afectos”

Dueña de una elegancia etérea, Rossella Della Giovampaola despliega amabilidad y sencillez, con un suave acento italiano tras el que se esconde una personalidad firme. Divismo cero para una profesional de la elegancia, amante de la haute couture y coleccionadora serial de vestuarios de alta gama. En su primera vida, en la Toscana, Rossella estudió teatro con Vittorio Gassman y dejó en stand by un doctorado en Idiomas y Literaturas Extranjeras. “Soy de un perfil hiperbajo”, asegura.

Emigró a la Argentina por trabajo, y se arraigó por amor. Fue pareja del banquero y empresario Jorge Garfunkel [padre de su hija María Toscana, fallecido en 1998] y, desde hace más de dos décadas, mantiene una relación con el zar del espectáculo argentino, Gustavo Yankelevich. Hoy se define también como una “nómade” que hace escalas en Buenos Aires, Punta del Este, Miami, Nueva York, Londres y París. “Hay que intentar vivir la vida bellamente y con alegría porque, frente a la muerte, las cosas materiales no son nada. El verdadero lujo está en los afectos”, plantea.

–Hace 23 años estabas viuda, con una hija chiquita y a punto de regresar a Italia, y te presentaron a Gustavo Yankelevich.

–Todo el mundo tenía un candidato para presentarme y para mí era un bodrio. No tenía idea de quién era Gustavo porque no prendía la tele, y si lo hacía, solo miraba dibujitos. Ni una foto vi. Cuando mi hermana, que lo conocía, se enteró de que no tenía novia, armó una cena con él y Gino Renni, un amigo de los dos, con el claro propósito del enganche. Gustavo ya sabía todo de mi vida y obra, y creo que por eso estaba tan histérico. Lo primero que me dijo fue: “Soy corto, bastante tímido y hasta antipático”. Pero esa noche, no paró de hablar ni de reírse. Pensé: “Qué esfuerzo. Debe ser piola e inteligente”.

–¿Cómo siguió esa historia?

–A la semana me invitó a cenar, y me dijo: “Vamos a ir a un restaurante en Martínez, medio aislado, así nadie nos molesta”. Y yo pensé: “Dale, ¿tan importante sos?”. La verdad es que no conocía mucho al personaje que estaba del otro lado de la mesa ni de su repercusión en la Argentina. Nos sentamos al fondo, cerca de un ventanal. Estábamos comiendo, de repente levanté la mirada y había dos fotógrafos en la ventana. Gustavo se puso blanco. Fue una salida medio shockeante, pero me hizo gracia porque él pensó que había hecho todo perfecto. Al día siguiente me volvió a llamar y seguimos saliendo. Me estaba yendo a Italia, él me acompañó al aeropuerto y me dijo que si hubiera tenido el pasaporte se subía al avión conmigo. A la semana, viajó a verme. ¡Sacó toda la artillería! Era imposible no derretirse.

–¿Siempre es así?

–En el trabajo es más cerrado. Cuando era director de Telefe estuvo con figuras internacionales y nunca se sacó una foto con nadie. Ni siquiera con Catherine Deneuve, a la que idolatraba. Me atrae de él que es muy reservado, muy ubicado, un ser cristalino y derecho. Gustavo no solo es talentoso sino que es respetado y escuchado. No hay quien lo conozca y no lo quiera. Y a solas, es muy tierno. Un dulce que me sigue mirando como la primera vez. Puede ser algo colgado o workaholic, pero sé que en él me puedo apoyar incondicionalmente.

–Sos un ícono de la moda y tenés un guardarropas increíble, ¿alguna vez pensaste en hacer algo con todo eso?

–Como soy algo acumuladora, ya tengo una colección de prendas y de piezas únicas de Óscar de la Renta, Galliano, Valentino y Saint Laurent que se aprietan en el perchero. Son creaciones que aportan algo que va más allá del simple vestido, son una forma de arte y creo que se debe compartir. Me gustaría poder mostrarlas, que otros disfruten de cosas que son únicas y que trasmiten todo el trabajo que tienen detrás de su confección, el momento histórico en que se crearon.

–A simple vista tus brillos y el estilo descontracturado de Gustavo no pegan. ¿Cómo es esa dupla tan diferente?

–Él se viste solo, pero es más tímido y menos fashionista. El pantalón es siempre jean. El atrevimiento de Gustavo en la moda es el sweater de cashmere sobre los hombros. Los colecciona y lo único que me pide, es que le elija el que se va a poner. Siempre me dice que todo me queda espectacular, pero le gusta que no sea tan arreglado, que sea más relajado. Está complicado ahí.

–María Toscana está casada con el financista británico Xander Alari-Williams, tal vez en algún momento puedas convertirte en abuela. ¿Te hace ruido esa palabra?

–Para nada, ¡me parece maravilloso! Es que no lo pienso como abuela sino como el hijo de mi hija, la prolongación de lo que más amo en el mundo, y que seguramente amaré de la misma manera.

–¿Cómo te llevás con el paso de los años?

–Muy bien. Mi madre tenía un raye muy importante con el tema. De hecho, recién supe su edad a mis 15. No festejábamos su cumpleaños para no descubrirla. Yo prefiero matarme tres horas haciendo gimnasia que vivir en un quirófano. Me parece ridículo tratar de convertirte en la hermana de tu hija. Me da más miedo la enfermedad que la vejez.

–¿Por eso, pasada la pandemia, seguís usando barbijo y evitando los lugares cerrados y con mucha gente?

–Me pone ansiosa el tema del deterioro físico, ¡soy hipocondríaca! La enfermedad de Jorge [Garfunkel], que fueron dos años en los que estuve al pie del cañón, llevándolo a la quimio, los rayos, ver el sufrimiento, y cómo la enfermedad se adueñó de él, me toca fibras muy profundas. Así que hago todo lo posible para cuidarme: ejercicio, dormir y comer bien, manejar el estrés, meditar, y también la prevención, que es hacerme estudios constantemente. Después estamos en las manos de Dios. Hay gente que se cuida y se enferma, y otra como mi papá, que fumó un atado de cigarrillos todos los días de su vida y vivió sano hasta los 90.

–Ustedes van a cumplir 23 años de pareja sin casamiento, ¿cómo se sobrevive?

–Vivimos en casas separadas, pero nos vamos de vacaciones juntos. Se necesita mucha paciencia y comprensión de ambos lados. Respetar los espacios propios de cada uno. Como mi hija y mi hermana viven afuera, viajo mucho, y Gustavo jamás me cuestiona. Así como yo jamás le cuestioné si en vez de ir a cenar afuera tiene una reunión de trabajo.

–¿Cómo funcionó la familia ensamblada?

–Perfecto, fue un trabajo de todos.

–Debe haber sido fuerte para Gustavo entrar a María Toscana a la iglesia cuando se casó…

–Muy fuerte. Tosky quería que para el casamiento hablaran un amigo, su tío Andrés, el hermano de Jorge, y yo. Y entonces, medio incómodo, Andrés le dijo: “También Gustavo podría decir algo”. Y ella le contestó: “Gustavo me va a llevar hasta el altar”. Gustavo quería llorar. Estaba muy nervioso. María Toscana perdió un papá y Gustavo perdió a Romina, su hija. Los ausentes no se reemplazaron, pero ellos se encontraron y se eligieron el uno al otro en ese momento tan importante.

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