La propuesta de Marcelo Bielsa y la garra charrúa se unieron para que Uruguay le gane a Brasil después de 22 años

Apenas si se le aflojó la tensión en el rostro, no alcanzó a esbozar una sonrisa. Marcelo Bielsa pegó la vuelta del área técnica y se metió en el vestuario, mientras detrás de él sus jugadores no paraban de abrazarse en un Centenario que en las tribunas hacía rato que no vivía una alegría de este tipo. Hacía más de 22 años que Uruguay no le ganaba de local a Brasil. La racha negativa se cortó anoche con un 2-0, por la cuarta fecha de unas eliminatorias que muestran bien ubicada a la Celeste.

Bielsa también clausuró una serie personal adversa contra Brasil. Había caído en las cinco ocasiones anteriores, tres con Chile y dos con la Argentina. Mientras en Uruguay se debate si el estilo futbolístico del Loco es lo más adecuado para la idiosincrasia charrúa, la victoria sobre Brasil respondió al ADN histórico de Uruguay: lucha, pierna firme, pleno aprovechamiento de las oportunidades -Darwin Núñez, con un gol y una asistencia fue un émulo de Luis Suárez o Cavani- y un solvente repliegue para defender la ventaja. El cruce de caminos entre lo que trae Uruguay desde la noche de los tiempos y la impronta del Loco desembocó en una victoria largamente esperada.

Bielsa reconoció el esfuerzo y el compromiso de su equipo: “Estoy con un sentimiento de agradecimiento muy grande hacia los jugadores. Nos dieron una gran alegría, por la entrega, valentía y desempeño. Nos costó presionar en el primer tiempo, defendimos muy bien, pero hay que corregir cuando el rival tiene la pelota más que nosotros. Jugar ante Brasil siempre presupone una dificultad añadida. Esta victoria es el punto más alto en este arranque de Uruguay”.

Un primer tiempo cerrado a cal y canto, con dos equipos que se neutralizaban antes de que pudieran darle un mínimo sentido ofensivo a sus movimientos ofensivos, se abrió por una hendija que figura en el decálogo de Bielsa: desborde con centro atrás para la definición. El Centenario estaba tan tenso como el juego, aprisionado en un bosque de piernas que no conseguían poner orden ni criterio.

Por eso el gol pareció un espejismo. Hasta ese momento, 42 minutos del primer tiempo, no se habían contabilizado remates al arco. Ni uno. Era todo muy forzado e impreciso. A Uruguay, el compromiso parecía pesarle, una responsabilidad que le restaba soltura y fluidez. Brasil tampoco lograba desenredarlo, si bien por movilidad e intercambio de posiciones imponía cierta superioridad en el medio campo.

Lo más destacado de Uruguay 2 – Brasil 0

Pero llegó el lateral por la izquierda, Darwin Núñez bajó para recibir la descarga y metió la diagonal al corazón del área para ir a buscar de cabeza el centro de Maxi Araújo, que se había llevado a la rastra a Marquinhos. El 1-0 fue una explosión, el delantero de Liverpool, que marcó el quinto gol en 19 cotejos con la Celeste, lo fue a festejar de cara a los hinchas.

La mala noticia para Brasil no vino sola. Segundos más tarde, Neymar volvió a ser víctima de la fragilidad de sus rodillas y tobillos. Un mal movimiento en un forcejeo con De la Cruz lo hizo caer, retorcido de dolor en la rodilla izquierda. Su llanto, tendido en el piso, no hizo más que agravar la imagen, mientras era llevado al vestuario sin poder pisar.

Minutos más tarde, el departamento de comunicación de Brasil informó de una “torcedura grave en la rodilla”. A la espera de los estudios que este miércoles le harán en San Pablo, se especula con la rotura del ligamento cruzado, lesión que demandaría un semestre de recuperación. Desde 2020, la seguidilla de lesiones marginó a Neymar durante 412 días. Le espera otro largo paréntesis. Lo reemplazó Richarlison, que había dejado la titularidad para que Gabriel Jesús fuera el centro-delantero.

Tosca y gris fue la primera etapa. Jugada con un nerviosismo más propio de dos equipos que parecían jugarse ahora mismo la clasificación al Mundial. La fricción tenía todo. Los jugadores más técnicos no encontraban espacios, los extremos quedaban encajonados… Ante el mínimo riesgo, Uruguay cortaba con foul. De esa manera, Ronald Araújo y Núñez se llevaron la tarjeta amarilla cuando no habían pasado los 20 minutos.

El mayor control de la pelota de Brasil era inocuo. Vinicius batallaba con el duro Nández y Rodrygo retrocedía para crear superioridad numérica en el medio, donde Ugarte tenía mucho trabajo, y Valverde y De la Cruz no conseguían agarrar los hilos del juego. Brasil, históricamente potente en sus laterales, se presentaba con dos novatos: Yan Couto, en su segundo partido en el seleccionado, y el debutante Carlos Augusto. Ambos fueron reemplazados a 20 minutos del final. Por Couto ingresó un delantero (David Neres) y Carlos Augusto le dejó su lugar al lateral Arana.

Brasil empujó a un Uruguay que se replegó. Lo hizo sin claridad, con pocas ideas e ingenio. No pudo entrarle a la defensa charrúa, salvo con un tiro libre de 25 metros de Rodrygo que dio en el travesaño. Fue el único momento de sufrimiento de Uruguay.

El descalabro de Brasil se completó a partir de otro lateral. La pelota la recibió Núñez, pegado a la línea de fondo, donde giró entre dos rivales, quienes ni zamarreándolo pudieron evitar que desde el piso sacara el centro que conectó De la Cruz en la boca del arco. El media-punta de River prolonga su gran momento, un jugador determinante en la gestación y la resolución de las jugadas, y con capacidad de sacrificio a la hora de la recuperación.

Aguantó Uruguay hasta el final con la seguridad que había mostrado. La garra charrúa se mixturó con la ambición de Bielsa. La fórmula le dio frutos contra Brasil y el 16 de noviembre tendrá que cruzar el Río de la Plata para ponerla a prueba contra la Argentina.

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