Son las mismas bestias

No hay muchas maneras de decir lo que quiero decir: son las mismas bestias asesinas y salvajes. Los que volaron la embajada de Israel en Buenos Aires en 1992, los que volaron la AMIA en Buenos Aires en 1994, los que cometieron la masacre en el sur de Israel el sábado 7 de octubre por la mañana: son las mismas bestias asesinas y salvajes.

Para la Justicia de nuestro país, los atentados de 1992 y 1994 fueron planeados, financiados y ejecutados por funcionarios del gobierno de Irán y miembros de la agrupación terrorista Hezbollah. Al día de hoy tienen vigencia varios pedidos de captura internacional, con nombre y apellido, contra los señalados como responsables directos de ambos ataques.

Los que cometieron las atrocidades inenarrables del 7 de octubre también son personas de carne y hueso. Con nombres y apellidos, aunque nunca los sabremos. Hijos de alguien, hermanos, amigos, quizá padres también. No son extraterrestres, son humanos, como usted y como yo. Sin embargo, hay algo distinto en ellos, algo que les permite hacer lo que hicieron; una matriz de odio y aborrecimiento por la vida de los judíos que los vuelve orgullosos por haber masacrado familias enteras, niños y ancianos indefensos; que los hace anhelar poder volver a hacerlo, hasta dar su propia vida y la de sus seres queridos si se les presenta la oportunidad. Ante el horror (la palabra ya queda muy corta), la mayoría de las naciones se solidarizaron con Israel; otras, en una concepción errada de la situación, con la causa palestina (Hamas no es la causa palestina). Una sola literalmente celebró lo ocurrido y felicitó a los autores de la masacre: Irán.

Hace décadas que Irán viene declarando que quiere borrar a Israel del mapa. El expresidente Ahmadinejad, en consonancia con el líder supremo Khamenei, lo llamó “tumor canceroso del cual hay que extirpar hasta la última célula”. Ya no pueden quedar dudas, a partir de la masacre del sábado 7, sobre cuál es el fin que persigue Irán en su afán por tener su propio armamento nuclear: borrar a Israel del mapa.

Uno de los principales sospechosos por el ataque a la AMIA, Mohsen Rezai –excomandante de la Guardia Revolucionaria iraní–, declaró públicamente, hace muchos años, hablando de los EE.UU. e Israel (que en la visión iraní-musulmán-fundamentalista son la misma cosa): “La furia y el odio de los musulmanes quemarán el corazón de Washington algún día y los EE.UU. serán responsables de sus repercusiones… Vendrá el día en el que, como Salman Rushdie, los judíos no encontrarán un lugar para vivir en ninguna parte del mundo…”.

Hay que entender que no se trata de retórica discursiva, de amenazas que solo buscan intimidar: son declaraciones totalmente reales y verdaderos llamados a la acción. El caso Rushdie, que más de 30 años después de haber sido condenado a muerte por blasfemia en Irán casi fue asesinado el año pasado a cuchillazos, ataque en el que perdió un ojo y la movilidad de una mano, es la muestra más clara. Como también el ataque del 7 de octubre: Hamas tiene en su carta fundacional la expresa misión de eliminar no solo al Estado de Israel, sino también a los judíos: “Israel existirá y seguirá existiendo hasta que el islam lo aniquile, como antes aniquiló a otros. El Profeta, que Alá le bendiga y le dé la salvación, ha dicho: ‘El Día del Juicio no llegará hasta que los musulmanes combatan contra los judíos (matando a los judíos), cuando el judío se esconderá detrás de piedras y árboles’”. Lo que el mundo entero vio el sábado 7 y en los días siguientes es una muestra de qué es lo que pasaría si Israel perdiera alguna vez una guerra. Por eso hay que apoyarlo, porque Israel está otra vez en guerra, arrastrado por Hamas, luchando literalmente por su existencia misma.

Todos los expertos coinciden en señalar que Hamas no podría haber realizado una acción tan sofisticada y exitosa sin ayuda iraní. A diferencia de Hezbollah, criatura concebida por Irán en el Líbano en 1982, Hamas nació independiente, pero fue poco a poco cayendo también bajo el ala de los ayatollahs, que hoy lo financian, entrenan y ayudan. Los une el mismo odio. Algo más de la carta fundacional: “No hay solución para la cuestión palestina si no es a través de la jihad. Las iniciativas, las propuestas y las conferencias internacionales son todas una pérdida de tiempo y empresas vanas”. Idéntica concepción en palabras del líder del Hezbollah, al reivindicar la autoría de un atentado terrorista: “Somos los soldados de Dios y anhelamos la muerte. La violencia será nuestro único sendero si ellos (las fuerzas extranjeras) no se van”.

La monstruosidad, la barbarie transmitida casi en tiempo real, las imágenes y testimonios que siguen llegando nos horrorizan y conmueven como nunca antes por su magnitud, por su crueldad ilimitada, por la deshumanización, de la víctima y, qué duda cabe, del victimario también. Como sostuvo hace tiempo ya Bernard Lewis en La crisis del Islam. Guerra Santa y terrorismo: “Si los fundamentalistas aciertan en sus cálculos y tienen éxito en su guerra, entonces un negro futuro aguarda al mundo, sobre todo a la parte del mismo que abraza el islam”.

Confiemos en que esta vez, a diferencia de lo ocurrido en Europa hace ochenta años, el mundo entero no mire para otro lado.ß

Abogado de la AMIA

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