Guerra en Medio Oriente: el problema de decir “Palestina”

Uno tras otro, los ataques contra Karim Benzema se hicieron imparables desde que el jueves pasado el ministro de Interior de Francia, Gerard Darmanin, acusó al excrack de Real Madrid de tener “vínculos notorios” con el movimiento integrista Hermanos Musulmanes. “Elemento de propaganda de Hamas”, lo describió una diputada. “Cómplice del terrorismo”, lo señaló un conocido publicista. Un político ultraderechista lo vinculó directamente con el asesinato yijadista de un docente. Otros recordaron que Benzema, con 97 partidos en la selección de Francia, jamás canta La Marsellesa. Una senadora pidió que fuera despojado del Balón de Oro y su ciudadanía francesa. ¿Cuál fue el “pecado” de Benzema? Rezar por “los habitantes de Gaza, víctimas de injustos bombardeos que no perdonan a mujeres ni niños”.

Una semana atrás, nuestra TV deportiva iniciaba sus trasmisiones de partidos clasificatorios en Sudamérica y Europa condenando “al grupo terrorista Hamas”, autor del ataque salvaje que acababa de matar a unos 1400 israelíes y secuestrado a otros doscientos. “Niños decapitados, familias quemadas vivas dentro de sus casas”, me dice por radio el exjugador argentino Darío Fernández, que sufrió la muerte de un colega y amigo (el ex jugador israelí Lior Asulim) en el ataque de Hamas. Padre de tres hijos, Darío enseña fútbol en academias de Estados Unidos. Su esposa, judía, quiere volver a Israel y alistarse en el Ejército.

También la UEFA ordenó minuto de silencio la semana pasada por los asesinatos “en Europa e Israel”. En Estados Unidos, las poderosas Ligas de béisbol y fútbol americano rezaron por los muertos en Israel y “civiles inocentes en todo Medio Oriente”. La revancha de Israel sobre Gaza ya avisaba catástrofe humanitaria. Pero nadie decía “Palestina”. La Federación Inglesa sí incluyó a Palestina en su minuto de silencio. También pidieron por Palestina Roberto De Zerbi, DT italiano del Brighton, y, en Escocia, los hinchas del Celtic. Y María Guardiola, hija del DT de Manchester City, que se preguntó si aguardaremos sentados el “genocidio televisado”. “¿Cuántos palestinos deben morir? ¿10.000? ¿100.000? ¿Un millón? ¿Más? ¿Qué cifra sería ‘suficiente’?”, escribió la hija de Pep.

Hasta el martes, las muertes palestinas sumaban casi 5.800. Cerca de 2500 son niños, muchos todavía bajo los escombros. Millón y medio de desplazados. Miles de presos. Puestos sanitarios, escuelas, mezquitas, viviendas. Barrios enteros destrozados en Gaza, “la mayor cárcel a cielo abierto” reducida a “una tienda de campaña”, sin electricidad ni agua, encerrada entre muros y alambres de púas. “Ya no es genocidio ni limpieza étnica. Es borrado total”, dice Omar Suleiman, erudito musulmán estadounidense. Familias que, advirtió el ejército israelí, deben abandonar sus casas porque sino serán “cómplices”, aunque se trate de niños huérfanos, heridos o perdidos. “Dicen que el dolor es real solo cuando consigues que otro crea en él. Si no lo logras, tu dolor es locura”, escribió en 2006 Soledad Gallego Díaz en el diario El País, de Madrid. El texto instaba ya entonces a Israel a respetar las leyes internacionales. “Apartheid”, denunció la ONU en 2022 (https://www.ungeneva.org/en/news-media/meetingsummary/2022/03/conseil-des-droits-de-lhomme-m-michaellynk-qualifie-dapartheid). “Crímenes contra la humanidad”, alerta ahora.

Cerca de veinte periodistas murieron mientras denunciaban el horror en Gaza. Grandes capitales europeas prohibieron marchas y banderas o carteles que simplemente digan “Palestina”. Cientos de arrestos en Estados Unidos, donde un islamófobo asesinó de veintiséis puñaladas a un niño palestino de seis años. Artistas cancelados por hablar de Palestina. Bloqueos en las redes. Libros y películas. Docentes y estudiantes. Un guionista en un foro en The New York Times dice que, en su ámbito, todos saben que, denunciar la tragedia en Palestina, implica ser incluido en una “lista negra”. Árabes arrestados en Israel por pedir “Stop War”. Echados de sus trabajos. Hay que leer todo. “No utilicen nuestra muerte y nuestro dolor para provocar la muerte y el dolor de otros”, incomodó Noy Katsman en el entierro de su hermano, asesinado en el ataque de Hamas. Nadie osó acusarla de “cómplice del terrorismo”.

“Salen buenos futbolistas de Gaza, algo así como Fuerte Apache. La vida es peligrosa y hace que los pibes tengan más picardía y hambre”, me cuenta también Roberto Kettlun en Radio de la Ciudad, en el programa “Era por abajo”. Es chileno y jugó en la selección y la liga de Palestina. Dice que la masacre hoy está en primera plana, pero sucede desde hace décadas. Y que, aun así, Gaza tiene canchas, potreros y playa para esos pibes, que crecen con una “resiliencia enorme”, pero también con una “desesperanza aprendida”. Más de la mitad de esos niños, dice un informe de 2022, ha pensado en suicidarse. Leo a Fadi Abu Shammala, de la web Just Vision. Su huída con esposa y tres hijos, frustrada porque Israel bombardeó también el cruce con Egipto. Llanto y dolor crónico, igual que otros miles que solo crecieron bajo ocupación, asedio, bombas, sin trabajo ni futuro. Piensa especialmente en Ali, su hijo mayor. No futbolista, pero sí músico talentoso de 13 años. Fadi, activista pacífico, se pregunta si acaso Ali perderá algún día su amor por el arte. Si no querrá cambiar la guitarra por un arma. Si el futuro será siempre así.

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