Robin Green, la periodista de ‘Rolling Stone’ que abrió el camino a las mujeres

Cuando a finales de la década de 1960 Jann Wenner creó ‘Rolling Stone’ no había nada parecido en Estados Unidos. Por supuesto que existían revistas dedicadas a la música o cabeceras como ‘Esquire’, que estaba dando cabida a los temas y autores que conformarían el Nuevo Periodismo. Sin embargo, la propuesta de ‘Rolling Stone’ resultaba innovadora por su acierto en incluir temas musicales, políticos y una inmediatez de la que carecían sus competidoras porque, al ser quincenal, permitía acercarse a la actualidad más fácilmente que con las revistas mensuales.

“Además, en los otros medios había que tener mucho cuidado con lo que se decía, mantener la objetividad. En ‘Rolling Stone’, los escritores podían decir lo que quisieran o lo que Jann les permitiera. Que, una vez que entrabas a formar parte de la revista, podía ser cualquier cosa. En ese sentido, ‘Rolling Stone’ dio voz a una cultura juvenil ‘baby boomer’ que incluía derechos civiles, protestas en Vietnam, desobediencia civil, artículos sobre bandas de rock ¡y la música de entonces! ¡Qué gran momento fue para la música! Había un espíritu revolucionario y ‘Rolling Stone’ lo capturó”, recuerda Robin Green, periodista que, un buen día de 1971, se presentó en la redacción para buscar trabajo. Cuando quiso darse cuenta, se había convertido en la primera mujer redactora de ‘Rolling Stone’.

“Ha sido en retrospectiva cuando me he dado cuenta de que era la única chica. A mediados de los años 70, las mujeres ya no eran meras oficinistas y dirigían en gran parte el departamento editorial. En ese sentido no noté nada sexista en la actitud de Jann Wenner hacia mí. De hecho, sentí que estaba contento de haberme dejado escribir para ellos e incluso me invitó a asistir a reuniones editoriales con los hombres. Fue a mí a la que no le gustó esa competición permanente por la atención y el poder“, comenta Green, que niega así las acusaciones de racista y machista que recibió Wenner hace unos meses por dar cabida en las páginas de ‘Rolling Stone’ únicamente a hombres blancos.

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Robin Green.
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“Nunca consideré que Jann Wenner fuera racista o sexista. Cuando saltó por los aires toda esa mierda sobre él, le envié un correo electrónico para decirle que, si le servía de algo, estaba en contra de toda esta mierda de la cultura de la cancelación. Me respondió diciendo que a él tampoco le gustaba y calificó a la gente que le acusaba de turba, insensible e indiferente amiga de los linchamientos. Creo que vivimos en una época en la que la gente se sube al carro sin pensarlo bien, sin siquiera mirar detrás de los titulares jugosos. Si te fijas, en la ‘Rolling Stone’ de los 60 fueron portada Janis Joplin y Tina Turner. También es verdad que a finales de los 60 y principios de los 70, solo el diez por ciento de los lectores eran mujeres, un dato objetivo que probablemente también se reflejase en el contenido. Cuando las mujeres se hicieron más numerosas en la redacción hacia 1975 o 1976, las cosas cambiaron completamente, pero, hasta donde yo sé, nunca hubo una restricción en lo que se refiere a contratar escritoras.

Estrellas del periodismo

Ser redactor de ‘Rolling Stone’ a principios de los 70 era poder vivir el sueño de cualquier joven de la época. El trabajo conllevaba obligaciones como conocer a las estrellas de la música, viajar con ellos, disfrutar del sexo y las drogas para reflejarlo en los textos y encarnar el estilo de vida de la revista, hasta el punto de que, en ocasiones, la persona y el personaje se llegaban a desdibujar.

Había una cierta sensación de que éramos los mejores. No sé si los lectores querían vivir la vida que vivimos nosotros, pero estoy convencida de que otros periodistas ciertamente envidiaban nuestra libertad y posibilidades de diversión. Eso en ocasiones trajo algunos problemas, como en el caso de Hunter S. Thompson. Él había creado una personalidad en sus escritos y los lectores esperaban que estuviera a la altura de la misma. Tanto es así, que una vez afirmó en una entrevista que no sabía lo que su público esperaba de él: si a él mismo, una persona bastante amable e incluso modesta, o esa voz salvaje, brillante y drogada de sus escritos. En mi caso no sé si la gente esperaba de mí algún comportamiento especial, más allá de ser inteligente y genial, pero podría ser”.

Ajena a las estrategias de poder de la redacción y a esa pugna por conseguir los temas más suculentos, Robin Green decidió sacar partido a esa inteligencia y genialidad para desarrollar su propio estilo como redactora. “No escribí grandes historias sobre música, aunque supongo que podría haberlo hecho si me las hubieran encargado. Tampoco escribí sobre política porque no era de mi interés. Mi escritura tendía a la ironía y se prestaba más a desmitificar que a la adoración. Por eso escribí sobre la grandilocuencia de Black Sabbath, sobre la sensiblería de los Bee Gees y sobre la estupidez de David Cassidy que, sin perder ese toque divertido, también fue un reportaje sobre el negocio de los ídolos adolescentes”.

Necesitada del apoyo de la prensa especializada, la todavía incipiente industria musical de los años 60 y 70 era mucho menos prudente a la hora de exponer a sus artistas en los medios de comunicación. En el caso de David Cassidy, su equipo de relaciones públicas pensó que un reportaje en ‘Rolling Stone’ reactivaría su carrera, sin imaginar que, en manos de Robin Green, el ídolo adolescente aparecería retratado con todas sus miserias.

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‘La única chica’, de Robin Green.
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“Aunque tuve algunos remordimientos de conciencia, en realidad no me avergüenzo de lo que sucedió con el artículo de David Cassidy, porque hubo muchos responsables de ello. Cassidy quería desembarazare de su imagen como artista de pop adolescente para ser considerado un rockero de verdad. Para ello, pensaron que la mejor manera de hacerlo era teniendo una portada en Rolling Stone. Sin embargo, ¿qué otra cosa podría haber dicho la revista sobre él que lo que dije yo? Después de eso, su relaciones públicas fue despedido y David se retiró del mundo del espectáculo por un tiempo. Cuando regresó ya como adulto, tuve contacto con él y con su entorno y no me guardaba rencor. Me di cuenta de que tenía demonios mucho peores con los que lidiar como, por ejemplo, el alcohol”.

A pesar de ser una de las colaboradoras más importantes de ‘Rolling Stone’ con varios artículos de portada en su haber, Robin Green fue súbitamente despedida por Jann Wenner por no entregar a tiempo un reportaje sobre los hijos de la familia Kennedy.

En esa época ya estaba cansada de ser una especie de asesina a sueldo de la prensa. ¿Es que no tenían estos chicos y sus familias suficiente dolor como para que yo les añadiera el de contar aquello que había averiguado sobre ellos?”

“Jann nunca supo el motivo por el que no entregué el artículo sobre los Kennedy. Lo que sucedió en realidad fue que me acosté con uno de ellos, que era estudiante de primer año de la universidad. En todo caso, esa fue solo una parte de por qué no escribí el artículo. En esa época ya estaba cansada de ser una especie de asesina a sueldo de la prensa. ¿Es que no tenían estos chicos y sus familias suficiente dolor como para que yo les añadiera el de contar aquello que había averiguado sobre ellos? ¿Qué habían hecho realmente para merecer atención, aparte de nacer en esa trágica familia? Por supuesto, también estaba el asunto de haberme acostado con uno de ellos. Como me enorgullecía de informar verazmente de los hechos, no me habría sentido bien escribiendo una pieza que no mencionase lo sucedido y, como consideraba que no era un asunto que le importase a nadie, ni a los lectores ni a su familia, no escribí el reportaje”, revela Green, que no se arrepiente de su decisión ni de que, con ella, se acabase su relación laboral con Rolling Stone.

“Después de eso volví a escribir para periódicos, revistas y, durante un tiempo, fui responsable de una publicación mensual antes de empezar a trabajar en televisión que, a diferencia del periodismo que es más intelectual, tiene una faceta emocional y dramática. A pesar de todo, en absoluto resultó más fácil: en lo que se refiere al sexismo, había jefes gilipollas pero ninguno como para formar parte del MeToo; desde el punto de vista laboral, había plazos, presión y, cuando me convertí en productora ejecutiva de programas y me necesitaban en el set, tenía que dedicarle muchas, muchas horas. Ahora que lo pienso, la televisión tiene bastantes similitudes con Rolling Stone. Son trabajos que se acaban convirtiendo en tu vida porque, como solía decir Kesey cuando iba en el autobús con los Merry Pranksters, forman parte de un gigante cultural que avanza a toda velocidad”.

Patricia Godes, la única chica del periodismo musical español

Tradicionalmente, las encargadas de escribir las notas de sociedad de los periódicos, las crónicas de las fiestas y de los conciertos, eran las mujeres que, por lo que se ve, no podían escribir sobre política internacional o sucesos. A pesar de ese antecedente, la presencia de mujeres en las redacciones españolas vinculadas a la música no ha sido demasiado habitual hasta fechas recientes. Esto convierte a Patricia Godes en, si no “la única chica”, sí en una de las pioneras en las secciones de música de los periódicos y de las revistas especializadas de los 80.

“El machismo está en la sociedad y por supuesto que lo he sufrido en mi trabajo. No ganaba menos sueldo que mis compañeros, porque cobrábamos todos una porquería, pero sí que recibía más críticas que mis colegas hombres. Además, mientras que no han querido matar nunca a ninguno de mis compañeros, yo he recibido tanto propuestas sexuales como amenazas de muerte“, recuerda Godes, que considera que ese machismo no solo está en los comportamientos de compañeros y lectores sino en la forma misma de escribir sobre música.

“La escala de valores de la crítica musical es muy masculina, en el mal sentido. Es como un partido de fútbol: los míos contra los demás; mi tribu contra la otra. En mi caso, como sé un poco más de música, de cómo se graba y de cómo se tocan casi todos los instrumentos menos los de percusión, las entrevistas con los músicos siempre han estado bien. Otros compañeros, sin embargo, como no saben de música y tampoco acostumbran a leer las revistas profesionales, hacen una crítica que no es más que una excusa literaria para encontrar un lenguaje que defina esos valores que quieren defender y que son muy masculinos. Por ejemplo, que todo sea más caro, más rápido, más exclusivo, más ruidoso… Una actitud que ha hecho, por ejemplo, que la música bonita, dulce, más ligera y más melódica haya sido despreciada por babosa”.

Aunque en la actualidad el número de mujeres en las redacciones ha aumentado, en opinión de Godes, ese sesgo masculino sigue estando en los escritos de crítica musical. “Estoy encantada de que estén todas estas chavalas, que ya no son tan chavalas porque llevan ya veinte años escribiendo. Todas me caen muy bien, son estupendas, saben muchísimo de música, son muy divertidas, pero es gente que, me atrevería a decir, aunque no lo puedo asegurar, vienen de la facultad de periodismo. Si no vienen de ahí, han leído mucha prensa musical, que sigue siendo un entorno muy masculino. De hecho, al principio yo también imitaba esa erudición falsa, pero luego encontré mi propio lenguaje y eso a la gente le sentó muy mal”, explica Godes, que considera que esa hegemonía masculina ha aumentado respecto a la época en la que ella comenzó a trabajar.

Ese canon pesa más que cuando yo empecé y el machismo ha crecido en progresión geométrica. A tres compañeros míos les he comentado ideas y los tres han hecho libros con ellas sin preguntarme si los quería hacer yo, sin decirme que los iban a hacer y sin acordarse de que eran ideas mías. También tuve que quitar de la web los programas de música que hacía en una radio, después de que cuatro o cinco señoros sacaran libros con el mismo nombre, entrevistaran a los mismos personajes, hicieran la misma fórmula o repitieran las mismas entrevistas… ¡utilizando mis guiones! Esto, lo siento mucho, no pasaba en los 80. Ni siquiera en los 70″.

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