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El hombre que apoyó un golpe de Estado… contra sí mismo

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Ignacio Comonfort. Foto tomada del libro Juarez, su obra y su tiempo

Suele enseñarse en la escuela que el 5 de febrero de 1917 se promulgó la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, principal ley en nuestro país. Sin embargo, poco se dice que seis décadas atrás —el mismo día— vio la luz la Constitución de 1857, código que provocó el conflicto civil más sangriento que enfrentó México en el siglo XIX: la Guerra de Reforma.

Pese a que en sus primeros párrafos especificaba que fue decretada “en el nombre de Dios y con la autoridad de pueblo mexicano”, la Constitución de 1857 fue rechazada por la iglesia, parte importante del ejército y el partido conservador. La oposición no impidió que entrara en vigor el 16 de septiembre y que el 18 de noviembre se celebraran elecciones en las que Ignacio Comonfort fue electo presidente de la República y Benito Juárez presidente de la Suprema Corte de Justicia.

El nuevo presidente constitucional de México tomó posesión el 1º de diciembre de 1857 a las 3:00 de la tarde, aunque poco duró la calma en la nueva administración, ya que 16 días después el general Félix Zuloaga desconoció la Constitución mediante el Plan de Tacubaya. Dos días después, aunque parezca increíble, el presidente Ignacio Comonfort secundó el golpe contra la Carta Magna.

—Acabo en este momento de cambiar mis títulos legales de presidente por los de un miserable revolucionario —dijo Comonfort al secundar el plan—; en fin, ya está hecho y no tiene remedio.
¿Qué llevó a Ignacio Comonfort a dar ese paso? Si nos atenemos a lo que Manuel Payno escribió sobre la entrevista que el entonces presidente tuvo con Benito Juárez, fue su convencimiento de que: “la marcha del gobierno se hace cada vez más difícil, por no decir imposible; los hombres de algún valor se van alejando del Palacio, los recursos se agotan”, por lo que era imprescindible “cambiar de política” o, en otras palabras, deshacerse de la Constitución del 57 —cambio de rumbo en el que Juárez se negó a acompañarlo, por cierto—.

Sin embargo, hay quienes atribuyen el “cambio de política” de Ignacio Comonfort a la presión ejercida por su madre, doña Guadalupe de los Ríos, una mujer extremadamente católica a la que el padre Miranda —un personaje siniestro del que nos ocuparemos más adelante— habría convencido de que su hijo se estaba condenando a las llamas del infierno. A los chantajes de su madre se debió, aseguran, que don Ignacio atentara contra la Constitución que había jurado servir.

Abonan a esta versión los testimonios que sobre Comonfort dejaron algunos de sus contemporáneos. El periodista liberal Juan A. Mateos escribió que: “la anciana madre del general Comonfort era el ídolo primero de aquel hombre tan valiente en los combates y tan tímido en la política”. Por su parte, el cronista Guillermo Prieto dejó testimonio de que nuestro personaje: “parecía nacido para el cultivo de los inocentes goces domésticos. La pasión profunda y la veneración por la señora a quien llamaba madre, hacían que la acompañase frecuentemente, creando en él, el hábito de tratar con señoras ancianas, mimar y condescender con los niños y ser un tesoro para las intimidades de familia”; aunque también hace otro apunte muy interesante: “sus conceptos políticos son indefinidos y sus principios inestables”.

Aunque esta teoría es muy atractiva, en lo personal me inclino más a que la “inestabilidad” e “indefinición” que menciona Prieto y la “timidez” señalada por Mateos fueron los factores responsables de la decisión de Comonfort, quien poco después fue desconocido por los conservadores y partió al destierro. Volvió algunos años después, cuando los franceses invadieron nuestro país y México necesitaba ser defendido por sus hijos.

Respaldado por su amigo Benito Juárez —quien ocupó la presidencia de acuerdo a lo estipulado por la Constitución del 57—, Comonfort fue ministro de Guerra y general en Jefe del Ejército del Centro, puesto en el que se le encomendó ayudar a las fuerzas mexicanas sitiadas en Puebla; encargo que fue incapaz de cumplir, ya que los franceses destrozaron a su ejército en San Lorenzo.

Murió el 13 de noviembre de 1863, tras ser emboscado por fuerzas conservadoras que apoyaban la intervención francesa y sus restos descansan en el Panteón de San Fernando. Pese a ser un personaje sumamente interesante, y que durante algunos años tuvo una influencia decisiva en el devenir de México, “el camino de las transacciones” seguido por don Ignacio Comonfort lo condenó a un sitio secundario de nuestra historia.

@IvánLópezgallo

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