Los que hoy somos adultos mayores de 40 -en algunos casos también mayores de 30- crecimos en un entorno de crianza vertical, los grandes mandaban, los chicos obedecíamos, basado en la idea de que los mayores sabían, tenían una experiencia que les daba el derecho y el poder de tomar decisiones sobre nosotros. Las pautas venían de generaciones anteriores y no se cuestionaban. Los adultos no se preguntaban -o pocas veces lo hacían- si era bueno para nosotros, tampoco se inquietaban si sus decisiones nos enojaban, angustiaban, ofendían o frustraban; y nos hacían saber que nos convenía más aceptar y sonreír que expresar nuestro desacuerdo porque esto último podía llevarnos a mayores problemas, prohibiciones y penitencias.

De tanto encerrar nuestros pensamientos, deseos y emociones no aceptables para los adultos que nos rodeaban nuestra autoestima era baja, porque pese a que la mayoría de nosotros hacía las cosas como ellos nos pedían, sabíamos que había una parte nuestra, que no dejábamos asomar, con pocas ganas de compartir, o de poner la mesa, o de estudiar, o de respetar a sus mayores…

Cuando dejamos de creer que sabemos más y que podemos poner pautas de cuidado, dejamos a nuestros hijos “desbrujulados”, en manos de sus pares, tan perdidos como ellos, pero que creen saber lo que necesitan o les hace bien, o en manos de la sociedad actual que entra en nuestras casas por las pantallas sin filtro ni permiso.

En casi todas las familias había una “oveja negra” que se inmolaba en su afán de hacer entender a sus padres que las cosas no estaban bien así, y era castigado, rechazado, puesto como ejemplo de todo lo que estaba mal. Mirado desde hoy era el único que se animaba a expresar aquello que nosotros temíamos decir y pagaba un precio altísimo por hacerlo, lo que terminaba de convencer al resto de que no nos convenía defenderlo ni aliarnos a él.

Nuestros padres no lo hacían porque eran malos, arbitrarios, injustos o desconsiderados, ellos hacían lo mismo que habían hechos sus padres y abuelos. Las neurociencias y la psicología todavía no habían descubierto todo lo que hoy sabemos sobre crianza y vínculos seguros, no se hablaba de los derechos del niño quienes, unas generaciones atrás, antes de la era industrial, no jugaban ni se escolarizaban sino que desde muy chiquitos trabajaban a la par de sus padres en lo que hiciera falta a la familia.

De todos modos lo pasábamos muy bien y nos divertíamos, bastante más lejos de los adultos que los chicos de hoy, hacíamos macanas sin que nadie se enterara… y aprendíamos de nuestros errores. Y gracias a los límites firmísimos que nos imponían teníamos una fortaleza de recursos a toda prueba, y también un camino claro, quizás angosto, pero bien marcado: nuestros padres y otros adultos -que habitualmente compartían su visión- nos señalaban un mismo rumbo, haciéndonos de brújula, o de faro. Por momentos era frustrante o doloroso, o no nos sentíamos respetados, pero sabíamos lo que se esperaba de nosotros y lo hacíamos.

La cultura se transmitía verticalmente. Dice Joseph Campbell que por milenios “los jóvenes se educaban y los mayores se hacían sabios” a través del estudio, la experiencia, y la comprensión de las formas culturales tradicionales. Los adultos tenían (¡y siguen teniendo!) un rol crítico en la transmisión de cultura, tomando lo que recibían de sus propios padres y pasándolo a sus hijos.

La sociedad fue virando lentamente y, sin darnos cuenta, nos fuimos al extremo contrario, y hoy nos propone una educación horizontal, democrática, en la que escuchamos y estamos atentos a cumplir lo que desean y piden los chicos. A esto se suma la aceleración de los cambios socioculturales que, sin dar tiempo para que se instale una cultura, ya surgen nuevas formas y no hay una brújula estable ni clara.

Una de las muchas consecuencias del cambio de la transmisión vertical a la horizontal de la cultura es que crece la conducta antisocial, porque los portadores de cultura, los sabios, eran los mayores y las instituciones. Cuando dejamos de creer que sabemos más y que podemos poner pautas de cuidado, dejamos a nuestros hijos “desbrujulados”, en manos de sus pares, tan perdidos como ellos, pero que creen saber lo que necesitan o les hace bien, o en manos de la sociedad actual que entra en nuestras casas por las pantallas sin filtro ni permiso.

En la crianza horizontal, democrática, los padres escuchan a los hijos y los comprenden tanto que no pueden decirles que no, y esto, llevado a un extremo, tiene enormes consecuencias: los hijos se creen los únicos dueños de derechos y tiranizan a sus padres y tienen poca fortaleza interna y de recursos porque no conocen el “no” como respuesta. Los padres esperan un reconocimiento y un agradecimiento que no llega y terminan muchas veces enojados y agotados, porque habiendo sido tan respetuosos y considerados, no pueden creer que sus hijos no les retribuyan del mismo modo. Y probablemente los hijos no quieran crecer porque hacerlo significaría asumir responsabilidades, hacerse cargo, convertirse en adultos y no los entusiasma esa idea.

Existe una crianza vertical respetuosa, que tiene en cuenta que niños y adolescentes son personas de derecho, que puede comprender sus enojos y frustraciones, que no los humilla, ni se burla, ni los amenaza ni los hace sentir culpables y a la vez es clara en sus sí y sus no, son padres y madres que sin ofenderse toleran que sus hijos sí se enojen con ellos. Porque los quieren los cuidan y delimitan y les enseñan que tienen derechos y también obligaciones y responsabilidades que irán aumentando a medida que ellos crezcan, que el mundo no gira alrededor de sus derechos y deseos, que se puede sobrevivir a esperar, a que las cosas no sean siempre como les gustaría, a esforzarse, a no pasarla siempre bien.

Fue un enorme avance para la sociedad que niños y adolescentes empezaran a tener un largo período de preparación y aprendizaje para la vida adulta, esa “moratoria”, de la que habla Erik Erikson, período que aprovechan para crecer, divertirse, aprender, cuidados por adultos que, por su experiencia de vida, saben más y pueden hacerlo. Como les decía a mis hijos cuando eran chicos “somos más altos y vemos más lejos” y por eso tomamos decisiones y ponemos límites que a menudo no les gustan. De eso también se trata el ser padres y madres.

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