“Espero que consideren lo que preparé. Pero sean escépticos con ello”. Corría 1972, la televisión vivía momentos de gloria, y en el Reino Unido el canal de TV de la BBC aunaba popularidad y prestigio. Un buen día de ese año, cuando muchos británicos se acomodaban en sus sillones para ver de qué iba un nuevo programa dedicado a las artes visuales, se encontraron con un conductor más bien joven, más bien pelilargo, vestido de jean y camisa estampada, que hablaba con vehemencia, simulaba cortar una obra de Botticelli a poco de iniciada la transmisión y cerraba aquel primer encuentro con la frase que inaugura esta nota.

El programa se llamaba Modos de ver y fue una serie que, más allá de su brevedad –cuatro capítulos–, hizo historia. El singular conductor era el crítico, escritor y pintor John Berger (Londres, 1926-París, 2017).

Captura de Modos de ver con John Berger en BBC
Captura de Modos de ver con John Berger en BBC

Berger ya tenía un camino recorrido antes de esta incursión televisiva. Tras estudiar en la Chelsea School of Art, había combinado los lienzos y los pinceles con el ejercicio de la crítica en medios como Tribune (donde trabajaba el mismísimo George Orwell) y New Stateman. Pronto dejaría la pintura para dedicarse exclusivamente a la escritura; entre 1958 y 1972 publicó Un pintor de hoy, El pie de Clive, La libertad de Corker, G. Y entonces llegó la TV.

Concebido por Berger y el productor Mike Dibb, Modos de ver instaló en un medio masivo discusiones que rompían con la tradición de los programas culturales conocidos. Sus contenidos luego se adaptaron al formato libro, lo que les permitió circular en papel durante décadas. De hecho, este año, en conmemoración del 50 aniversario de aquella experiencia, la editorial Gustavo Gili publicó una reedición del libro que recupera el diseño original del británico Richard Hollis.

Libro Modos de ver de John Berger
Libro Modos de ver de John Berger

Ahora bien, ¿qué fue lo disruptivo de aquellas emisiones? ¿Y por qué han envejecido tan bien esos cuatro capítulos que hoy pueden verse en YouTube? Cierto que en 1972 las innovaciones del Free Cinema y la Nouvelle Vague ya habían ocurrido. Pero eso contaba para el cine. En el territorio televisivo no era tan habitual que un conductor interpelara a los televidentes y les pidiera “ser escépticos”. Sin retórica académica, Modos de ver se hacía cargo de unos cuantos legados de la crítica cultural y la teoría de medios: dejaba sentado que todo discurso es una construcción, que siempre se habla desde un determinado punto de vista, que toda imagen es pasible de ser manipulada.

Si la idea era contrastar con el canon que por entonces encarnaba la serie Civilisation, del historiador de arte Kenneth Clark (emitida en 1969, y que también derivó en un libro), el objetivo se había cumplido. Donde Clark privilegiaba la cronología y la tradición, Berger introdujo preguntas por el poder, se concentró en diseccionar los fenómenos más que en valorarlos y sumó un invitado poco frecuente a la mesa de los programas educativos: la cultura de masas y las tecnologías que la hicieron posible. Como el nombre de la serie lo indica, Berger no quería revisar las etapas de la historia del arte sino enseñar a ver. A ver una obra. Y a partir de allí desentrañar el mundo simbólico, material e histórico que contribuyó a forjarla. Todo esto bien podría decirse en presente; porque el núcleo activo de la serie, su potencia crítica, siguen vigentes.

¿Cómo mirar, entonces? “Solo si el arte es despojado del falso misterio y de la falsa religiosidad que lo rodea –explica el joven Berger–. Esta religiosidad, generalmente unida al valor económico, pero siempre invocada en nombre de la cultura y la civilización, es, de hecho, un sustituto de lo que las pinturas perdieron cuando la cámara las hizo reproducibles”. Si hay un sostén teórico en la serie, está en La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica, ensayo de Walter Benjamin que hoy por hoy es lectura obligada en cualquier carrera de Comunicación y que, como todos los textos del pensador alemán, sigue siendo una cantera inagotable.

De la mano de Benjamin, Berger aclara que su serie se referirá solo a una parte de la producción artística humana: el arte europeo. Y que se concentrará en un período acotado: de 1400 a 1900, momento en que florece la pintura al óleo. A partir de este recorte, la mirada del crítico se hunde en el pasado, traza conexiones con el presente (el de los años setenta), vuelve al pasado y permite a los espectadores del siglo XXI, pensar también tres o cuatro cosas.

Como el nombre de la serie lo indica, Berger no quería revisar las etapas de la historia del arte sino enseñar a ver. A ver una obra. Y a partir de allí desentrañar el mundo simbólico, material e histórico que contribuyó a forjarla. Todo esto bien podría decirse en presente; porque el núcleo activo de la serie, su potencia crítica, siguen vigentes.

En un capítulo, reúne a un grupo de chicos en torno a un cuadro de Caravaggio. En otro, discute con unas mujeres sobre el lugar de los cuerpos femeninos en la pintura. Se habla de las ambigüedades del género, del original y la copia, del mercado y el museo, de lo que ocurre con las imágenes cuando se superponen unas con otras, del gesto publicitario. Berger no escatima dureza al desarrollar la tesis que organiza toda la serie. Excepción hecha de ciertos creadores (Rubens, Vermeer, Rembrandt), en la mayor parte de la pintura al caballete –nos dice el crítico– latía un pulso íntimo: no precisamente el de la espiritualidad, sino el del poder. “Cada retrato dice ‘yo alguna vez existí y tenía este aspecto; yo fui objeto de respeto y envidia”, describe Berger antes de regresar al tiempo contemporáneo y adentrarse en la lógica del glamour. “La envidia se convierte en una emoción común en una sociedad que se ha dirigido a la democracia y luego se detuvo a medio camino. Donde el estatus está teóricamente abierto a todo el mundo, pero es disfrutado solo por unos pocos”, sentencia bastante antes del tiempo de las selfies y las redes sociales.

A Berger no le falta rigor al analizar las obras de arte. Tampoco amor. Basta verlo detenerse frente a un dibujo de Leonardo. Por unos segundos, el crítico parece olvidarlo todo: la cámara que lo está registrando, el guion, las palabras, los espectadores. Es un instante poderoso; el misterio de la obra está allí, pura belleza silenciosa. Y Berger, el teórico, el hombre cuya voz es el hilo firme que atraviesa toda la serie, se deja subyugar.

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