21/09/2022 a las 06:31 CEST

Nos llegan once días de ‘parón’ liguero tras otros tantos de despedida de la reina Isabel II. Recogimiento regio y futbolístico que ha convivido (el primero) y convivirá (el segundo) con un día a día real lejos de la tranquilidad y la introspección.

Las aguas bajan revueltas en la competición de Liga cuando aún estamos en septiembre y ni siquiera ha terminado el verano. Crispación en las aulas en este nuevo curso que convive con la excitación que provocan las caras nuevas. Todo apunta a que, a pesar de que Real Madrid y Barça llegan en modo positivo a estas fechas dedicadas a las selecciones, pocos van a tener la sensación de desconexión. Hay quien ha decidido no sólo que la vida sigue sino que debe hacerlo a velocidad máxima, con todo lo que ello conlleva. No hay descanso para los vivos y si hay que inyectar dosis de excitación para que no pare la música, así sea.

El líder lo es de forma indiscutible con los números en la mano, aunque la calidad brille a veces por su ausencia. No ha dejado escapar ni un punto y se aferra a la corona como si no hubiera un mañana ni un cielo que le espere.

A Ancelotti nadie le puede negar su buena gestión de vestuario. El cetro real lo lleva él aunque lo cede a sus jugadores cuando se encienden los focos. Ha optado por un perfil medio y amable que solo altera mascando chicle compulsivamente, celebrando goles o llamando la atención a un joven príncipe al que se le está haciendo demasiado larga la llegada (veremos) al trono.

El técnico italiano fue el primero en ver que sus grandes cualidades profesionales caminaban en paralelo a su inmadurez personal. Sus compañeros más veteranos intentan reconducirlo, sabedores que los puntos van caros y que las actitudes de unos y de otros no solo no suman sino que restan. Y multiplican la crispación entre contendientes.

Que se lo pregunten a capitanes como Puyol, que las ha vivido de todos los colores. O al propio Xavi, al que le ha tocado incluso mediar con Iker Casillas en momentos de máxima tensión entre eternos rivales y que les supuso conseguir un premio Príncipe de Asturias por esa actitud conciliadora.

Madridista y culé, ambos con el brazalete bien prieto en el bíceps optaron por un ‘alto el fuego’ cuando las llamas estaban a punto de quemarlo todo. El actual técnico del Barça también tuvo que apretar los dientes para gestionar su propio adiós y cederle la corona al que venía detrás.

Lo mismo que le toca hacer ahora con Jordi Alba, Gerard Piqué y, algo más lejos, con Sergio Busquets. Una guardia real a la que nadie puede negar que ha sudado, sangrado, sufrido y protegido al club. Retirarles las joyas de la corona no significa tratarlos como bisutería. Supone un ejercicio de inteligencia emocional, reconocimiento y asunción de una realidad que, aunque compleja, es la que toca. La sucesión menos traumática será la que más puntos sume.

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