La pulsión por la cabeza trofeo es el punto de partida de una exhaustiva investigación que cruza más de 200 nombres de calles porteñas con el destino trágico de sus protagonistas. Decapitados y decapitadores. Degollados en combate, calles que conmemoran batallas donde se practicaron degüellos en masa. O figuras al mando de tropas y ejércitos que promovieron –o no desalentaron—estos procedimientos sangrientos. El trazado urbano desde esta perspectiva particular está documentado en el libro Cefaléutica de Buenos Aires, un relevamiento con 225 entradas que identifica el mapa urbano alrededor de las cabezas cortadas de distintos personajes históricos. Una topografía con ingredientes simbólicos, un auténtico GPS de contiendas donde se cruzan unitarios y federales, militares y escritores, de acuerdo a la exploración realizada por Vicente Mario Di Maggio, historiador, escritor, ensayista. Di Maggio presentó la semana pasada la edición ampliada del libro que a través de 245 páginas sigue la huella de las decapitaciones urbanas.

¿Por qué Villa Crespo lidera el ránking de barrios con más casos espeluznantes? Acumula 21 sucesos de decapitados y cuenta con 7 decapitadores entre los nombres de sus calles.

¿Por qué Villa Crespo lidera el ránking de barrios con más casos espeluznantes? Acumula 21 sucesos de decapitados y cuenta con 7 decapitadores entre los nombres de sus calles. Di Maggio señala que Yatay es una calzada que obedece a la victoria de las tropas de la Triple Alianza contra el ejército paraguayo, en 1865: “Al día siguiente de la batalla aparecieron los prisioneros del general Venancio Flores degollados, con las manos atadas a la espalda. Bartolomé Mitre, general en jefe de los ejércitos aliados, felicitó a Flores por la victoria aunque le sugirió que en adelante fuese más moderado con los ajusticiamientos hacia los vencidos”, explica el historiador, que también dirige el Teatrito Rioplatense de Entidades, un centro de investigación heterodoxo en continua búsqueda de claves “para descifrar la identidad local”.

Cefaléutica de Buenos Aires
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A 5 cuadras de Yatay, la calle Ramos Mejía –va desde Angel Gallardo hasta Río de Janeiro- recuerda a Francisco Ramos Mejía, participante de la Revolución del Sud en contra de Rosas, integrante del ejército de Lavalle y degollado por el coronel Manuel Bárcena, en Córdoba, en 1840. “Su cabeza fue exhibida en una caña de tacuara en el paseo cordobés”, señala Di Maggio, y apunta más casos dantescos que se encuentran en la Comuna 15. “Pizarro, el conquistador, le cortó la cabeza a Núñez de Balboa, un ilustre decapitado por el que pugnan La Paternal, Chacarita y Villa Ortúzar. El conquistador que descubrió el paso hacia el Océano Pacífico a través de Panamá fue apresado por Francisco Pizarro, por orden de su suegro. Su cabeza cortada permaneció varios meses expuesta en la plaza principal de Acla.

El caso de Murillo también es escalofriante. El líder Pedro Domingo Murillo es considerado el precursor de la independencia boliviana y se enfrentó en batalla contra el general realista Goyeneche. Derrotado y atrapado, fue sentenciado a la horca en La Paz, su ciudad natal, en 1810. “Su cabeza fue colocada en una escarpia (gancho) para lección de todos”, dice Di Maggio. En tanto, quienes busquen repuestos de autos por Warnes, ahora podrán conocer detalles terroríficos sobre el final del coronel que participó en el Alto Perú. En la batalla de El Pari fue alcanzado por una bala de cañón y su cabeza fue colocada en una pica por el coronel Francisco J. Aguilera en Santa Cruz de la Sierra.

En Villa Crespo nace la arteria Lavalleja que atraviesa Palermo y refiere a Juan Antonio de Lavalleja, héroe de la independencia y de la guerra contra Brasil. Líder mítico de los Treinta y Tres Orientales en su lucha contra la ocupación de su país y “un converso colorado de última hora que renegó del Partido Blanco”, como lo define el autor, que incluyó su caso en el apartado Decapitadores o Degolladores, ya que estuvo al mando de la batalla de Cagancha e hizo “la vista gorda” sobre un convoy de carretas con 85 heridos que fueron degollados.

Ya en Palermo, Jorge Luis Borges –va desde Plaza Serrano hasta Santa Fe—afirmaba que los ejércitos rioplatenses, tanto federales como unitarios, blancos orientales y colorados, “llevaban un degollador profesional como quien lleva al cocinero y al chasque (mensajero). En su Poema Conjetural compara el íntimo cuchillo en la garganta con lo que da en llamar destino sudamericano”. Además, el tema figura en el cuento “El otro duelo” (incluido en El informe de Brodie), donde relata una “siniestra carrera de degollados”, explica Di Maggio en Cefaléutica de Buenos Aires. En griego, esta palabra remite al arte de encontrar y señalar cabezas trofeo. “La pulsión por la cabeza trofeo es amplia. Mientras que los guaraníes las usaban para adornar, los mapuches las transformaban en copas para tomar chicha. Lo mismo hizo Lord Byron, al tiempo que los franciscanos y los jesuitas decoraban sus escritorios con cráneos para recordar la brevedad de la vida. Ajuste de cuentas hubo siempre”, dice tajante el investigador, autor también del ensayo El che, el chau y nuestro amor por la ch (2013).

“La decapitación es atávica. La exhibición es una intención, una manera de demostrar que el enemigo está totalmente vencido; es una prueba irrefutable que se utiliza en muchísimas culturas. Lamentablemente se sigue usando entre los narcos y los fundamentalistas islámicos”, se lamenta. En cambio, marca la diferencia entre decapitar y degollar: “El degüello está a mitad de camino. En el Río de la Plata se usó como una costumbre económica para no gastar en pólvora. En 1828 Rauch, militar alemán apodado el Atila de las Pampas por su crueldad en la lucha contra los indios y los gauchos federales, le informó a Rivadavia que había degollado a 28 ranqueles para ahorrar balas. Y a Rosas se le atribuye la frase “no gaste pólvora en chimangos”. Decapitar, explica Di Maggio, es un modo de apropiarse del enemigo derrotado sin tener que cargar con todo el cuerpo, y también es una manera de salvar al amigo caído negando al vencedor la parte importante del cuerpo.

Desentrañar quién fue o qué hizo el personaje de las calles se convirtió en una de las obsesiones de la investigación que demandó más de cinco años. Di Maggio recuerda viajar en colectivo y señalar “decapitado, degollado, decapitador”, según correspondiera el tramo realizado. Entre los casos que más le llaman la atención figura el de Lavalle, degollado post mortem para que sus enemigos no capturaran el trofeo. Juan Galo de Lavalle, líder militar de los unitarios en las guerras civiles, murió en Jujuy, en 1841. “Arrebataron su cadáver para huir hacia Bolivia, pero el cuerpo se descomponía. Entonces, el coronel Alejandro Danel lo despellejó, separó el corazón que colocó en aguardiente y guardó su cabeza en una vasija con miel”, relata el autor e indica que es uno de los casos más estremecedores de su análisis. También destaca la decapitación de Marco Avellaneda (padre de Nicolás), gobernador de Tucumán, traicionado y entregado a los federales. “El relato de esta decapitación es tremendo: Le cortan la cabeza y Avellaneda se queda gesticulando, abriendo y cerrando los ojos”.

Así, las calles porteñas llevan nombres de figuras cuyos finales trágicos quedan inadvertidos, aunque víctimas y verdugos se vuelvan a cruzar entre los nomencladores urbanos. Y ahora, en las páginas de este catálogo minucioso, con mapas señalizados, fichas con información histórica y referencias bibliográficas. Una colección de hechos que marca un punto de inflexión. Las direcciones postales están cargadas de sentido, como el devenir porteño y su entramado catastral.

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