Stubby fue un Boston bull terrier adoptado por uno de los soldados del 102º Regimiento de Infantería del ejercito de Estados Unidos cuando apareció un buen día en el campus de la Universidad de Yale, mientras estos se estaban ejercitando. 

Robert Conroy, el soldado que se encariñó con él, lo escondió consigo llegado el momento de embarcar hacia el frente y fue así que el can sirvió con su regimiento en las trincheras de Francia durante dieciocho meses. Participó en cuatro ofensivas y diecisiete batallas, salvando gracias a su olfato y con sus ladridos cientos de soldados de los ataques sorpresa con gas mostaza, y avisando, gracias a su fino oído capaz de detectar los silbidos de los obuses antes que los propios humanos, del ataque de estos. 

Aunque no existen pruebas documentales, hasta el día de hoy han llegado las historias de las capacidades de este can, del que dicen que ayudó a encontrar y localizar a los soldados heridos, elevaba la moral de las tropas e incluso retuvo a un espía alemán mordiéndole los pantalones hasta que fue encontrado por los americanos.

En abril de 1918, Stubby fue alcanzado por una granada de mano y herido en una pata delantera, por lo que fue enviado a retaguardia hasta su recuperación, tras cual volvió a la primera línea. 

Por todo ello, Stubby es el perro de guerra más condecorado de la Primera Guerra Mundial y el único perro en ser recomendado para un ascenso y nombrado sargento por méritos en combate.  De vuelta a casa, sus hazañas fueron noticia de primera plana en la mayoría de periódicos hasta el punto de que tras su muerte, en 1926, se le dedicó un obituario de más de media página en el New York Times, mucho mayor que el de otros ilustres personajes de su época. 

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