Pasión, gratitud, entrega, identificación. Los colores de la bandera –y nada más– adornando todos los rincones de la patria. Un momento único: absoluta felicidad, un festejo tan deseado como, hasta ahora, esquivo. Millones de personas salieron a la calle con el único deseo de expresar sus sentimientos, compartir un momento inolvidable, esperar el contacto visual con sus héroes para devolver algo de la alegría que nos entregaron. Todo esto y mucho más viene ocurriendo desde el domingo 18, mientras la política en general y el Gobierno en particular observan los acontecimientos con la ñata contra el vidrio.

Hubiese sido anormal e inesperado que pasara lo contrario: la política es responsable de casi todos los principales problemas de la ciudadanía. La crisis de representatividad, si bien no es nueva, se fue profundizando a medida que se consolidó un régimen de alta inflación que luego de más de quince años tiene exhausta a una sociedad empobrecida y sin esperanzas. La empatía de la gente con la selección tuvo su correlato en la decisión de los jugadores de ignorar al Gobierno y celebrar con los hinchas. Paradójica afrenta para la cultura populista: ensalzar la lógica de las mayorías y el contacto directo con las masas sin mediación de las instituciones políticas, ninguneando las presiones de un gobierno que quedó esperando que los campeones del mundo se dignaran a celebrar desde el balcón de la Casa Rosada. “Vamos a ir el día que Cristina participe de los actos que organiza su presidente”, ironizó un integrante de la delegación oficial de la AFA.

La movilización es parte de la cultura política argentina: desde la propia Revolución de Mayo en 1810 pasando por la Revolución del Parque de 1890, que terminó con la renuncia de Juárez Celman y con la semilla de la actual Unión Cívica Radical y llegando hasta aquellas que alcanzaron la estatura de íconos, como el 17 de octubre de 1945, las marchas de apoyo por Malvinas, las rondas de las Madres en plena dictadura militar, la victoria de Alfonsín en 1983 o el momento de la entrega del informe del Nunca Más. Sin embargo, hoy los verdaderos fenómenos populares, aquellos que carecen de todo tipo de manipulación y que no son facilitados por estrategias logísticas ni incentivos de participación, tienen naturaleza apolítica. Lo vemos año a año con las peregrinaciones a Luján y lo corroboramos con la sucesión interminable de recitales de Coldplay a cancha llena; lo verificamos en la masividad de cada fiesta electrónica, en cada partido de fútbol convocante o en cada 8 de enero cuando las personas se agolpan frente al predio del Gauchito Gil en Corrientes. La sociedad civil se aleja de la política y prefiere expresar sus manifestaciones emocionales a través de la música, el deporte, el esparcimiento o la religión.

La celebración en las calles de Buenos Aires por la obtención de un nuevo título mundial de fútbol es en este sentido un llamado de atención. Para nuestra dirigencia, movilizar gente es un mecanismo para mostrar fortaleza o enviar algún mensaje específico. Sin embargo, no organiza una movilización hasta tener asegurados los números mágicos que le permitan mostrar una Plaza de Mayo –el epicentro simbólico de las manifestaciones en el país– con bastante gente aunque no esté del todo llena, o algunas cuadras de la avenida 9 de Julio bien pobladas. Alcanzar ese objetivo involucra un despliegue logístico sorprendente: acuerdos con sindicatos, intendentes, grupos piqueteros o facciones partidarias que garanticen un piso de gente que va a asistir, incluida la financiación (el medio de transporte para trasladar a los participantes, pagos y gastos). Sin embargo, aun cuando quien convoca alardea de sus resultados (hoy se destaca como un logro que Cristina haya llenado el Estadio Único de La Plata con 60.000 personas), todas las partes involucradas son conscientes de que se trata de una teatralización, de una ficción: son los recursos públicos los que lograron reunir esas personas y si están allí es para responder a un interés partidario o incluso personal de algún funcionario, que necesita demostrar que sus iniciativas son apoyadas por “el pueblo”.

Los aproximadamente cinco millones de personas que salieron a la calle el martes pasado fue la movilización más masiva de la que se tenga registro y pone en su justa dimensión (es decir, minimiza) las marchas, las manifestaciones y los actos políticos que suelen reclamar para sí representatividad y legitimidad. “Si este no es el pueblo, ¿el pueblo dónde está?”, suelen declamar sus participantes para darse a sí mismos una cuota de autoestima que a menudo no es refrendada en las urnas. Se trató de un evento espontáneo y con una amplia participación familiar, caracterizado por un sentido de pertenencia sin igual pues todos los presentes estaban unidos por un mismo propósito: festejar el triunfo y expresar gratitud a sus protagonistas. Otro elemento saliente: no hubo un individuo que pudiera capitalizarlo, ni siquiera Messi o menos aún Scaloni, ambos promotores del concepto de equipo como clave para el éxito. Dos botones de muestra: el primero cedió el premio como mejor jugador del partido que recibió ante Croacia a Julián Álvarez porque consideró que su compañero se había lucido más; el segundo destaca siempre la labor de sus colaboradores Pablo Aimar, Walter Samuel y Roberto Ayala. Así, se diluye otro elemento distintivo de la cultura política argentina: el personalismo. Como si esto fuera poco, el capitán del seleccionado se muestra como un líder singular y humilde, lejos del modelo carismático imperante (la sombra de Diego) y con su comportamiento pone en valor algunas cuestiones tradicionales como la familia, muy apreciadas particularmente en la cultura argentina aunque directa o indirectamente cuestionadas por el posmodernismo y el pensamiento woke (progresista).

Las miserias y la poca estatura de nuestro sistema de gobierno quedaron expuestas en estas horas de celebraciones. El kirchnerismo reaccionó con enorme frustración ante este conjunto de futbolistas que se niega a mostrar sumisión al poder, al que no le interesa obtener ventajas de sus contactos con los dirigentes de más alto rango a nivel nacional y que se mueven por el mundo y por sus profesiones sin que la política les brinde nada. Todo lo contrario: les quita y mucho, como ocurre en términos reales con el premio ganado en el Mundial: más de la mitad, cepos y retenciones mediante, quedará en manos del Estado. Para peor, Papu Gómez, tal vez uno de los integrantes del plantel más simpáticos, en un momento repartió billetes de 50 euros desde el micro: cada uno de ellos equivale al 50% de una jubilación mínima.

Dicho esto, debemos sentirnos reconfortados de que el extraordinario tsunami que vimos en las calles no hubiera terminado en tragedia. Considerando la cantidad de gente que salió a festejar y la evidente incapacidad para organizar y gestionar eficazmente que tiene el Estado argentino, los hechos de violencia e inseguridad y hasta los heridos por comportamientos imprudentes y autodestructivos fueron relativamente acotados. Pudo haber sido un nuevo Cromañón, del que se está por cumplir un nuevo aniversario.

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