Sentado frente a su vieja máquina Remington, dispuesto a arremeter un nuevo relato, se masajeaba los dedos y mordisqueaba su pipa, una de las tantas que lo acompañaron durante toda su vida. Ingresaba así en un trance que -lo sabía- habría de durar once días, ni uno más ni uno menos. “El comienzo siempre se me plantea como una ecuación geométrica -decía-. Tengo un hombre y una mujer: ¿qué mecanismos pueden impulsarlos a llegar hasta los límites de sí mismos?” Ahí comenzaba el ritual de gestación narrativa (la composición de una novela en once jornadas, incluidas tres de corrección), reiterado a lo largo de sesenta años, de uno de los escritores más prolíficos, más enigmáticos y más sorprendentes de su siglo.

Todavía en la primera mitad de esa centuria, digamos hacia 1940, el prestigio de Georges Simenon como novelista y autor de artículos periodísticos rayaba alto en Francia. No era mérito menor para un inmigrante belga que había llegado allí a los 20 años y que en poco tiempo había logrado publicar incontables relatos y notas en diarios y colecciones populares. Ya en 1931 uno de sus personajes resultaba familiar para los lectores: el comisario Maigret, una figura que se convertiría en la marca más reconocible del escritor.

La síntesis de esa vida es tumultuosa: una madre conflictiva, un hermano muerto prematuramente, tres esposas, una hija que se suicidó a los 25 años, una acusación por colaboracionismo que lo atormentó hasta el final, el éxito internacional de su prodigiosa producción (alrededor de mil relatos traducidos a unas ochenta lenguas), miles de mujeres, exilios y otros entretenimientos.

En ese 1940, poco después del nacimiento de su primer hijo, Marc, Francia entra en guerra. Simenon venía marcado por algunos vínculos de extrema derecha y por cierta afinidad con los monárquicos. Sin embargo le cae un encargo que momentáneamente lo redime: es nombrado comisario de los refugiados belgas y se entrega a la solidaridad patriótica con una devoción sorprendente. Le duró poco: como lo señala su biógrafo Pierre Assouline, fue la primera y última vez que este individualista a ultranza se puso al servicio de la comunidad.

Llegan las tropas nazis y París cae. Mientras Francia comienza a sufrir la cerrada noche de la Ocupación, Simenon se refugia en las arcádicas comarcas agrícolas de la Vendée cuyos poblados, reelaborados una y otra vez, ambientarán algunas de sus novelas importantes: La nieve estaba sucia , La habitación azul , El alcalde de Furnes , La viuda Couderc .

Este período que va desde el inicio de la contienda hasta su final, en 1945, signa con rasgos paradójicos la afirmación triunfal de la no menos contradictoria figura de Simenon. Su fiebre de producción se incentiva y, acaso en un rapto de oportunismo profesional, se convierte en el autor más notorio y mejor remunerado de una época de Francia teñida por las privaciones y acallada por la censura de la Ocupación, a la que el sagaz escritor acertaría a esquivar. A tal punto que se convierte en el fabricante de ficciones más requerido por el cine. Algunos de sus textos ya habían sido elegidos por cineastas notables (la primera novela adaptada fue La nuit du carrefour , que en 1932 dirigió Jean Renoir, y al año siguiente Julien Duvivier filmó La tête d´un homme ), pero entre 1940 y 1944 se acometen remakes y se adaptan otras, nuevas. Eso sí, la mayoría de estas producciones responden a iniciativas de una compañía alemana, la Continental, a la que el escritor vende los derechos exclusivos de su héroe más popular; con el tiempo, los revisionistas llegarían a una triste conclusión: Maigret había sido vendido a Goebbels.

El creador del célebre inspector había nacido en Lieja, sombría ciudad industrial de Bélgica, en febrero de 1903 («un viernes 13, para colmo», aseguran que dijo su madre, Henriette Brüll) en un medio modesto. Sus biógrafos hablan de una existencia dividida en cuatro períodos, que corresponden a cuatro países y a otras tantas mujeres, si se considera como «primera» a su madre, con quien sobrellevaría una tortuosa relación (que intentó exorcizar con un ácido retrato de ella en su novela El gato y en su confidencial Carta a mi madre , después de la muerte de su hermano Christian). A los 20 años se casa con Régine Renchon, apodada Tigy, una artista plástica de Lieja, con quien poco después se traslada a París. Allí, luego de un breve período como secretario del ultraderechista Binet-Valmer, líder de una liga de ex combatientes, se lanza a publicar sus cuentos en los grandes diarios, artículos en revistas de entretenimiento y sus novelas iniciales en colecciones de alcance popular. Entre 1924 y 1931 redacta, bajo diecisiete seudónimos, más de un centenar de novelas de aventuras en parajes exóticos y otras, románticas.

La imagen de G.S. que se impone en ese período es la de un joven movido por una energía avasallante y una seductora vitalidad que lo lleva a alternar las redacciones y las editoriales con círculos de pintores notables de Montparnasse. Y también los cabarets de moda, donde se lo ve muy cerca de Josephine Baker, a la sazón reina de la noche parisina: a pesar de que allí concurre con Tigy, su mujer, los habitués no tardarán en advertir que el novelista y la cantante negra son amantes. Más tarde, a la hora de las acusaciones, nadie se atreverá a insinuar en el escritor una veta racista.

La hora de ajustes llegó, como era de esperar, al final de la guerra. Durante meses, Simenon se refugió en Les Sables d´Olonne, la parte costera de su amada Vendée. Argumentó que se trataba de un retiro por enfermedad, pero la razón era otra: acusado de «colabô», se le prohibía publicar por el término de dos años. En su obra -como se comprobó- no había el mínimo rasgo pronazi, pero renunció a comparecer y defenderse: en 1945, se trasladó primero a Canadá y después a Arizona, en los Estados Unidos. Se dice que sus objetivos en la nueva tierra eran claros: proporcionar una educación anglosajona a su hijo Marc, forjarse un prestigio internacional acompañado de una promisoria fortuna y, también, confrontarse con sus colegas admirados, Ernest Hemingway y William Faulkner.

Se instaló en Lakeville, una pequeña ciudad de Connecticut, según creyó él «para siempre», pero su séjour américain duró sólo diez años, una etapa signada por su pasión por Denyse Ouinet, su joven y bella secretaria canadiense en Nueva York, que devino su amante y luego su segunda esposa (se divorció de Tigy en 1950). De esta relación en los Estados Unidos habrían de nacer dos hijos. Y, junto con ella, en 1952 emprendería una gira europea que habría de devolverlo, fugaz y triunfalmente, a su Lieja natal.

Algo se habrá removido en su interior, en ese viaje, porque tres años más tarde el enfant terrible decide reinstalarse en Europa. Después de un breve paso por el Mediodía de Francia -donde su regreso fue jubilosamente advertido- Simenon sienta su última residencia en Suiza (1955-1989), acosado por el odio de la abandonada Denyse y luego sobrecogido por la tragedia de su hija Marie-Jo, quien se suicidó a los 25 años, al cabo de reiterados tratamientos psiquiátricos. En medio de la angustia y el desamparo, el veterano narrador enfrenta los fantasmas de su infierno familiar con un deterioro moral y psíquico del que habrá de rescatarlo, una vez más, una mujer. Se llama Teresa, es italiana y atiende asuntos domésticos en su casa; humilde, joven y afectuosa, lo acompañará hasta su muerte, que llegó -final de su propia novela- el 4 de setiembre de 1989, en Lausana.

Por entonces, Francia ha vuelto a reconocer su gravitación en el mundo del cine. Desde su regreso a Europa se habían adaptado Maigret tend un piége (Jean Delannoy, 1958), En cas de malheur (Claude Autant-Lara, 1958), Maigret et le cas Saint Fiacre (Delannoy, 1959) y, entre otras, Le baron de l´écluse (Delannoy, 1960). Por lo demás, su inefable Maigret había sido encarnado por legendarias figuras de la pantalla, tales como Jean Gabin (amigo del novelista), Charles Laughton, Bruno Kremer y Michel Simon. Así es que las autoridades del Festival de Cannes lo invitan a presidir el jurado de la edición de 1960. Compite su admirado Federido Fellini con una obra por la que nadie apuesta pero en la que Simenon, en un rapto de intuición, descubre genialidad: La dolce vita . G.S. convence de esto a varios colegas (entre ellos, Henry Miller, también jurado, quien le había solicitado orientación: «Dígame por quién debo votar»). Contra todos los pronósticos, Fellini gana la Palma de Oro de Cannes gracias al fervor contagioso del novelista. Y surge una amistad entre ambos, documentada en un significativo intercambio epistolar.

Años más tarde Simenon se deslumbra con el Casanova de Fellini y le propone una entrevista. El escritor célebre se aviene a la condición de modesto «cronista» porque ha entrevisto un interés común: las mujeres. Fellini, Simenon, Casanova: se cierra el triángulo. Acuerdan una cita, se encuentran y registran un imperdible diálogo que originalmente fue publicado por L´Express en 1977. Allí, y a propósito de Casanova, hay una confesión de Simenon que dio mucho que hablar: «Sabe, Fellini -dice el escritor-, creo que en mi vida fui más Casanova que usted. Hace uno o dos años, una vez hice la cuenta. Desde los trece años y medio, tuve diez mil mujeres. Y eso no fue vicio. No soy un vicioso sexual, sino que tenía la necesidad de comunicarme». El propio escritor, en el plano confesional de sus Memorias íntimas , consignaba esa tendencia como una fascinación conformante de su personalidad: «Las mujeres, la mujer, es lo que más me ha fascinado en la vida. Tenía hambre de todas las mujeres con quienes me cruzaba y cuya grupa ondulante bastaba para enardecerme hasta el dolor físico. ¿Cuántas veces aplaqué esta hambre con jovencitas mayores que yo, en el umbral de una casa o en algún callejón tenebroso? O bien entraba furtivamente, en algunas de aquellas casas en cuyas ventanas una mujer más o menos gorda y deseable tejía, plácidamente, para correr luego la cortina amarillenta a toda prisa, en cuanto entraba un cliente».

Dos años después de ese encuentro, Fellini comienza el accidentado rodaje de La ciudad de las mujeres , en cuya trama el protagonista, Snaporaz (Marcello Mastroianni), huyendo de unas mujeres congresistas se refugia en la casa de un extraño personaje, Sante Katzone (apellido que, en italiano, remite un tanto groseramente a cazzone ). Este hombre, que ha tapizado las paredes de su mansión con retratos de las incontables mujeres que pasaron por su vida, organiza una fiesta; hay una torta gigantesca con infinidad de velitas y un letrero que reza «10 MILA», una clara alusión a las diez mil mujeres del escritor. Antes que homenajear a su amigo novelista, Fellini ironizó sobre el alarde machista del inefable G.S..

Más allá de las tramas específicamente policiales de la serie Maigret, las elecciones narrativas de Simenon pasan casi siempre por el presentimiento de que un crimen acecha a la vuelta de la esquina, en el compartimiento de un tren o en la intimidad de un cuarto de hotel, en un discurso frecuentemente lineal y de una austeridad lingüística que no sobrepasa los dos mil vocablos («A Racine le alcanzaban ochocientos», observó en una entrevista de 1985). Allí se debaten personajes de un atormentado psicologismo que despertó la admiración de maestros tan disímiles como André Gide y Dashiell Hammett. También de Patricia Highsmith, sabia en el manejo de la intriga policíaca: «Hay una elegancia y una economía evidentes en la producción literaria de G.S., una proliferación fascinante de personajes y de situaciones impregnadas de sentimentalismo, que se detienen justo antes de precipitarse en el melodrama». Hijo de una mujer que le reprochaba que no hubiera muerto él en lugar de su hermano Christian, padre de una muchacha suicida, el resentimiento de este escritor tan exitoso como oscuro lo condena a inventar ficciones en las que los acontecimientos se empeñan en desbarrancarse en un destino trágico.

Las cifras apabullan: 117 novelas, más las 76 de la serie Maigret, 24 nouvelles , 25 textos autobiográficos y miles de artículos. Las editoriales rescatan, cada tanto, bloques de la prodigiosa producción de un escritor sin herencias literarias ni sutilezas intelectuales, un artífice del puro relato clásico, «duro», pero también único en la fascinación de sus climas y tormentosos conflictos, un burgués algo hipócrita, inocultablemente conservador pero liberal en la exploración del erotismo y las pasiones, que no teoriza nunca pero que descubre el absurdo del destino, del sexo y de la muerte.

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