En el año 1900 la población mundial ascendía a 1650 millones de habitantes. Un siglo más tarde era de 6000 millones, y el año pasado nació el bebé 8000 millones, aproximadamente a mediados de noviembre. En ese período, a pesar de la explosión demográfica, el producto per cápita se multiplicó por más de cuatro.

Para ponerlo en términos individuales: en 1870 un obrero no calificado en Londres podía comprar para él y su familia 5000 calorías diarias en alimentos. Era más del doble de las calorías que podía adquirir un trabajador similar en 1600, pero en 2010 ese número se elevaba a 2,4 millones de calorías diarias, una multiplicación por casi 500.

Los datos aparecen en el esperado libro Arrastrándose a la Utopía (Slouching Towards Utopia, aún no traducido al castellano), que publicó a fin del año pasado el economista e historiador Bradford DeLong, un académico-polímata (al estilo Tyler Cowen, tiene una curiosidad voraz y se interesa por muchísimos temas) muy prolífico y famoso por sus comentarios online: desde principios de los 90, antes de que se inventara la palabra “blog”, viene compartiendo en internet un diario personal que escribe casi todos los días.

De hecho, DeLong comenzó con su proyecto de libro en 1994: completó y tiró al tacho millones de palabras. Un editor le dijo que rompería el contrato si no podía resumir su idea en menos de 150.000 palabras. Terminó incluyendo 180.000, más una larguísima lista de notas online.

A mediados de los 90, el historiador inglés Eric Hobsbawm publicó su clásico Era de los Extremos, donde se enfocaba en el “Siglo XX corto”, partiendo de 1914, cuando el asesinato del archiduque Fernando de Austria desencadenó la Primera Guerra Mundial, y terminando en 1991, con la caída del Muro de Berlín. De Long se fascinó con este relato y decidió armar su propio “gran arco histórico” con un Siglo XX largo, que va de 1870 a 2010. Si en la obra del historiador marxista Hobsbawn hay un héroe trágico que es el comunismo, en la de DeLong ese papel le está reservado al capitalismo.

En toda la evolución del homo sapiens (de aproximadamente 300.000 años), el siglo largo representa menos de un 0,05% del total. De ahí que sea caracterizado como el siglo de cambio más radical de toda la historia, por lejos. En 1870 la Revolución Industrial llevaba décadas desplegándose, pero sus frutos aún no habían llegado a la mayoría de la población, que (en su mayor parte) comienza a salir de la pobreza agraria generalizada del 99% de la etapa anterior, recién en las últimas décadas del siglo XlX.

Para DeLong, esta explosión económica y de productividad sin precedentes tiene tres vectores principales: el surgimiento de corporaciones verticales, el de laboratorios privados de innovación en las empresas y la globalización. Se trata, reconoce, de un “dualismo radical” porque hay una parte del vaso vacío: la situación llevó a las guerras más destructivas de la historia y también, por primera vez, la humanidad se enfrenta a un desafío real de supervivencia por el cambio climático.

DeLong es profesor de Historia y de Economía en la Universidad de UC Berkeley. Y tuvo su paso por la administración pública en la presidencia de Bill Clinton, donde forjó una amistad con Larry Summers, el exsecretario del Tesoro y luego presidente de Harvard.

Arrastrándose a la Utopía explica las dos características fundamentales de la civilización humana post-1870. “Somos materialmente ricos más allá de las fantasías más locas de nuestros antecesores, y somos criminalmente más pobres de lo que nuestro conocimiento haría posible”, lo resume el tecnólogo y científico de datos argentino Marcelo Rinesi, quien conversó en redes con DeLong tras la salida del libro y debatió con el economista los contenidos del texto.

“No es posible una discusión seria de la historia o del presente fuera del marco de estos dos hechos; son tan extraños y a la vez tan constitutivos de nuestra realidad que se vuelven difíciles de percibir. No solo es un libro técnicamente brillante: es un libro intelectualmente necesario”, cuenta Rinesi a LA NACION.

Para Rinesi, “el punto más urgente del libro, y en el que necesariamente da menos respuesta, es el porqué de nuestra pobreza relativa dada nuestra riqueza potencial. En contextos políticos como el norteamericano, la lectura instintiva es que la pobreza relativa incentiva la creación de riqueza, mientras que en contextos como el argentino una lectura seguramente sea que el problema es la redistribución de la misma. El libro desmiente ambas interpretaciones: las tecnologías claves de la singularidad económica en la que vivimos son organizacionales e intelectuales, y la riqueza material que producimos está concentrada, pero fundamentalmente es ridículamente baja”.

“La explicación más simple de nuestra pobreza relativa (y en algunos casos, absoluta), y la que me resulta deprimentemente más plausible–continúa Rinesi– es, simplemente, la superposición de conveniencias locales y preferencias sociales. No es una cuestión de capitalismo versus populismo: En Estados Unidos, el problema de la insulina está técnicamente resuelto, y su acceso no es universal por el resultado de un equilibrio sociopolítico autodestructivo. En países como la Argentina, la lista de soluciones conocidas y no aplicadas por las mismas razones sería un catálogo más largo que el libro de DeLong”.

La obra tuvo buena recepción en la crítica, aunque se le señalan algunas falencias. En primer término, está muy centrado en los países desarrollados (Estados Unidos y Europa), y el “sur global” apenas figura. Pero el punto más flaco podría ser el de la falta o la debilidad de las soluciones propuestas, una vez establecidos los parámetros del problema. “Escribir el que posiblemente sea el libro de historia económica más importante del siglo ya es mérito suficiente, sin tener que también escribir el libro de política económica más importante del siglo”, lo matiza Rinesi.

DeLong dudó durante años del momento que iba a elegir para cerrar su “siglo largo”. Finalmente optó por terminarlo en 2008, con el advenimiento del estancamiento secular y la presidencia de Donald Trump.

El tono general del libro no es de optimismo, sino que más bien es la descripción de una era excepcional (particularmente en los “años de oro”, de 1950 a 1975), cuya continuidad no se puede dar por descontada. Tal vez por eso, la elección para el título de la palabra “slouching”, que hace alusión a un poema del irlandés William Yeats, que describe, justamente, a un monstruo o bestia que se arrastra.

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