Demasiado se ha dicho respecto del triunfo de la selección argentina en el Mundial de Qatar; en particular, sobre los valores ejemplares que demostraron sus integrantes, como la cohesión interna, el mérito, el esfuerzo y la humildad.

Vale destacar que ese equipo compitió contra los mejores del mundo, sin más ventaja que su decisión colectiva de ganar el campeonato, con inteligencia y tesón, sabiendo que nadie le regalaría nada. Es útil contrastar las diferencias con la estructura económica argentina, sumida en una decadencia histórica e incapaz de dar el salto de productividad que la nación requiere, insertándose en el mundo en forma competitiva como lo hizo la selección.

Imaginemos un equipo nacional a la deriva, integrado por personajes excedidos de peso, mal dormidos y poco entrenados, amigos de políticos, gobernadores e intendentes, prósperos gracias a “sponsors” del sector estatal y habituados a ganar o perder según las decisiones de árbitros digitados por el poder. Obviamente, un plantel semejante jamás hubiera podido clasificar para ningún campeonato, ni mundial, ni regional, ni siquiera barrial.

La metáfora exagerada sirve para comprender mejor el drama que impone el aislamiento al bienestar general, por cuanto oculta las causas profundas del atraso y la pobreza.

La apertura al mundo es la mejor manera de forzar reformas estructurales que perduren en el tiempo

Si la Argentina abriese su economía en un afán por recuperarse, advertiría que casi todas sus actividades tienen falencias que imponen costos distorsivos a las demás, sumando unos sobre otros. Es un espejo donde nadie quiere verse, para evitar cambios y “patear para adelante” la decadencia, esperando que Vaca Muerta, el litio, las buenas cosechas y el FMI permitan financiar los desajustes, como siempre ha ocurrido.

En una economía cerrada, los productos son el último eslabón de una cadena de ineficiencias que se trasladan al precio final y al bolsillo de los consumidores. Allí están la presión fiscal de la Nación, las provincias y los municipios, los abusos sindicales, el costo del capital, las restricciones cambiarias, los bloqueos regulatorios y los privilegios sectoriales. Todas esas distorsiones deben corregirse en forma simultánea para que las industrias puedan competir a nivel internacional en igualdad de condiciones.

Puede haber mil excusas, razones políticas, estratégicas o de empleo para dilatar esa transformación. Hay intereses creados por doquier y también es cierto que 80 años de statu quo han hecho acomodar a la población en tareas, públicas y privadas, que serían afectadas por reformas estructurales. Ese es el principal desafío, pues implica también un cambio cultural para que se comprenda cómo mejorará el nivel de vida general cuando la competitividad brinde sus frutos.

La apertura al mundo es la mejor manera de forzar reformas estructurales que perduren en el tiempo. Lo hizo la pobre Irlanda, cuando ingresó en la Unión Europea en 1973, y España, el país más atrasado de Europa, en 1985. La reunificación alemana ocurrió en 1990 y las naciones que vegetaban detrás de la Cortina de Hierro lo hicieron a partir de 2004, lo mismo que Estonia, Letonia y Lituania, que integraban la extinta URSS.

Nuestro país no saldrá de su atolladero mientras no se cree una coalición modernizadora, formada por dirigentes que piensan en el largo plazo

En el siglo XXI, cuando países superpoblados necesitan recursos como los que poseemos y la interdependencia es cada vez mayor, no es sostenible un modelo productivo que perjudica a los eficientes para congraciarse con quienes no lo son. Un orbe con 8000 millones de habitantes no nos dará un milímetro de ventaja, como lo sabe bien Lionel Scaloni. Hasta podría imaginarse que, en un futuro orwelliano, un organismo mundial intime a la Argentina a actuar con seriedad, bajo apercibimiento de administración fiduciaria.

Nuestro país no saldrá de su atolladero mientras no se cree una coalición modernizadora, formada por dirigentes políticos que piensen en el largo plazo y por líderes cuyos intereses estén alineados con la inserción del país en el mundo. Para forzar tanto esa apertura como las impostergables reformas internas, un paso inicial sería transformar el Mercosur en zona de libre comercio y celebrar tratados de integración con otras regiones del mundo, como propone Uruguay, emulando experiencias exitosas de Australia, Canadá, Chile, Colombia, Corea del Sur, Egipto, México, Suiza y demás economías del sudeste asiático.

Pues no hay ya otra salida. El modelo autárquico, en su esencia, conduce a crisis periódicas, reflejadas en desequilibrios de la balanza de pagos y posteriores estados de emergencia, que terminan en medidas de excepción y fuga de capitales. En esas condiciones, un país pierde su soberanía y multiplica la pobreza, aunque el discurso populista diga lo contrario. El capital se aboca al trabajo cuando baja el riesgo país, los fondos son baratos y los salarios aumentan en dólares. Cuando se lo combate, el capital desaparece, el trabajo se “africaniza” y los salarios se degradan.

Sin un aumento sistemático de la productividad, impulsado por la apertura, no habrá recursos para educación, salud, vivienda y seguridad, indispensables para la inclusión, la distribución del ingreso y la justicia social que todos predican pero que nadie logra.

LA NACION

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