14/09/2022 a las 06:30 CEST

A tres días para la segunda jornada de la Liga F, la nueva liga femenina de fútbol profesional, no sabemos si se va a disputar un solo partido. No sabemos, por tanto, si va a empezar la competición, suspendida desde el pasado sábado por la reclamaciones de índole económica de las árbitras que demandan una remuneración que les permita vivir en exclusiva del arbitraje. Es urgente que lo consigan para que su dedicación única a la labor arbitral permita elevar el nivel actual que preocupa y muchos a los clubes y surja un efecto llamada por el que más mujeres quieran ser árbitras.

Tras un verano de trabajo a contrarreloj y repleto de obstáculos para poder poner en marcha la renovada primera división con una presidenta independiente, la confección de los estatutos, el sorteo del calendario, la elección del balón, la presentación de la nueva marca (Liga F), la adjudicación de los derechos de televisión que acaban con el apagón de los últimos años, cuando todo parecía atado para que empezase una nueva era de prosperidad y avances firmes del fútbol practicado por mujeres en España aparece una solicitud tan lícita como a destiempo.

A 48 horas del inicio del curso se plantaron para decir “qué hay de lo mío” con la quimérica pretensión de que se equiparen sus salarios a los de sus homólogos masculinos. Acabáramos. O no se han enterado que el sueldo mínimo de las futbolistas es de 16.000 euros anuales gracias a un convenio histórico que se firmó tras casi dos años de negociaciones, o se están lanzando al vacío empujadas por sus responsables que no soportan haber perdido el control absoluto sobre el fútbol femenino al que siempre han menospreciado. A estas alturas, todas sabemos que la comparación con el masculino no procede y ellas también lo saben pero nos toman por tontas.

El panorama es desolador. El conflicto entre RFEF y Liga F se recrudece y las víctimas son las de siempre: las futbolistas. Las árbitras piden lo que les pertenece pero están mal asesoradas. En las formas ha habido mala fe y en el fondo hay incongruencias importantes. Como mediador un Consejo Superior de Deportes que hasta ahora ha sido incapaz de alcanzar un armisticio pese a ser el impulsor de esta liga profesional. El CSD está asumiendo su papel de mediador pero uno de los interlocutores solo pretende dilatar, torpedear e incluso pasar facturas del pasado como hizo Andreu Camps en la última reunión de este martes esgrimiendo denuncias de la anterior asociación de clubes femeninos. Basta ya. La liga femenina merece empezar.

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