13/10/2022 Act. a las 14:22 CEST

El cierre de filas en el partido posconvergente convive con interrogantes de peso a corto y medio plazo

Junts per Catalunya ha tomado la decisión más trascendente en sus dos años de existencia: salir del Govern del ‘president’ Pere Aragonès. Los efectos de la ruptura con ERC todavía se están digiriendo entre los dirigentes del partido, cuya dirección afronta a partir de ahora una serie de retos notables. Repasamos los más destacados

La unidad interna

Las costuras internas están al límite. JxCat nació como un partido plural («somos Junts, no ‘iguals'», repite el secretario general, Jordi Turull) pero esta vez la distancia entre quienes celebran la salida del Govern y los que se lamentan de una decisión «desastrosa» es inmensa. En un primer momento y hasta las elecciones municipales puede imponerse el cierre de filas, pero la incomodidad de dirigentes notables como los ya ‘exconsellers’ y algunos expresos independentistas es elevadísima y no se descartan deserciones. Por el momento sí ha crecido el número de afiliados. Además, el liderazgo de Turull -que no se mojó públicamente en la consulta- ha quedado lesionado, en especial entre sus fieles, frente a Laura Borràs -a quien había ganado alguna batalla interna notable- y Carles Puigdemont, ‘expresident’ residente en Waterloo. La discrepancia es frontal entre quienes creen que Junts es un movimiento «de liberación nacional» que no tiene como prioridad el Govern, y los que defienden que debe ser un partido con vocación mayoritaria y de gestión. Las posiciones están muy enconadas y la campaña previa a la consulta lo puso en evidencia.

La pérdida de influencia

Es probablemente lo que más hace llevarse las manos a la cabeza a los que votaron por seguir en el Govern. No se trata sólo de la pérdida de 250 altos cargos y unos 23 millones en sueldos -parte de los cuales se convierten en cuotas para el partido, como pasa en otras formaciones- sino sobre todo de que un partido con numerosos dirigentes de la exconvergencia carecerá de plataformas de propaganda. En el Parlament, pasarán a ser el segundo grupo de la oposición tras el PSC y con un jefe de filas, Albert Batet, que no es precisamente un líder carismático. Mediáticamente, el mensaje combativo contra el Govern de ERC puede calar durante una primera etapa, pero los dirigentes consultados admiten que sin capacidad de tomar decisiones que afecten al futuro de los ciudadanos, estas gesticulaciones caerán pronto en saco roto. Los dos principales dirigentes, Laura Borràs y Jordi Turull no tienen cargos institucionales. La capacidad de debilitar a ERC en el Parlament pasará, además, por votaciones de la mano de adversarios como el PSC. Sin elecciones catalanas a corto plazo, la travesía del desierto se antoja dura.

El reto de las municipales

Antes del verano, Jordi Turull tenía claro que el partido debía centrar el curso político en las elecciones municipales, el principal reto electoral tras los comicios catalanes en los que Junts quedó en tercera posición si bien con solo un escaño menos que ERC y el PSC. Las municipales son clave para un partido nuevo, que incorpora parte de la genética convergente, que no es otra que la de la capilaridad del poder territorial. La intención era fichar a todos los alcaldes y alcaldables del PDECat ofreciéndose como un proyecto con acceso al poder de la Generalitat, influencia y proyección. Ahora pesa un interrogante sobre esta operación, y a ello hay que añadir que el partido no cuenta casi con ninguna presencia en el área metropolitana de Barcelona y tiene pendiente escoger candidatura la capital catalana, donde Xavier Trias se prepara para ser candidato de nuevo, y también en Girona, que es hoy la principal ciudad gobernada por Junts.

La política de alianzas

Con el portazo a ERC, Junts cierra también la posibilidad -pese a que en política el «nunca jamás» dura pocos días- de llegar a acuerdos de calado con los republicanos. El PSC sigue estando vetado por los de Turull -lo firmó en la campaña del 14-F- pese a que se mantendrá en el gobierno de la Diputación de Barcelona que presiden los socialistas- por lo que el margen de pactos de JxCat se estrecha cara al futuro. Esto por ejemplo puede afectar a las expectativas de Xavier Trias en Barcelona, si el posible candidato de Junts obtiene un resultado que le permita entrar en alguna combinación de gobierno. ¿Tendría manos libres del partido para pactar con ERC, pocos meses después de renegar de los republicanos, o con el PSC? O dicho al revés: ¿querrá Ernest Maragall, candidato republicano, tender la mano a Trias antes que a Ada Colau? Los que han criticado duramente la salida del Govern consideran que Junts ha de recuperar cuanto antes centralidad política porque de lo contrario puede quedar orillada en tareas de oposición.

La unidad independentista y el CdR de Puigdemont

Una de las exigencias a ERC por parte de Junts era constituir un órgano de unidad estratégica independentista. Con la ruptura, esta posibilidad queda más lejos que nunca, así como todos los intentos de coordinar la hoja de ruta soberanista entre partidos y entidades como la ANC y Òmnium, así como el Consell de la República (CdR) que lidera el ‘expresident’ Carles Puigdemont, de Junts. El partido de Turull también exigía a los republicanos ir de la mano en el Congreso, algo que si antes ERC rechazaba -alegando que dispone de 13 diputados frente a los 4 de Junts- ahora lo hará con más convicción tras la salida de Junts del Govern.

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Respecto al CdR, otro tanto: si ERC y la CUP lo veían hasta ahora como un organismo privado en manos de Junts sin legitimidad para albergar el pensamiento de todo el independentismo, al constatar como Puigdemont y Toni Comín -número dos del Consell y también de Junts- se han dedicado a tareas de partido para forzar la salida del Govern, los republicanos todavía concederán menos relieve político a este ente que trata de constituirse en algo así como un Parlament bis comandado desde el exterior de Catalunya. Añádase a ello que en la conmemoración del referéndum del 1-O Puigdemont clamó contra la estrategia de ERC y la expresidenta del Parlament, Carme Forcadell, que pasó tres años en la cárcel por el sentencia del referéndum, recibió abucheos.

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