Se acercan las fiestas y no son pocos los que necesitan de un pequeño descanso -físico pero también mental- para recargar energías. Para aquellos que buscan en las ficciones un respiro o para quienes tengan ganas de darse una vuelta por el cine, dentro de los destacados de la semana resaltan No quiero ser polvo en salas y Los renglones torcidos de Dios y Glass Onion para ver por streaming.

No quiero ser polvo. La historia de esta película está basada en hechos reales ocurridos en la década del 90. Así lo reveló su director, el mexicano Iván Löwenberg, también parte del elenco, en el rol del agobiado hijo de una mujer obsesionada con el new age que se aferra al pronóstico de una teoría catastrófica y sin fundamentos que además predica con esmero entre sus familiares y allegados como una profecía indiscutible.

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Hay una evidente pulsión de muerte en ese personaje que Bego Sainz interpretó con una solvencia admirable a pesar de que no tenía ninguna experiencia previa en cine –expresa Alejandro Lingenti en su crítica-. Su obstinación, apoyada en la fe ciega que le exige esa “comunidad espiritual” (por denominarla de algún modo genérico), produce inquietud, incomodidad y resquebrajamientos en su entorno. Sobre todo porque en los hechos funciona con la lógica de una secta, e incluso lisa y llanamente como un negocio opaco y lucrativo. El film, una coproducción entre México y Argentina (en el reparto hay tres actrices de nuestro país: Anahí Allué, Agustina Quinci y Romina Coccio), trabaja muy bien ese clima denso que se acentúa todavía más en un final sugestivo.

Resuenan los ecos de la fiebre planetaria por la amenaza del Y2K y otros vaticinios bizarros que en el pasado insólitamente funcionaron en el imaginario de muchísima gente sin justificaciones racionales, creencias inspiradas por el pensamiento mágico que hoy, en la era de las redes sociales y las fake news, también hacen pie en el terreno de la política.

Nuestra opinión: buena.

Los renglones torcidos de Dios. En su ingeniosa novela El misterio de la cripta embrujada, publicada en 1978, el escritor catalán Eduardo Mendoza ofrecía una inteligente alquimia entre su pasión por la serie negra y su evocación del esperpento español, escrita en un lenguaje franco y sin medias tintas. La astucia del autor consistió, en su momento, en leer el posfranquismo desde el juego paródico con el policial, que le autorizaba la pesquisa sobre la desaparición de una niña en un internado de monjas lazaristas por parte de un marginal preso en un manicomio. Un año después, Torcuato Luca de Tena publicaba una de sus novelas más célebres: Los renglones torcidos de Dios, una sintomática mirada sobre la locura en ese cambio de época que trajo la muerte de Franco y la transición democrática. Vista hoy –explica Paula Vázquez Prieto en su crítica-, la diferencia entre ambos es que Mendoza observa con ironía y un genuino respeto por la tradición popular lo que el marqués Luca de Tena escudriña con el ceño fruncido, la esperada desconfianza ante los nuevos vientos y un claro intento de elevar su narrativa hacia un lugar de importancia que él mismo se otorga.

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Ahora bien, el interrogante es qué hace Oriol Paulo -director fogueado en misterios y vueltas de tuerca desde el éxito de Contratiempo (2016)- con ese material de origen. Lo cierto es que lo conduce al terreno que mejor le sienta, afirmado en una puesta en escena prolija y funcional, algunas buenas actuaciones, y los recursos habituales de este tipo de narrativas: flashbacks espejados, ambientes opresivos y carcelarios, música insistente. El punto divergente con la fuente literaria se origina en el peso de la locura en el relato, eje que Luca de Tena investigó con fruición siguiendo la psiquiatría de su época –de hecho se hizo prologar por un médico especialista- y que en el armazón de Paulo es un efectivo truco de prestidigitador para esconder sus cartas. Si en la novela la ambigüedad de lo que sucede se sostiene en términos metafísicos y no solo narrativos –esta idea de la escritura torcida de Dios como aprendizaje para la correcta, que se puede entrever en el razonamiento del autor-, en la película es apenas una estrategia para despistar al espectador sobre el camino posible de su resolución.

Nuestra opinión: buena.

Glass Onion. En 2019, Entre navajas y secretos (Knives Out) resultó una muy disfrutable sorpresa, con su constelación de astros y estrellas, y su homenaje a las películas de misterio corales de la década del 70 y 80, casi siempre basadas en relatos de Agatha Christie (Muerte en el Nilo, Asesinato en el Expreso de Oriente o El espejo roto, entre otras). Muy lejos del esmoquin de James Bond, Daniel Craig daba los primeros pasos como un nuevo ícono del cine policial: el detective Benoit Blanc, una suerte de primo lejano de Hercules Poirot, menos elegante pero igualmente efectivo. Glass Onion: un misterio de Knives Out no es una continuación de aquella historia, pero sí un nuevo caso en el que Blanc deberá demostrar otra vez que es el mejor en lo suyo.

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Miles Bron (Edward Norton) es un multimillonario que anualmente invita a su grupo de amigos de la juventud a pasar un fin de semana en su isla privada, y participar de juegos de misterio creados para la ocasión. Son de la partida Birdie (Kate Hudson), Duke (Dave Bautista), Andi (Janelle Monae), Claire (Kathryn Hahn) y Lionel (Leslie Odom Jr.). Contra todo pronóstico, y por motivos que se revelan promediando el film, se suma al grupo Benoit Blanc. La idea de Miles es fingir su muerte para que sus invitados tengan que especular quién pudo haber sido el asesino. Pero el pasado oscuro del grupo, sumado a la dependencia y las cuentas pendientes que hay entre ellos, le brindará a la idea del anfitrión un trágico baño de realidad.

Rian Johnson, director y guionista de ambas entregas, ha buscado darle a esta segunda entrega de lo que ya se puede adivinar como saga, una estética diferente a la de su predecesora, sin por ello traicionar los elementos que sumaron al éxito de esta. Y el resultado es más o menos auspicioso –explica Guillermo Courau en su crítica-, según el cristal con que se mire.

Nuestra opinión: buena.

LA NACION

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