En 2019, cuando de la pandemia todavía ni noticias, La uña rota, una editorial independiente española, publicó una joya, un documento histórico, uno de esos hallazgos en apariencia pequeños, en realidad enormes. El libro no solo reproduce unos 60 dibujos realizados por niños y niñas de entre 8 y 14 años durante la Guerra Civil Española; también da testimonio de un momento muy particular en cuanto a la recepción internacional de aquella tragedia.

En plena contienda, cuando los bombardeos de la aviación alemana –uno de los países aliados de Franco– asolaban las regiones que permanecían bajo el control de la República, y cuando el espectáculo de la población civil bombardeada aún era una terrible novedad para Occidente, el gobierno republicano organizó colonias en zonas alejadas de las grandes ciudades, adonde se enviaron contingentes de niños de todas las edades. Se buscaba preservarlos de la maquinaria bélica que venía destrozando sus casas, sus familias, su vida entera.

En esas colonias, los niños, claro, dibujaban. Y en esos dibujos –como en los que cada tanto circulan hoy, llegados de Ucrania–, con esos trazos y desde esa mirada infantil, la guerra asomaba con su rostro más crudo

En esas colonias, los niños, claro, dibujaban. Y en esos dibujos –como en los que cada tanto circulan hoy, llegados de Ucrania–, con esos trazos y desde esa mirada infantil, la guerra asomaba con su rostro más crudo.

En 1938, mientras el final trágico de la contienda española se insinuaba a la vuelta de la esquina, intelectuales simpatizantes de la República publicaron en Nueva York, encuadernada con tapas de cartón y espiral, una selección de aquellos dibujos infantiles. Se titulaba ¡Y todavía dibujan!, contaba con una introducción de Aldous Huxley, y es el material que La uña rota recuperó hace tres años.

“Es un placer considerar estos dibujos infantiles como obras de arte –escribió Huxley, cuando los aullidos de la guerra atronaban en España y amenazaban al resto de Europa– pero también es nuestro deber recordar que son signos de los tiempos, síntomas de nuestra civilización contemporánea”.

Recordé estas palabras, aquellos niños, ese libro, al descubrir que Rosa Rosae, el cortometraje de Carlos Saura, está entre las últimas películas subidas a la plataforma Mubi.

Nacido en 1932, a Saura el adjetivo “incansable” le queda bien. Este año lo inició con la presentación de Goya: 3 de mayo, cortometraje sobre el pintor aragonés; luego, presentó el documental Las paredes hablan en el Festival de San Sebastián. El año pasado, en la apertura de ese mismo festival, tocó la presentación de Rosa Rosae.

En este corto solo hay dibujos. Y una canción de José Antonio Labordeta, que da título a la película y que entre otras cosas dice: “El recuerdo final por los muertos, la última Guerra Civil, así crecí. Dulcemente educado en tardes de pavor, conteniendo la risa, el grito y el amor”.

Rosa Rosae alude a alguna clase de latín en alguna escuela religiosa, en los largos y opresivos años de la posguerra. Pero por sobre todo alude a la infancia que creció mirando el cielo, aterrorizada por la muerte que caía desde lo alto; niños y niñas que aprendieron a ser puro ojo y callar cuando a su alrededor solo había desconcierto, hambre, pánico, persecuciones, privaciones y, para muchos, la aspereza del exilio.

Saura y Labordeta fueron esos niños. En su film, Saura encabalga imágenes rescatadas de su archivo fotográfico e intervenidas con carboncillo. Por momentos, uno cree estar viendo dibujos infantiles; hay algo entre ominoso y profundamente triste en la sucesión de rostros, situaciones, seres anónimos a los que Saura otorga universalidad.

Niños en medio de la guerra. Infancias aplastadas por algo demasiado fuera de medida. Niños que hasta el fin de sus días llevarán ese poso de dolor: una astilla secreta, hincada en lo más profundo. Lacerante. Permanente.

Rosa Rosae nos habla a los hijos de esos niños. ¿Qué hacer con un dolor tan definitivo? ¿Cómo abordar lo indecible de ese legado? La obra de Saura, el nonagenario que no para de crear, es una posible respuesta.

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