Fue la ópera prima de un director que tuvo tanto éxito con esta película, que luego estuvo obligado a encontrar ideas semejantes para continuar explotando ese suceso inicial. También consiguió para el gran público dar a conocer el documental y que quedó con el sitial simbólico del primer largometraje del género dentro de la historia del cine. Si bien los ejemplos abundan sobre otros trabajos previos a Nanook, el esquimal, que celebra su centenario y cuya copia restaurada se exhibe en la Semana Internacional de Cine de Valladolid-Seminci, es importante destacar que solo en la Argentina el valor documental de El último malón (1917, Alcides Greca); o el trabajo comenzado en 1915 por el sacerdote salesiano Alberto María de Agostini que se estrenó recién en 1933 como Terre magellaniche, dan cuenta de las muchas labores presentes en la materia que hacen que el trabajo de Robert Flaherty no sea pionero. Jorge Miguel Couselo, Guillermo y Paulina Fernández Jurado sostuvieron que El último malón era, en efecto, el primer documental. “¿Hasta dónde el mínimo de ficción que Alcides Greca se permitió perjudica al documental? No en mucho”, sostenía Couselo en un análisis que en el caso de Flaherty es diametralmente opuesto.

Nanook, el esquimal fue de un impacto tan rotundo y es realmente “cultural, histórica y estéticamente significativa” (tal como definió la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos al seleccionarlo para el National Film Registry), que bien vale detenerse en su historia, su leyenda, y en el rodaje de un documental que quedó como capital en la historia del cine. Y su autor como seguro difusor de la docu-ficción.

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Todo comenzó en 1910 cuando Robert Mackenzie contrató a Flaherty para una exploración de la Bahía de Hudson y eso permitió que tuviera el primer contacto con los esquimales. Entusiasmado por lo que veía, y a instancias de Mackenzie, tres años más tarde rodó miles de metros de película que luego se perdieron en un incendio en la sala de montaje. Aunque consideró a esa primera aproximación al cine demasiado primaria, Flaherty reelaboró conceptos anteriores y recomenzó con el proyecto de rodar la vida de los esquimales cuando tenía menos de 30 años. Para hacerlo consiguió que una empresa peletera, Revillon Frères, pagara la excursión y todos los costos de un rodaje que transformaba la cruda realidad en un candoroso modelo de ficción.

Habían transcurrido varios años ya en contacto con los “Inuit”, cuando Flaherty regresó a Puerto Harrison, Quebec, el 15 de Agosto de 1920 con dos cámaras cinematográficas para retratar la vida de Allakariallak, quien personificó a Nanook en la película y con quien había convivido desde la época de sus primeras filmaciones. La historia que presenta el documental sigue la vida de Nanook mientras junto a su familia buscan la supervivencia en condiciones extremas en el norte de Canadá. Pero en el tratamiento que Flaherty hace de la vida de los “esquimales” es donde se desata la controversia.

Esto sucede porque en el momento de su estreno la “impresión de realidad” del film oculta la construcción narrativa que Flaherty incluyó en la película y que hizo cambiar muchos elementos “reales” por la historia representada. Como se ha señalado, Nanook no se llamaba así sino Allakariallak pero más insólito es que Nyla, la esposa del aguerrido cazador esquimal, no era tal. En la realidad, amante de Flaherty, Nyla actuó su vínculo familiar con Nanook guiado por la mirada del realizador que, según Julia Emberley en Desfamiliarización de los aborígenes: prácticas culturales y descolonización en Canadá, también tenía a Cunayou –la otra mujer de la película- como amante. Poco después de dejar la helada región que le daría celebridad en la pantalla grande, Flaherty se convertía en padre gracias a Nyla de un hijo que nunca reconoció.

Una imagen del documental Nanook, el esquimal, de Robert Flaherty
Una imagen del documental Nanook, el esquimal, de Robert Flaherty

Pese a su extraordinaria labor en condiciones extremas, Nanook, el esquimal también es la crónica de un relato engañosamente planificado. Y así hizo que su cazador estrella dejara el rifle que utilizaban comúnmente para cazar y volviera a utilizar el arpón que era común a sus antepasados. O concretar la construcción del inglú familiar de mayores dimensiones y cortado en su extremo para que la luz pudiera entrar en su interior y permitiera filmar la acción. Prodigio técnico de entonces, al no poder utilizar artefactos de iluminación Flaherty se valió del reflejo luminoso del hielo para poder concretar las tomas de su obra célebre. Además, salvo en el montaje donde Flaherty contó con la colaboración de Charles Geib, todos los rubros técnicos le correspondieron. Eso sumado a imágenes nunca vistas de un rincón del mundo de manera sorprendente convirtieron a Nanook, el esquimal en un éxito inmediato y a su realizador en un nombre requerido por la industria hollywoodense luego del estreno en el Capitol Theater de Nueva York donde, en rigor, se presentó como complemento de El mimado de la abuelita, del exitoso Harold Lloyd.

Contratado por Paramount, Flaherty insistiría en su modelo documental con Moana (1926) filmada en Samoa, luego realizó cortos documentales, participó en proyectos que no prosperaron y se unió a F.W. Murnau para colaborar con Tabú (1931) rodada en Tahití, que conocía muy bien por su película Sombras blancas de los Mares del Sur. El vínculo entre ellos no fue el mejor y Flaherty se retiró del proyecto. Consiguió con El hombre de Arán (1934) volver a las fuentes de su cine sumido en escenarios naturales, en las tradiciones y la lucha del hombre en la naturaleza. Fue su último proyecto relevante aunque obtuvo una nominación al Oscar al mejor guion por su anteúltima película Louisiana Story (1948) con la que conquistó su tercer premio en el Festival de Venecia, nunca más consiguió el impacto de su venerada ópera prima.

Nanook, el esquimal se encuentra disponible en MUBI.

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