15 de enero de 202300:25

Ignacio Zubizarreta

Juan Manuel de Rosas fue uno de los personajes históricos más polémicos e interesantes de la historia argentina. Gobernó la provincia de Buenos Aires con mano de hierro entre 1829 y 1832, y luego entre 1835 y 1852. Tuvo un poder y una influencia que sobrepasaron los límites de la geografía bonaerense: extendió su dominio al resto de las provincias argentinas e incluso a otros países de la región.

En este breve ensayo, quisiera resaltar la importancia y el rol que tuvieron sus enemigos en la propia construcción del orden rosista, pues estimo que Rosas y su régimen fueron, de algún modo, resultado de su reacción hacia sus múltiples y poderosos antagonistas.

El historiador Jorge Myers señala en su obra Orden y virtud que el régimen rosista no se conformó de un día para el otro; en su lenta construcción –dice– no hubo plan preconcebido y se fue gestando con parches, al calor de los acontecimientos. Rosas logró adaptarse a la forma de sus adversidades. Gran gestionador de problemas, readecuó constantemente su acción y su discurso en función de las necesidades más imperiosas de cada momento. Fue, sobre todo, un hombre de un gran pragmatismo. Su prioridad nunca consistió en imponer un estricto orden “federal” en ese difuso país que era la Argentina por entonces, sino volver a un período de orden, de estabilidad social, política y económica luego de años de guerras y gobiernos efímeros.

Para poder alcanzar su cometido, Rosas necesitó de más poder, de más recursos, de más violencia, en una suerte de espiral que parecía no tener fin. Generó así un engranaje que no podía frenarse. Inmerso en esa dinámica fue juntando enemigos, cada vez en mayor número, cada vez más poderosos; dentro de Buenos Aires, fuera de ella y en casi todos lados.

Cuando hacemos referencia a los enemigos de Rosas sabemos que no fueron solo los unitarios, es decir, los antiguos seguidores de Bernardino Rivadavia, José M. Paz o Juan Lavalle. Tuvo enemigos frontales. Dentro de este grupo fácil de distinguir estaban los federales disidentes, liberales, también llamados lomos negros; y los célebres integrantes de la Generación del 37. Sin embargo, tan duros en la confrontación como estos fueron sus enemigos “ambiguos”, como por ejemplo muchos de los gobernadores de provincia en teoría aliados a Rosas, pero que podían revelarse algún día. No olvidemos que el régimen rosista se derrumbó, a la postre, por la desafectación de uno de ellos.

Tampoco olvidemos a los mandatarios de los países vecinos (Perú, Bolivia, Chile, Paraguay, Uruguay y Brasil), y de las grandes potencias marítimas de la época (Francia e Inglaterra), que eran enemigos o amigos circunstanciales, según la coyuntura, y de los cuales Rosas no se fiaba. Además estaban aquellos que iban y venían (los llamados, en términos de época, veletas), que cambiaban de bando según cómo soplaba el viento.

Por último, y conformando lo que quizá era la inmensa mayoría, estaban los que lo odiaban en silencio. Aquellos que no se exiliaron por no separarse de su familia, su trabajo y su tierra. Los que padecieron su régimen y podrían haber estado dispuestos a rebelarse bajo ciertas condiciones. Aunque muchos no se atrevían a manifestarse contra su gobernador, que gozaba de un aura de invencibilidad e inmovilizaba por el terror que despertaba.

Cada uno de estos enemigos obligó a Rosas a tomar decisiones diferentes, particulares en cada caso, lo que fue moldeando de manera progresiva las características de su régimen. Su gobierno fue tomando forma al calor de esas decisiones puntuales, algunas de las cuales el gobernador repetía porque se mostraron eficaces para anular las acciones de sus adversarios.

Desde el plano discursivo y la llamada guerra de opinión, las confabulaciones y conspiraciones imaginarias –y no tanto– que denunciaba el régimen obraron como uno de los principales sustentos argumentativos para justificar las políticas represivas de Rosas. Gracias a ese enemigo “unitario” siempre conspirando, el gobernador de Buenos Aires exigía una y otra vez poderes extraordinarios para mantener el orden. La imagen que Rosas pretendía proyectar del unitarismo le fue instrumental y sirvió para aumentar la cohesión de su grupo y justificar muchas de sus políticas.

En un escenario tan inestable como el del Río de la Plata a fines de la década de 1820, cuando Rosas asumió por primera vez el poder, existía una sociedad predispuesta para la recepción de un discurso conspirativo. Las teorías conspirativas, al atribuir la causa de eventos negativos a un poderoso y maligno grupo enemigo, ayudan a las personas a asimilar situaciones complejas y adversas de difícil comprensión. Si bien Rosas no inventó el discurso conspirativo, lo hizo más sofisticado y lo estiró en el tiempo.

Este discurso circuló de boca en boca, aunque sabemos más de él por lo que nos legó la prensa militante. La represión interna y la guerra abierta contra otras fuerzas armadas tuvieron un grado de eficacia muy importante gracias al sostenimiento y la propagación permanente de ese tipo de discursos.

La mayoría de las malas relaciones que tuvo Rosas con otras provincias y otros países se debió principalmente a que el gobernador consideraba que sus gobiernos eran condescendientes con los “unitarios” que allí se refugiaban. Pero a pesar de que tuvo adversarios poderosos en el exterior, siempre temió más los movimientos subversivos que pudieran urdirse en el epicentro de su poder: Buenos Aires y la campaña.

El temor al enemigo interno era el que más lo desvelaba. La célebre conspiración del teniente coronel Ramón Maza es un buen ejemplo. Pero, por varias razones y una cuota de azar, las conspiraciones nunca prosperaban. Rosas tenía una red de informantes muy extendida y aceitada, y podía anticiparse a ellas. Ninguno de los intentos por removerlo del poder parecía dar sus frutos. Esto también pesó en sus adversarios.

Además, sus opositores no supieron coordinar acción. Recelaban entre ellos, pues venían de distintas facciones, o competían entre sí y alimentaban viejas rencillas. Así, fortalecieron a Rosas. En 1939, la conspiración de Maza, que murió fusilado, no tuvo apoyo externo y solo un tímido soporte local. Poco después, el levantamiento de los Libres del Sur, algo prematuro y aislado, no logró contar con la colaboración de Uruguay, Francia o de las provincias del norte, las que se sublevarían más tarde. A pesar de lo avanzadas que estuvieron las negociaciones entre las partes, Francia no prestó ayuda significativa al ejército de Juan Lavalle; tampoco lo haría Rivera, presidente de Uruguay. Los tres generales más importantes de las fuerzas antirrosistas (Juan Lavalle, José M. Paz y Gregorio Aráoz de Lamadrid), paradójicamente nunca lograron combinar sus ejércitos para potenciar la magnitud del golpe. De tantas frustraciones fue surgiendo una idea que refleja más que nada la desesperación y la impotencia de los antirrosistas: la del magnicidio.

A fines de 1841, en Uruguay salió a la luz un periódico titulado Muera Rosas, que irrumpió con propuestas más audaces. Promovía lisa y llanamente el asesinato del gobernador bonaerense. En 1843 se publicó una obra titulada Es acción santa matar a Rosas. Escrita por el poeta y periodista José Rivera Indarte, no solo invitaba a tomar el puñal para asesinarlo, sino que introducía un argumento sobre la supuesta eficacia de la idea: “Es cien veces más fácil matar a Rosas que conspirar contra él. El tiranicida que se fía en sí solo puede estar cierto de que no habrá quien lo traicione; el conspirador no puede estar seguro en un país envilecido por la tiranía, ni aun de su propio hermano”. Durante el otoño del régimen se lo intentó: una de esas tentativas consistió en la introducción de un pastel envenenado en casa del Restaurador; la víctima terminó siendo un perro.

En marzo de 1841, en otro intento de asesinar a Rosas, el gobernador recibió una caja cerrada con supuestas medallas, a modo de presente; tenía un dispositivo interno de pequeños cañones que debían activarse súbitamente cuando el incauto abriera la caja. El extraño artefacto, que hoy se puede ver a través de una vitrina en el Museo Histórico Nacional, fue descubierto antes de estallar. Así, el magnicidio tampoco funcionó.

La caída del régimen de Rosas no se debió solo al levantamiento de Justo José de Urquiza cuando promediaba el siglo XIX. Existieron un cúmulo de experiencias pasadas, aprendizajes, caminos truncos, antecedentes útiles y actores más avezados y mejores preparados que fueron preparando ese momento.

Uno de estos actores, sumamente relevante, fue el unitario Florencio Varela, quien se había transformado en el centro gravitante del antirrosismo en suelo oriental. Además de su rol como consejero de Lavalle y otros militares, logró aunar al unitarismo con los miembros de la Generación del 37 con el fin de generar políticas efectivas contra el rosismo. Buscó, para eso, la cooperación de Uruguay y de las potencias exteriores. Contó con los contactos de una dilatadísima red en la que se incluían las agrupaciones antirrosistas en otros puntos del exilio, como las lideradas por Anselmo Rojo y Wenceslao Paunero en Bolivia, y de la Comisión Argentina en Chile. Influyó profundamente en la opinión pública de ese tiempo por medio del periódico El Comercio del Plata. En 1846, Esteban Echeverría y Florencio Varela invitaron a Urquiza a plegarse del lado de la “civilización” y a organizar una alianza en favor del libre comercio y de la navegación de los ríos. En 1850, las diferencias entre Urquiza y Rosas ya no tenían vuelta atrás.

De este modo, y cuando parecían no quedar alternativas, la conspiración llegó puertas adentro del más rancio federalismo. Urquiza, principal espada de la Confederación Argentina y gobernador de Entre Ríos, armó secretamente una trama de alianzas y cuando tuvo certeza de su capacidad de acción y de un posible desenlace favorable, se animó a levantarse finalmente contra Rosas. Pudo lograr la confluencia de todos los factores que antes habían estado disgregados: la unidad entre las facciones antirrosistas, el apoyo internacional y una base local con una milicia provincial poderosa, sostenida por un estado organizado.

Solo la unión de todos esos eslabones pudo dar por tierra a un régimen que había durado demasiado. Y que, sin dudas, se había modelado gracias a la existencia misma de esos enemigos contra los que Rosas combatió por más de veinte años. Y si nunca logró la estabilidad anhelada debido a la situación de guerra permanente, al decir de Sarmiento, esa violencia no fue toda en vano. Colaboró en la tarea de recortar el poder de los caudillos del interior y facilitó la gestación de un futuro gobierno de unificación nacional.

Ignacio Zubizarreta es doctor en Historia, investigador del Conicet; coeditor de Caseros. La batalla por la organización nacional (Sudamericana)

Ignacio Zubizarreta

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