13/10/2022 a las 14:07 CEST

La científica dominicana explica cómo, pese a sus humildes orígenes, logró una prestigiosa beca en la NASA y contribuyó al estreno de las imágenes del James Webb

Cuando era pequeña, Rose Ferreira aprovechaba los apagones para mirar las estrellas. En su ciudad natal, en el corazón de la República Dominicana, los cortes de luz eran frecuentes y ella, en medio de la oscuridad, posaba sus ojos sobre el cielo y se hacía preguntas sobre el universo. Años más tarde, la joven dominicana se trasladó a Estados Unidos en búsqueda de oportunidades, acabó viviendo en la calle y, una vez más, encontró consuelo mirando los astros. Esos momentos inspiraron a la joven para estudiar astrofísica y ahora, en los albores de su carrera, la científica relata con orgullo cómo pese a todo consiguió una prestigiosa beca en la NASA y contribuyó a la presentación de las primeras imágenes del telescopio espacial James Webb.

La astrofísica dominicana explica su historia con la valentía de quien ha sobrevivido a un infierno para llegar donde está. «Quiero hablar de mis orígenes porque hay que romper el tabú. Siempre nos dicen que hay un solo camino para conseguir el éxito y que si no estás siguiendo esos pasos no conseguirás nada. Y no. No es así. Hay muchas maneras», relata la científica. «Ojalá cuando era pequeña hubiera leído la historia de alguien como yo. Me habría inspirado a seguir adelante en los momentos más duros», explica Ferreira en una conversación con EL PERIÓDICO, del grupo Prensa Ibérica.

En busca de mejor vida

Rose se crió en un hogar donde le decían que para una mujer lo más importante era aprender a cocinar, limpiar y ser una buena esposa. «Cuando mostraba curiosidad por algo o decía que quería estudiar me daban pelas [pegaban] y me decían que eso era cosa de hombres», explica. La presión por ser «la mujer perfecta» la abocó a una relación abusiva cuando todavía era muy joven. Logró escapar de esa situación, pero su familia le dio la espalda. Entonces decidió emigrar a Estados Unidos en busca de mejor vida. Y sobre todo, de un lugar donde saciar sus sueño de aprender.

Llegó a Nueva York cuando tan solo tenía 17 años. Y de golpe, aun siendo una niña, se vio sola en la gran manzana. «Acabé viviendo en las calles de Manhattan. Durante el día hacía lo que podía para estudiar y buscarme la vida. De noche dormía escondida detrás de una columna del puente. O en los vagones del tren, despertándome cada hora para cambiarme de sitio por miedo a ser violada o arrestada«, relata. «En los momentos más duros miraba la Luna y me distraía pensando en cómo debía ser», explica. 

Un día, mientras dormía a la intemperie, se puso a hojear uno de los periódicos con los que se tapaba. Allí encontró un anuncio en el que buscaban cuidadores para personas mayores y enfermas. Se aseó en un baño público, fue a la entrevista y, contra todo pronóstico, consiguió el trabajo. «Me aseaba en los lavabos públicos y me aliviaba pensar que en el trabajo tenía que llevar uniforme, porque apenas tenía ropa», explica. «Era un trabajo duro y precario, pero me ayudó a ahorrar plata«, añade.

Con unos pocos ahorros a sus espaldas, Ferreira reunió lo necesario para matricularse en una universidad. Arrancó así sus estudios en astronomía y ciencias planetarias. Durante un tiempo, compaginó estudios y trabajo hasta que consiguió graduarse. Todo parecía ir por el buen camino hasta que un día, mientras volvía del trabajo, un coche la atropelló. Durante los exámenes médicos también le detectaron células cancerígenas y allí tuvo que empezar un tratamiento oncológico. «Sé que suena muy duro, pero cuando has pasado por tantas cosas como yo ves estos obstáculos y solo piensas en cómo superarlos«, explica.

El sueño de una vida

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La historia de esta joven astrofísica empezó a cobrar un poco de luz cuando, contra todo pronóstico, consiguió una prestigiosa beca en la NASA. El departamento de comunicación, bajo el mentorazgo de Wade Sisler, Thomas Zurbuchen y la española María José Viñas, la fichó durante unos meses para ayudar con la divulgación de las primeras imágenes del telescopio espacial James Webb. «La primera vez que vi esas imágenes me emocioné mucho. Y no solo porque lo espectaculares que eran. Me conmovió mucho recordar todo lo que había pasado para llegar hasta allí«, comenta.

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