20/12/2022 a las 08:36 CET

El cantautor catalán culmina su trayectoria en los escenarios, dejando la puerta abierta a seguir grabando canciones

Joan Manuel Serrat anunció que se bajaba de los escenarios y en seguida nos dimos cuenta de que no se trataba de ninguna artimaña promocional sino de un paso al lado cargado de simbolismo. Quizá exageramos hoy en día cuando por cualquier cosa hablamos del fin de una era (o del mundo), pero su retirada nos invita al examen de conciencia colectivo y al balance de un modo de entender la vida a través de la canción como arte popular y culto, de preciso trazo poético y enaltecedor del espíritu.

Fue hace un año cuando Serrat destapó esa gira de despedida, ‘El vicio de cantar 1965-2022’, sin prórroga ni subterfugio posible, con estación final en el Palau Sant Jordi el viernes 23 de diciembre, concierto al que sumarían otros dos (20 y 22). Un adiós no muy lejos de allí donde empezó todo, la calle Poeta Cabanyes, de Poble Sec, que lo vio nacer hace casi 79 años (los cumplirá el día 27). Bendita tournée, esta, que le ha visto redoblar fechas y aforos allá donde ha ido, en España y en las Américas, con repertorios cambiantes y enciclopédicos (maneja unas 70 canciones de las que cada noche suele elegir entre 22 y 24), tratando de abarcar himnos y filigranas, poesía propia y ajena (también suya y de todos), con esas composiciones que hacen fácil lo difícil y que logran interpelar a multitudes a través de la cavilación personalísima.

Voz entre las ruinas

Serrat ha contado que el amor al oficio lo fue cultivando a medida que se metía en harina, él, que un día se imaginó un futuro como perito agrícola, estudios que desvelan una sensibilidad por la naturaleza que se filtraría en su obra. En las primeras estaciones, el cancionero deslizaba un apetito de vida (‘Ara que tinc vint anys’) conjugable con el aprecio del paisaje y la cotidianidad menestral, con una atención por ciertos personajes de los márgenes (‘El drapaire’ y ‘Els titelles’, ‘La balada per a un trobador’ y ‘La tieta’), tratados con suma ternura, y donde se respiraba un pasado y unas heridas de las que emerger con todo el ímpetu juvenil. En su lenguaje musical se advertía la impronta francófona (Brel, Brassens, Aznavour), que en futuro se fundiría con otros influjos latentes, de la copla a la canción popular de ultramar (el tango, la crónica bañada en folklore de Don Atahualpa Yupanqui). Flotando en el ambiente, la memoria del descalabro: el padre, Josep, anarquista de la CNT; la madre, Ángeles, originaria del martirizado Belchite.

Serrat había atendido así a la llamada de Lluís Serrahima en su artículo ‘Ens calen cançons d’ara’ (revista ‘Germinabit’, 1959), alistándose como el 13º de Els Setze Jutges y comprometiéndose con la dinamización de la canción en catalán en pleno franquismo. Un veinteañero curioso, presto a hurgar en las tonadas de otro tiempo, acaso demodés, en el álbum ‘Cançons tradicionals’ (1968), de la mano de Antoni Ros-Marbà. No tardó en expresarse también en su otra lengua, la materna, el castellano, si bien tensó las cuerdas con el régimen al querer defender en catalán el ‘La la la’ de Arcusa y De la Calva en Eurovisión. Pero el álbum homónimo, conocido como ‘La paloma’ (1969), formalizaba el prodigio de un cancionista capaz de descollar en dos idiomas, caso insólito en la esfera internacional.

Poeta, melodista, intérprete

Hoy, muchos cantantes catalanes mezclan las lenguas en sus discos, pero Serrat siempre ha preferido reservar un álbum para cada una; un espacio mental, emotivo, propio (y, con matices, un mercado). Poco a poco, el Serrat de ‘Cançó de matinada’ (que, muy llamativamente, fue número uno en ventas en la España de 1966) o ‘Me’n vaig a peu’ condujo al de ‘Tu nombre me sabe a hierba’ y ‘Penélope’, y al hito de hitos ‘Mediterráneo’ (con el embriagador arreglo de Juan Carlos Calderón), y la simbiosis con los poetas en sus álbumes dedicados a Miguel Hernández y Antonio Machado. Serrat cantautor, presto al mimo de cada palabra, y Serrat melodista en estado de gracia, con un don para casar inflexiones poéticas y lógicas armónicas con ángel. Intérprete sentido, pero sin artificios, dotado para decir los textos con franca pulcritud.

Con todo ello, el trovador que podría haber sido objeto de un culto para minorías se acabó colando en categorías como la canción ligera o el pop. La música, poderoso carril por el que transmitir ideas, sentires y alta literatura. Siempre tratando de elevar la mirada, consciente de la repercusión pública de su arte (o artesanía, como él apunta con humildad), deslizando diferencias con los ídolos del escaparate comercial y replicando clichés: “La mujer que yo quiero / no necesita bañarse cada noche en agua bendita”, cantaba impugnando cierto ideal romántico de la femineidad.

Voz entre las ruinas

La etiqueta de cantautor se la ha tomado Serrat a veces con reservas, al tanto del halo político que la envuelve. Lo suyo siempre ha sido más amplio y diverso, si bien es cierto que, en el franquismo, no hacía falta hacer canción política para resultar político. Todo podía serlo, y una canción como ‘Fiesta’, celebración de la comunión popular más allá de las distancias ideológicas y de clase (donde planeaba la crítica ácida), excitó a la censura, que limó aristas libertinas del texto y forzó el cambio de las banderas “lilas” por “verdes”. El choque con el régimen ya fue frontal cuando, en septiembre de 1975, encontrándose de gira por México, Serrat denunció los últimos fusilamientos, que le costaron el exilio durante casi un año.

Fue premonitorio, ese tiempo de refugio mexicano, de sus lazos cada vez más estrechos con Latinoamérica, de sufrida emotividad en el Cono Sur, donde Serrat fue espejo y alimento anímico en pleno ciclo de golpes militares y dictaduras. Fogosos episodios de reencuentro: Buenos Aires, 1983, sellando un afecto mutuo en el Luna Park; Santiago de Chile, 1990, abarrotando el Estadio Nacional. La dimensión americana de Serrat se convertiría en troncal, reflejada en álbumes como ‘El sur también existe’ (con textos del uruguayo Mario Benedetti, 1985), o más adelante, el homenaje a boleros, tangos, milongas, rancheras y tonadas llaneras de ‘Cansiones’ (2000). Huelga decir que, al otro lado del Atlántico, es común haber tenido noticia de la existencia de la lengua catalana a través de Serrat.

El hilo de la ‘nova cançó’

Nunca dejó de volver a la lengua paterna, ya fuera invocando la “revolución de la poesía”, así la presentó, encarnada por Salvat-Papasseit (‘Res no és mesquí’, 1977), cantando a Barcelona y a la emergente Catalunya mestiza (‘Material sensible’, 1989) o metiéndose generosamente en el jardín (doble) de ‘Banda sonora d’un temps, d’un país’ (1996), ofrenda a sus colegas de la ‘nova cançó’. Y entregando algunas de sus más delicadas canciones de madurez, como ‘Cremant núvols’ y ‘Plou al cor’, en el álbum ‘Mô’ (2006), dedicado a la isla de Menorca, su madriguera frente al mundanal ruido. Obra de introspección, compatible con la alianza de tiros largos con su amigo y admirador Joaquín Sabina (que en los 90 le dedicó un tema, ‘Mi primo el nano’).

Y hasta aquí. O casi: Serrat deja la puerta abierta a seguir creando canciones y, tal vez, a grabar algún que otro disco. Pero es tiempo de apearse del escenario, estima, y de liberarse de más urgencias y compromisos de los indispensables. Serrat pasa página en su vínculo con el público (y con su mánager desde hace cinco décadas, José Emilio Navarro, ‘Berry’: asombrosa longevidad que nos recuerda que es hombre de largas fidelidades).

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Aunque en otros conciertos de esta gira ha contado ocasionalmente con invitados selectos (Maria del Mar Bonet, Sole Giménez, Rozalén), en Barcelona no desviará el foco de su figura y circunstancia. Noches de borrachera emocional se avecinan, pero que nadie piense que va a acudir a un funeral: el maestro no quiere drama ni melodrama, sino alegría y celebración por el camino andado. Que así sea.

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