Y la gente ocupó la ciudad de Buenos Aires. El festejo, la necesidad de compartir la alegría del regreso de la selección triunfante, desbordó las calles y fuimos testigos de esta muestra espontánea de fervor popular. Los drones sobrevolaban la ciudad y registraban esa masa de gente que cubría accesos, avenidas y puentes con una perspectiva que nunca antes habíamos tenido. Fueron imágenes inolvidables de gente que venía caminando mansamente desde muy lejos que nos llenaron de asombro y estupefacción.

Ya desde temprano fue evidente que el desborde de esos millones de personas embriagadas con el triunfo deportivo y sedientas de cercanía con sus héroes iba a ser imposible de manejar. El fervor colectivo fue in crescendo y produjo escenas que, promediando el día, eran inconcebibles, como una especie de carnaval anticipado con su cuota de alegría desenfrenada pero también, como supimos después, teñido de situaciones amenazantes y vandalismos debidos al consumo de alcohol y drogas.

Estaban también los apropiadores de lo que ven, como si el día festivo, la masividad y el anonimato invitaran y justificaran robos y saqueos. Se vio a uno que rompía una vidriera y se llevaba una moto mientras nadie hacía intento alguno de detenerlo. Y otras escenas delirantes, como la del que llevaba a la rastra un semáforo que vaya uno a saber cómo obtuvo, a modo de trofeo de guerra.

¿Cómo entender al que se tiró de un puente con el propósito de caer sobre el camión que llevaba a los jugadores, con tanta mala suerte que rebotó y cayó sobre el asfalto? ¿O a los que rompieron la puerta del Obelisco y se encaramaron en la ventanita de arriba con una bandera? ¿O a los trepados a semáforos, techos endebles, carteles que no soportaban su peso y se desmoronaban arrastrándolos en la caída? Muchos terminaron hospitalizados para reparar tanta rodilla, costilla, columna y cabeza fracturada. ¿Qué los llevó a esas conductas a todas luces suicidas? ¿Es que esos tristes y patéticos Ícaros sin alas se sentían omnipotentes, protegidos por escudos inviolables?

Tocar al protagonista. Llevarse en la piel algo de su fama. Estar más cerca. Ver al héroe. Llegar antes que los demás. Ser el primero. Estar más alto. Ganar. También quieren ser ganadores alguna vez, cuando no de un Mundial de fútbol, al menos entre su gente. Sobresalir del montón investidos con la cota del gladiador que ha vencido a los leones. Gestos dirigidos tal vez a los héroes deportivos, un “soy como ustedes, de la misma madera, también me animo a todo, ¿ven? Nada me es imposible, nada me da miedo, puedo sentarme a sus mesas, ser su amigo, soy su igual”.

Esbozo entonces la hipótesis de que esa conducta suicida tal vez encubra la identificación con el héroe, el deseo de emularlo en ese minuto inolvidable en el que vence la gravedad, la resistencia de los materiales, las alturas imposibles, y se eleva a un mítico estado de gloria que le abrirá las puertas a la eternidad. ¿Qué importa entonces una fractura o incluso la muerte si esa desmesura es el camino a la eternidad?

El héroe romántico se instaló en la cultura occidental en el siglo XIX. El Werther de Goethe delineó el camino trágico del héroe, los héroes no mueren de viejos, mueren jóvenes luego de la gesta que los inviste de honor y sella su memoria para toda la eternidad. En La vida de Galileo, Bertold Brecht le hace decir a Andrea: “¡Pobre el país que no tiene héroes!”, a lo que Galileo responde: “No, pobre el país que necesita héroes”.

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