“A mi familia”. Esa es la dedicatoria que salió de la boca de los recién consagrados campeones mundiales y se repitió una y otra vez. Obtenida la victoria, la frase se impone y confirma que, en medio del tsunami de emociones que embiste al plantel de la Selección argentina, los vínculos más cercanos están presentes. En días de gloria para el deporte nacional, jugadores y miembros del equipo técnico comparten la felicidad de la meta alcanzada con sus esposas, hijos, hijas, madres, padres. Somos testigos del llanto y el abrazo, y comprendemos que el triunfo en soledad no es tal, que el éxito no se concibe como una empresa individual: es algo que se concreta y se comparte con los demás, o no es.

De inmediato, ampliamos el foco y vemos cómo esos núcleos íntimos se ensanchan hasta ser comunidades, esas que evocan lugares de origen. Esas que se emparentan con imágenes, sonidos y sensaciones, con calles que se caminaron, terrenos que se pisaron y entornos que se habitaron. Es entonces cuando emerge el amor por la patria que nos acunó y vuelven a la conciencia pasajes de infancia en sitios recónditos de nuestra geografía, en localidades periféricas y en compañía de esos referentes que guiaron los primeros pasos. Marcas que difícilmente se borran y nos trasportan a aquellos escenarios de hazañas cotidianas que conservan el sabor de lo conocido, de lo entrañable, de los sueños apenas soñados.

La pertenencia sirve así de anclaje frente al desarraigo y el sinsentido. Porque saber de dónde venimos nos permite avizorar hacia dónde vamos y adónde queremos llegar. Si bien el trayecto está plagado de retos, de logros y fracasos, la llegada deja en evidencia cómo la voluntad humana puede torcer los condicionamientos. Contra todo determinismo social, las personas tenemos la capacidad de salir adelante. Aunque no somos ingenuos y notamos que las circunstancias pueden favorecer u obstaculizar el despliegue, tenemos responsabilidad individual sobre procesos y resultados. De ahí que encolumnar nuestro accionar sea el requisito formal de toda conquista.

Los campeones lo saben holgadamente. Porque es claro que al toque mágico del destino hay que adicionarle perseverancia y trabajo. Porque, en definitiva, esto tiene que ver con la práctica de la libertad personal, que nunca se da en abstracto, desvinculada, sino que está situada en tiempo y espacio. Parece una obviedad afirmar que, pese a las limitaciones, es posible plantarse, aceptar el desafío y avanzar en su realización.

Angela Duckworth, investigadora de la Universidad de Pennsylvania, advierte la importancia del GRIT, una amalgama de dos componentes: consistencia de interés y esfuerzo. Y destaca los beneficios de enamorarse de un propósito vital y movilizar los recursos para hacerlo realidad. Todos tenemos ese potencial, que está ligado a la resiliencia, esa capacidad de sobreponernos a las dificultades. Cuando el interés se torna pasión, se está en condiciones de alcanzar metas arduas. Basta pensar en cada uno de los integrantes de la selección campeona del mundo para validarlo.

Nada es gratis. A la suerte hay que encauzarla con empeño y sacrificio, comprometiéndonos y manteniendo ese compromiso firme a lo largo del tiempo. Los campeones lo saben. La foto del domingo viene a coronar un camino de entrega y coherencia de vida. Solo así son posibles las grandes gestas. La escalada a la cima y el retorno a las raíces, a los afectos, a los ámbitos que nos nutren de humanidad, para celebrar, fortalecernos y continuar.

Familióloga, especialista en educación, directora de estudios del Instituto de Ciencias para la Familia de la Universidad Austral.

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