PARÍS.– Fue un gesto más que suficiente para indignar a Vladimir Putin. El premio Nobel de la Paz fue atribuido ayer a tres símbolos de la defensa de los derechos humanos: la organización rusa Memorial, el activista bielorruso Ales Bialiatski y el Centro por las Libertades Civiles de Ucrania. “Honramos a tres defensores remarcables de los derechos humanos, la democracia y la coexistencia pacífica en tres países vecinos: Bielorrusia, Rusia y Ucrania”, anunció la presidenta del Comité, Berit Reiss-Anderse.

No hacía falta ser demasiado perspicaz para entender el significado de esa decisión: esta vez el Nobel de la Paz fue una feroz crítica a Putin y a su vasallo bielorruso, Alexander Lukashenko.

Antes de su disolución, ordenada por el Kremlin en diciembre de 2021, Memorial era una institución. Fundada en 1989 por el disidente y premio Nobel de la Paz Andreï Sajarov, la organización había adquirido reputación internacional multiplicando las investigaciones sobre las represiones de la época estalinista. También supo encarnar el despertar democrático cuando Mikhail Gorbachov lanzó la perestroika (reforma). Sus trabajos, basados en el examen de una cantidad enorme de documentos y fosas comunes, permitieron crear una lista de 2,6 millones de víctimas del gulag. Una memoria inestimable para las familias.

Yan Rachinsky, uno de los fundadores de la ONG Memorial, en Moscú. (Photo by Alexander NEMENOV / AFP)
Yan Rachinsky, uno de los fundadores de la ONG Memorial, en Moscú. (Photo by Alexander NEMENOV / AFP)ALEXANDER NEMENOV – AFP

Pero revolver el pasado negro del país terminó por contrariar a Putin, cuyo proyecto eterno fue rehabilitar a Stalin y su papel durante la “gran guerra patriótica”. Más complicado aún, los recientes trabajos de Memorial se esforzaban en identificar a los pequeños verdugos de aquella época, que operaban en las regiones a las órdenes de Stalin. Los trabajos tampoco caían nada bien a sus descendientes, con frecuencia ellos mismos miembros de los servicios de seguridad actuales.

Un hombre de Memorial paga hoy el precio de esa búsqueda de la verdad: el historiador Yuri Dmitriev, de 66 años, condenado a 15 años de prisión, acusado de abuso sexual en un juicio armado desde los pasillos del poder. Para justificar la liquidación de la ONG, la Corte Suprema rusa no dudó en recurrir a una fraseología digna de los tiempos de Stalin: acusó a Memorial de haber creado “una imagen falsa de la URSS y glorificar el extremismo y el terrorismo”.

Tras el anuncio del premio, un tribunal de Moscú ordenó ayer la incautación de las oficinas en la capital rusa de Memorial. Sus principales locales “quedaron convertidos en propiedad del Estado”, dijo el tribunal de Tverskoy a la agencia de noticias Interfax tras un juicio contra la ONG.

El segundo laureado fue el bielorruso Ales Bialiatski, de 60 años, exvicepresidente de la Federación Internacional para los Derechos Humanos (FIDH) y presidente de la ONG bielorrusa Viasna. Como varios miles de militantes de su país, Bialiatski pasa su vida en las prisiones del dictador Lukashenko. Después de haber sido detenido en 2011 y liberado en 2014, está nuevamente en la cárcel desde julio de 2021, falsamente acusado de fraude fiscal.

El bielorruso Ales Bialiatski, en prisión. (AP Photo/Sergei Grits, File)
El bielorruso Ales Bialiatski, en prisión. (AP Photo/Sergei Grits, File)Sergei Grits – AP

Su situación se inscribe en el marco de la represión masiva orquestada por el régimen después de la sublevación popular de agosto de 2020 y la reelección fraudulenta de Lukashenko.

“Su historia es la historia de nuestro país. Un largo combate por la libertad”, declaró ayer la jefa de la oposición bielorrusa en exilio Sviatlana Tsikhanouskaya. Desde la dirección de Viasna, Bialiatski se daba como misión asistir a los detenidos y aliviar la situación de sus familias. Apenas conocida la atribución, el régimen bielorruso se apresuró a denunciarla.

“Estos últimos años, las decisiones –estamos hablando de un premio de la paz– están tan politizadas que Alfred Nobel no deja de darse vuelta en la tumba”, escribió en Twitter el vocero de la diplomacia de Lukashenko, Anatoli Glaz.

Una declaración provocadora, pero carente de toda veracidad pues, desde su nacimiento, el Nobel de la Paz estuvo destinado a “recompensar la personalidad o la comunidad que más haya contribuido más al acercamiento de los pueblos, la supresión o reducción de ejércitos permanentes, a la reunión y propagación del progreso de la paz”, según reza en el testamento de su creador, Alfred Nobel, en 1895.

El último galardonado es el Centro Ucraniano de Libertades Civiles. Fundada en 2007, la ONG nunca cesó de denunciar los abusos cometidos por las autoridades. Durante la revolución de Maidan, en Kiev, en 2014, investigó y denunció los crímenes de las tropas del presidente prorruso Viktor Yanukovich. En los años siguientes, mientras el este de Ucrania caía en la guerra civil, la organización intentó hallar el rastro de militantes o funcionarios locales desaparecidos.

Después de la invasión rusa de Ucrania, multiplica las investigaciones de crímenes de guerra cometidos por el Ejército ruso. Tanto, que su actual directora, Oleksandra Matviichuk, pretende ahora obtener una sola cosa: hacer comparecer a Putin ante un tribunal internacional.

Y mientras, para Putin, la recompensa representó una nueva humillación el mismo día en que cumplió 70 años (ver aparte), los dirigentes occidentales se congratularon.

“Los grupos de la sociedad civil son el oxígeno de la democracia, catalizadores de la paz, el progreso social y el crecimiento económico”, dijo en Nueva York el secretario general de la ONU, Antonio Guterres en un comunicado, al recordar que “el espacio de esos grupos disminuye en el mundo”.

Para la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, los tres galardonados “muestran el verdadero poder de la sociedad civil en la lucha por la democracia”.

“Artesanos de la paz, saben que pueden contar con el apoyo de Francia”, dijo el presidente francés, Emmanuel Macron, al saludar la atribución del Nobel a esos “defensores indefectibles de los derechos humanos en Europa”. Los líderes de Alemania y del Reino Unido utilizaron casi los mismos términos.

La reacción fue mucho más mitigada en Ucrania, donde sectores del gobierno no vieron con buenos ojos la decisión de poner al mismo nivel a defensores de derechos humanos ucranianos y de los dos países agresores. Un asesor del presidente Volodimir Zelensky, Mykhailo Podolyak, cuestionó al Comité Nobel. “Tiene una comprensión interesante de la palabra ‘paz’ si representantes de dos países que atacaron a un tercero reciben el Nobel juntos. Ni las organizaciones rusas ni las bielorrusas pudieron organizar la resistencia a la guerra”, dijo.

La presidencia de Ucrania, por su parte, estimó que “la verdadera artesana de la paz es actualmente la población” de su país.

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